99. El escarmiento

Antonio Carlos Ruiz Marín

 

Corriendo marzo, el abuelo decidió cortar de raíz el viejo olivo que defendía el porche de nuestro cortijo. Hacha en mano, fue dándole tajos despiadados hasta hacerlo desfallecer y convertirlo en un tétrico amasijo de ruina y muerte:

-No molestarán más sus ramas ni mancharán el suelo las aceitunas caídas.

Paralelo al fatal destino del árbol, la férrea salud del patriarca comenzó a resquebrajarse: toses lastimeras, agresivas migrañas, dolores reumáticos, calambres estomacales… y montones de visitas médicas sin soluciones, mientras él iba dejándose la vida a trozos. Desesperado, imploró el sabio consejo de una afamada curandera:

-Visita la parroquia una noche de luna llena, con absoluta discreción, y arrodíllate en el altar ante la Virgen. ¡Hazlo y hallarás el porqué de todo!

Una madrugada, escabulléndose entre el baile de penumbras mortecinas que los hachones proyectaban en las paredes de piedra al vanagloriar santos en pedestales, cruzó el templo de puntillas, casi levitando, no queriendo despertar la atención de Dios ni molestar a los espíritus que se resguardaban allí.

Ante el altar, se postró genuflexo. Una musiquilla sonaba eufónicamente. A un tibio contacto, levantó su mirada y, donde debiera estar la Virgen del Carmen, le sonreía su olivo.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad