98. Raíces de olivo

Ana Rey Sanchez

 

Fue el olor. Así, sin más.

Un martes cualquiera, en mi cocina de Irlanda, con la lluvia dando en la ventana como siempre, porque aquí llueve, joder, llueve muchísimo, abro una botella de aceite de oli va virgen extra y me quedo abstraída. Un olor denso, antiguo, que definitivamente no es de aquí. Que no tiene nada que ver con este país verde y húmedo.

Me quedé ahí plantada con la botella en la mano.

Mi abuelo.

No sé cuánto tiempo estuve sin moverme. El aceite en la mano, la lluvia fuera, y él dentro de mi cabeza, de repente, tan real que casi podía escucharle reírse. Y con él, siempre con él, el olivo. Y lo que el olivo custodia.

Mi abuelo era de un pueblo pequeño de Jaén. Al menos eso es lo que siempre nos dijo. Creció en la guerra siendo un crío y se hizo hombre en la posguerra, que por allí fue durísima. Jaén era tierra de latifundios, de señoritos con miles de olivos y de jornaleros que malvivían vareando la aceituna ajena. En aquellos años vareabas si querías comer. No eran tus olivos, claro que no, eran del señorito, como todo entonces, pero el trabajo era trabajo, y mi abuelo lo hacía sin quejarse y sin perder la sonrisa. La sonrisa era lo suyo. Era de lo primero que te dabas cuenta cuando le conocías y lo último que se te olvidaba.

Había un olivo en particular. El más viejo del olivar. Un tronco enorme, retorcido sobre sí mismo, tan grueso que dos hombres juntos no lo abrazaban, con unas ramas que se abrían hacia arriba como queriendo abarcar todo el cielo de Jaén. A su sombra comía mi abuelo el bocado a mediodía, pan si había, y aceitunas curadas en casa, y descansaba diez minutos antes de volver al vareo. Diez minutos que en ese calor valían más que el oro. El suelo debajo siempre fresco, con ese olor a tierra húmeda que no te esperas en verano hasta que te sientas bajo un olivo muy viejo y lo entiendes.

Ese olivo le vio pasar hambre. Le vio enamorarse de mi abuela, que era del mismo pueblo y que también venía a recoger aceituna con su familia, y que tenía, según él, los ojos más bonitos que había visto nunca y la trenza más negra y larga de todo el pueblo. Le vio casarse, tener hijos, luchar. Y le vio marcharse con mi abuela del brazo y tres hijos pequeños pegados a las faldas (dos niñas y un niño, una de esas niñas era mi madre). Camino de Asturias, donde dicen que hay trabajo.

El olivo se quedó. Mi abuelo se fue. Así son los olivos y así es la gente.

En Gijón se adaptó, como se adaptaba a todo. Cogía bolitas de eucalipto en el parque de Isabel la Católica y las guardaba en el bolsillo de la chaqueta, junto a los caramelitos de anís. Yo de niña metía la mano en ese bolsillo sin pedirle permiso y él se reía. Nunca le importó. Era de esas personas que te hacen sentir que todo lo que haces está bien. Que todo lo que eres está bien.

Era muy gracioso, mi abuelo. Tenía un chiste para cada momento y una manera de contar las cosas que te hacía reír, aunque la historia fuera triste. Todo el mundo le quería, los vecinos, los del bar, los niños del barrio. A nosotros los nietos nos tenía en un puño. Y encima fregaba los cacharros y cocinaba si hacía falta, cosa rarísima para un hombre de su época. Arreglaba lo que se rompía, apañaba lo que se estropeaba, no tiraba nada que todavía sirviera. Había aprendido desde pequeño que las cosas cuestan. Pero nunca con amargura, sino como si fuera lo que había que hacer, lo más natural.

Mi abuela era de armas tomar. Mujer de campo, de pocas palabras, con las manos acostumbradas al trabajo desde niña y un carácter que no admitía tonterías. No era de abrazos ni de mimos, mi abuela, qué va. Pero su amor estaba en otras cosas, en el plato que siempre tenía listo, en el ojo que te echaba sin que te dieras cuenta, en esa manera suya de estar pendiente de todos sin decir nada. Cuando llegábamos al pueblo en verano, ella y las otras mujeres se juntaban a hacer pestiños, unos dulces de miel y anís que olían a gloria y que desaparecían en cuestión de minutos, con seis nietos alrededor. Nunca dijo te quiero. No hacía falta.

No fueron todos los veranos, pero algunos sí. Mis abuelos nos llevaban a Jaén a todos, a mí, a mis hermanos, a mis primos. Seis niños pequeños en autobús desde Asturias hasta Andalucía. Un viaje larguísimo, de los que ahora no te puedes ni imaginar. Salíamos de madrugada, todavía con el sueño encima, con bolsas de comida que mi abuela había preparado la noche anterior, bocadillos envueltos en papel de aluminio y alguna fruta para el camino. El autobús olía a tabaco y a gente cansada. Los niños nos íbamos quedando dormidos unos encima de otros como cachorros. Nadie se quejaba. Era lo que había y punto.

Recuerdo el calor que entraba por las ventanillas a medida que bajábamos hacia el sur. En Asturias el aire es fresco casi siempre, húmedo, verde. Pero según el autobús cruzaba Castilla y empezaba a acercarse a Andalucía, el paisaje cambiaba, la tierra se volvía más ocre, más seca, y el calor se pegaba a la piel de otra manera. Recuerdo pasar por Granada, el trasbordo, el cansancio metido en el cuerpo. Yo me tumbaba a dormir sobre una maleta con la cabeza cerca de las faldas de mi abuela y me quedaba frita mientras el mundo seguía moviéndose. Mi abuela ahí, firme como siempre. Mi abuelo también. Los dos pastoreando aquella pequeña tribu por media España sin quejarse ni una vez. Menuda pareja, los dos.

Y entonces llegábamos allí.

El pueblo en verano era otra dimensión. El calor seco de Jaén no tiene nada que ver con ningún otro calor. Es un calor serio, que no negocia, que se instala encima de ti desde primera hora de la mañana y no se mueve hasta bien entrada la noche. Las calles vacías en las horas centrales del día, las persianas bajadas, los gatos tumbados a la sombra. Y el olivar extendiéndose por las laderas de los cerros hasta donde alcanzaba la vista, verde plateado, interminable, como si el mundo entero fuera olivos.

Un día de aquellos veranos mi abuelo me llevó a ver el olivo. Solo a mí. No sé si llevó también a los demás nietos en otro momento, puede que sí, pero yo lo recuerdo como algo mío, solo mío. Caminamos por el campo hasta llegar a él, y cuando lo vi entendí por qué mi abuelo lo recordaba así. ¡Era enorme! Mucho más grande de lo que me había imaginado escuchando sus historias. El tronco retorcido y oscuro, la corteza llena de grietas como arrugas. Las ramas abriéndose hacia arriba con esa calma que solo tienen los árboles que llevan siglos en el mismo sitio. El suelo alrededor duro y seco, con alguna aceituna caída y arrugada que nadie había recogido.

Nos sentamos debajo.

La sombra era densa, generosa, de esas sombras que protegen de verdad. Me acuerdo del silencio, del cantar de los grillos, ese cantar que tanto extraño en mis noches irlandesas, del olor a tierra seca y a hierba quemada. Y del olor del propio olivo, sus hojas pequeñas y plateadas, su madera vieja, ese aroma hondo y vegetal que yo entonces no sabía nombrar. Ahora sí. Es el mismo olor que sale de una botella de aceite de oliva virgen extra cuando la abres en tu cocina de Irlanda.

Mi abuelo estuvo un rato callado, mirando el árbol. Con una sonrisa tranquila, como saludando a alguien que hacía mucho que no veía. Luego me miró y me contó. Me contó el vareo, el jornal, el bocado a mediodía bajo esta misma sombra. Me contó el hambre como quien habla del tiempo, sin dramatismo, sin rencor, como si fuera lo más normal del mundo, que para él supongo que lo era. Me contó cómo conoció a mi abuela aquí mismo, en este olivar, y cómo supo desde el primer día que era ella. Me contó que, de joven, cuando terminaba la jornada y todos se iban, él se quedaba un momento más, apoyado en este tronco, mirando el cielo entre las ramas. Que era el único momento del día en que nadie le pedía nada.

Y entonces dejó de sonreír.

Solo un momento. Lo justo para que yo, siendo una niña, me diera cuenta de que algo había cambiado.

Se quedó mirando el tronco del olivo. Pasó la mano por la corteza despacio, como quien saluda a alguien. Luego señaló hacia abajo, hacia las raíces, al lado que mira al norte.

  • Hay algo enterrado ahí — me dijo. — Algo mío. —

Yo me incorporé enseguida. — ¿Qué es? —  le pregunté. — ¿Qué hay ahí? —

Él negó con la cabeza, todavía mirando el árbol.

  • Cosas de mayor —

Yo tenía ocho años y odiaba esa respuesta con toda mi alma. Todo lo bueno era siempre cosas de mayor. Le insistí. — Venga, dime. ¿Qué es? — Una vez le saqué un caramelo de anís del bolsillo sin que se diera cuenta y lo escondí en el mío, y él se rio tanto que al final me lo dejó quedar. Pero esta vez no hubo risa.

Se giró hacia mí despacio. Se le había ido la sonrisa del todo y sus ojos eran los ojos de un hombre que cargaba con un peso viejo y pesado que llevaba dentro desde mucho antes de que yo naciera. Hubo un silencio entre los dos que yo no supe cómo romper. Solo el cantar de los grillos. Solo la sombra del olivo encima de los dos.

