335. El delantal como armadura

Aída Reyes-Alcalde

 

¿Por qué Palas Atenea nos legó el olivar y no las salobres olas de Poseidón? Porque el dios del mar solo ofrece naufragios, mientras que la sabiduría de ojos de lechuza concibió el único elixir capaz de salvar un almuerzo. Sin embargo, la verdadera heroína de esta epopeya habita en la cocina: es la sabia matrona del hogar. Su armadura no es de bronce pulido, sino un delantal legendario curtido en mil batallas contra el despiadado salpicar del fuego.

Empuñando la sartén cual reluciente escudo de Aquiles, vierte el insigne brebaje sobre el pan. Un sabor que enaltece el espíritu y roza la memoria de quienes nos antecedieron, disipando las oscuras tinieblas del ego y sosteniendo la luz en nuestras noches. Como el héroe ungido tras la victoria, el humilde trigo alcanza la gloria al ser saciado por esta sangre verde, permitiendo al declinar el día contemplar al Dios Sol culminar sobre las aguas del Egeo.

Y así, con gesto sabio, la Madre derrama lo sagrado y dicta a toda la prole la única ley inmortal del hogar: «El delantal no se manchó en vano, la sartén se respeta, y al aceite se le honra».

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