124. El olivo de la vida
Bajo el cielo inmenso de este cerro, el tiempo no es una línea que avanza hacia ninguna parte, sino un latido lento y espeso que se hunde en la tierra. Yo no sé de calendarios ni de nombres propios para los días. Mis medidas son otras. Cuento la vida por el peso de la sed en verano, por el crujido helado de la escarcha que quema los brotes tiernos y por el regreso ciego de la savia cada vez que la primavera abre una grieta en la corteza vieja. He visto morir las estrellas por el desvío del cielo y he visto nacer a los hombres sabiendo que su paso por aquí es apenas el parpadeo de una corneja en el horizonte.
Mis raíces son dedos ciegos que leen la memoria mineral de este cerro. Saben dónde descansa el agua profunda, la que no se va cuando el cielo se vuelve de plomo y el polvo lo cubre todo. A través de ellas he bebido la sangre de este lugar durante siglos. No tengo voz, ni garganta, ni ojos que miren hacia afuera; mi mirada está dentro de mí, en este tronco retorcido que es un mapa de cicatrices, un laberinto de madera muerta que sostiene, como un milagro oscuro, la franja verde de mis hojas nuevas.
En el principio de mi memoria no había caminos de asfalto, solo veredas de cabras que abrían la rodilla del monte. Los primeros hombres que se acercaron a mí no llevaban camisas de colores ni máquinas que rugían con voz de trueno ahogado. Vestían pieles curtidas o telas ásperas de lana cruda. Se amparaban bajo mi copa cuando el sol caía a plomo sobre el valle. Eran pequeños, silenciosos y temían a los lobos que aullaban en la cañada.
Recuerdo el paso de los siglos como un desfile de sombras. Vi levantar los primeros muros de piedra seca en la ladera, piedras apiladas sin argamasa, con paciencia de hormiga, para retener la tierra roja que la lluvia quería arrastrar hacia el arroyo. Aquellos hombres me abrieron la falda. Podaron mis ramas secas con cuchillos de piedra pulida primero, y de bronce después, enseñándome a mirar de nuevo hacia el sol. Comprendí entonces que mi destino estaba unido al suyo: ellos me daban el cuidado de la tierra removida a mi alrededor y yo les entregaba mi aceite, ese oro amarillo y amargo que encendía sus lámparas de barro y calmaba el pan duro en las noches de invierno.
Desde mi atalaya en el cerro vi pasar los ejércitos lejanos. Nunca llegaron a tocarme, pero el aire cambiaba de color cuando ellos pasaban por la llanura. Primero fueron estandartes extraños, hombres con corazas que brillaban como escamas de pescado bajo el sol del mediodía, gritando en lenguas que sonaban a pedruscos que chocan entre sí. Luego vinieron otros, con ropas oscuras y cruces alzadas, que hablaban de un dios invisible que habitaba en los cielos. El cerro seguía siendo el mismo; el viento barría las cenizas de sus hogueras y los huesos de sus caballos se confundían con la greda, mientras mis raíces seguían buscando la humedad secreta de la tierra baja.
Las guerras no eran más que fogatas lejanas que teñían de rojo el lomo de la noche. Se veían los destellos allá abajo, junto al vado del río, el humo denso de las alquerías quemadas y el éxodo de los vencidos que subían huyendo por los Linares, con los pies envueltos en trapos y los ojos vacíos de lágrimas. Yo callaba. Un olivo no toma partido. Un olivo solo ofrece sombra al que llega, ya sea el que empuña la lanza o el que huye con las manos vacías. Bajo mi tronco descansó un soldado desarmado que lloraba en silencio una noche entera; al amanecer se marchó, dejando una gota de sangre seca en la rugosidad de mi corteza que la lluvia tardó diez años en borrar.
El ritmo de la tierra tenía un sonido propio, una música honda que se repetía cada otoño. Era el sonido de la besana, el surco abierto con la ayuda de los bueyes y la reja de hierro que rascaba las entrañas del campo. Durante siglos, ese sonido fue un compás constante: el chasquido de la madera del yugo, el resuello espeso del animal y la voz firme del labrador que guiaba la marcha.
En octubre, el tiempo de la recogida cambiaba el aire. Venían las familias enteras. Los abuelos, los hijos y los nietos que apenas alcanzaban a levantar una cesta de pleita. El sonido de las hoces cortando las ramillas secundarias —aunque a mí solo me vareaban con mimo, respetando mi ancianidad— era un rumor de agua mansa. Extendían los capachos de esparto bajo mi falda y luego llegaba el golpeteo rítmico de las varas de olivo. No dolía; era un despertar necesario, un despojarse del peso negro de los frutos maduros para que la madera pudiera respirar de nuevo y preparar la brotación del año siguiente.
Vi crecer generaciones de una misma estirpe. Los que fueron niños corriendo alrededor de mi tronco, jugando a esconderse en el hueco oscuro de mi costado —allí donde el rayo me abrió en dos hace cuatrocientos años y volví a cerrarme con fuerza de roca—, se convertían con los años en los hombres barbudos que guiaban la pareja de bueyes, mulas u otros animales de tiro que trabajan unidos mediante un yugo para arar la tierra. Y luego en los ancianos de manos nudosas que se sentaban en un taburete de madera a contemplar el atardecer, apoyando la espalda contra mi corteza tibia por el sol del poniente.
Conocí los nombres de todos, aunque para mí eran un solo fluir de sangre y piel que se renovaba. Estaba el clan de los Vargas, los de la casa blanca junto al pozo. El abuelo Juan, que me curó una herida de hongo con sebo y azufre cuando la humedad amenazaba con pudrir mi base. Su hijo, el mozo Mateo, que grabó con la punta de una navaja las iniciales de una mujer en mi piel —M + A—, letras que la propia expansión de la madera fue ensanchando y deformando con los siglos hasta convertirlas en un jeroglífico vegetal, un ojo ciego que ahora me mira desde el centro del tronco.
Pero el sonido de la besana cambió. Un día, el silbido ronco de los motores rompió la paz del cerro. Los bueyes desaparecieron de la memoria de los campos, sustituidos por unos artefactos de hierro rojo y ruedas enormes que escupían un humo acre. El latido de la tierra se aceleró. Ya no se respetaba el paso de las estaciones con la misma paciencia; las máquinas querían exprimir el tiempo, doblar la cosecha en menos días, vaciar mis ramas en una sola tarde.
Y el sonido de las varas de madera flexible fue desplazado por el rugido ensordecedor de los vibradores mecánicos. Unas pinzas de hierro abrazaron mis brazos principales, aquellos que levanté hacia el cielo con tanto esfuerzo durante tres mil lunas, y los sacudieron con una violencia ciega, descomunal. Mis hojas cayeron como una lluvia verde y rota; la tierra vibró hasta en sus más hondas raíces, y sentí un espasmo antiguo que recorrió toda mi estructura leñosa, un temblor que no venía de la tierra, sino de la prisa de los hombres. A pesar del dolor sordo en las coyunturas, aguanté. Porque seguía oyendo, por encima del estruendo metálico, la voz del bisnieto de Juan el de la casa blanca, un muchacho con los mismos ojos claros que miraba al suelo con tristeza mientras sostenía los mandos de la máquina.
Ahora el aire huele distinto. Ya no huele solo a jara mojada, a estiércol seco y a humo de sarmientos. Huele a brea caliente, a gasolina quemada y a un silencio frío que no es el mío. Las ciudades de abajo han crecido como hongos venenosos; han marchado sobre los arroyos, han sepultado los bancales de hortalizas bajo planchas de cemento gris y ahora trepan por las faldas del cerro con la voracidad de una plaga de langostas.
Hace pocas lunas llegaron unos hombres con trajes limpios y carpetas bajo el brazo. No pisaron la tierra con el respeto de los que vienen a podar o a recoger el fruto; caminaban pisando fuerte, señalando con varillas de metal y mirando a través de visores extraños sostenidos sobre tres patas. Hablaron cerca de mí sin mirarme a los ojos, como si yo fuera una piedra inútil o un montón de maleza estorbosa.
A través de las vibraciones del suelo y el murmullo de sus voces cortantes, mi consciencia captó la palabra maldita, repetida como un latido de plomo: expropiación.
Dicen que por aquí pasará una cinta de asfalto ancho, una cicatriz negra que cortará el cerro en dos tajos perfectos. Dicen que mi tronco, este monumento de madera y resina que ha visto pasar imperios, hambres y crepúsculos, se encuentra exactamente en la traza del trazado moderno. Dicen que no hay lugar para mí en el plano del progreso, que un árbol viejo no se puede trasplantar sin que se desgarre su alma invisible, o que tal vez ni siquiera lo intenten: es más fácil la piqueta, la sierra mecánica que muerde con dientes de diamante, el fuego rápido que reduce a cenizas grises tres mil años de memoria en una sola mañana.
El dilema me recorre de parte a parte, no como un pensamiento humano —porque yo no pienso con palabras, sino con savia y con memoria vegetal—, sino como una contracción infinita de la fibra. ¿Debo aferrarme a la tierra con todas mis fuerzas, extender mis raíces diez metros más abajo buscando la roca madre para convertirme en un ancla inamovible contra el hierro? ¿Debo resistir el empuje de las palas mecánicas sabiendo que mi madera, por muy dura que sea, terminará cediendo al empuje hidráulico?
Si me arrancan, este cerro olvidará. Los hombres que vendrán por la carretera de cemento pasarán a cien por hora dentro de cajas de lata brillante, sin ver el perfil de la colina, sin saber que aquí hubo un punto de referencia para los que buscaban el norte o el refugio. La familia de la casa blanca ya no viene tanto; el último muchacho se fue a la ciudad grande buscando un mostrador de oficina y dejó la puerta cerrada con un candado oxidado. Nadie reclamará mi sombra si caigo. El aceite de mis últimas aceitunas se perderá en el polvo de la banquina.
Y, sin embargo, siento que mi deber es permanecer. Permanecer en el silencio. Un olivo no huye. No tiene patas para caminar hacia el valle ni voz para suplicar piedad en los despachos donde se deciden los mapas. Mi resistencia es mi quietud. Seguir sacando un brote tierno en la punta de la rama mutilada; seguir oliendo a humedad cuando se acerca la tormenta de agosto; seguir esperando, con la paciencia de la piedra, a que los hombres se cansen de su propia prisa.
Si el hierro me derriba, mis raíces se pudrirán despacio en la profundidad, devolviendo a la tierra el agua y los minerales que tomé prestados durante milenios. Y el cerro seguirá ahí, incompleto, desangrado por la autovía, pero guardando en su seno el eco mudo de mis anillos concéntricos, donde está escrita cada gota de lluvia, cada nombre de los que amaron este lugar y cada guerra que se apagó ante mi presencia milenaria.
Aun frente al rugido de las máquinas que ya se escucha al otro lado de la cañada, mis hojas se alinean hoy hacia el sol naciente, verdes, plateadas, firmes en la brisa.