  • Cuando yo ya no esté — me dijo — vendrás aquí. Tú sola. Y lo sacarás. Y lo entenderás —
  • ¿Pero qué es? — insistí yo.

Él me puso la mano en la cabeza, despacio, como hacía cuando quería que me callara sin decirme que me callara.

  • Es la verdad — dijo. Y no volvió a hablar del tema nunca más.

Luego volvió la sonrisa. Como si nada. Como si acabara de contarme una tontería.

Yo tenía ocho años y no entendí del todo lo que me estaba diciendo. Lo almacené en algún sitio dentro de mis recuerdos, como se guardan los niños las cosas que son demasiado grandes, y seguí con mi vida. Los veranos terminaron. Mi abuelo se hizo mayor. Y una noche de febrero, ya no se levantó más de su cama en su piso de Asturias.

Nunca fui a buscar lo que mi abuelo escondió bajo el olivo.

Durante años me dije que no era el momento, que ya iría, que primero esto y luego lo otro. La verdad es que tenía miedo. Miedo de llegar al olivar y no encontrar el olivo. Miedo de encontrarlo y no encontrar nada debajo. Y miedo, sobre todo, de encontrar algo y descubrir que mi abuelo era alguien que yo no conocía. Pero mientras no iba, él seguía siendo él. El hombre de la sonrisa y los caramelitos de anís y los chistes y los abrazos. Mi abuelo. Y eso me bastaba. Su recuerdo me hacía jodidamente feliz y triste al mismo tiempo.

Eso fue lo que pasó el martes. Me quedé ahí un buen rato, con el olor todavía en las manos, dejando que me llevara. Mi abuelo joven vareando aceitunas bajo ese olivo enorme, con el sol de Jaén cayendo a plomo. Mi abuelo mayor sentado a mi lado contándome un secreto con esa sonrisa. El olivo por encima de los dos, quieto, guardando lo que guarda.

Luego dejé la botella en la encimera y me asomé a la ventana. Seguía lloviendo, claro, aquí siempre llueve. El jardín verde y empapado, tan distinto a aquellas laderas de Jaén cubiertas de olivos hasta el horizonte. Pensé que el olivo echa raíces en un sitio y no se mueve, y que la gente hacemos lo contrario, nos movemos por necesidad, por hambre, por ganas de vivir, pero nos llevamos la raíz por dentro. Mi abuelo la llevó de Jaén a Asturias. Yo la llevé de Asturias a Irlanda. Metida en una botella de aceite de oliva en una cocina donde afuera llueve todo el tiempo.

Me quedé un rato más mirando la lluvia. Y de repente supe que ya era el momento. Que llevaba demasiados años mintiéndome y que el miedo no me lo podía seguir comiendo.

Busqué vuelos a Málaga. El más barato salía el jueves.

En el avión no dormí. Miraba por la ventanilla el mar de nubes y pensaba en él. En sus manos vareando aceitunas. En sus ojos aquella tarde cuando dejó de sonreír. En esa palabra, la verdad, que llevaba dentro de mí desde los ocho años sin saber qué significaba. El avión empezó a bajar y las nubes se abrieron y apareció Andalucía debajo, seca y ocre y llena de olivos, olivos por todas partes, extendiéndose por los cerros como siempre los había recordado. Se me cerró la garganta. Hostia, pensé. Ya estoy aquí.

Alquilé un coche en el aeropuerto y conduje hacia el norte, hacia Jaén, con las ventanillas bajadas y el aire caliente entrando de golpe después de meses de frío irlandés. El paisaje se fue llenando de olivos según avanzaba, primero alguno suelto, luego grupos, luego el olivar cubriéndolo todo, verde plateado bajo el sol de la tarde. Era exactamente como lo recordaba. Como lo había soñado tantas veces.

Llegué al pueblo cuando ya estaba cayendo la noche. Las calles olían a tierra caliente y a jazmín. Me senté en el único bar que había abierto y pedí un café y una tostada con aceite de oliva virgen extra nuevo, del que traen en temporada y que pica en la garganta, y me quedé ahí sentada un rato sin hacer nada, dejando que el sitio se me metiera en los huesos y en la memoria. Pensando en él. Preguntándome si era valiente o si simplemente el miedo ya pesaba menos que las ganas de saber.

A la mañana siguiente fui al olivar.

El olivo seguía en pie.

Estaba igual de enorme, igual de retorcido, igual de quieto. Parecía como si el tiempo no hubiera pasado por él, o como si le diera igual. Me acerqué despacio, pasé la mano por la corteza llena de grietas, y busqué el lado que mira al norte.

Me puse a cavar con las manos.

La tierra estaba dura. Más dura de lo que esperaba. Los primeros centímetros eran casi piedra, seca y compacta, sin ceder. Me rompí una uña en el segundo intento y maldije en voz alta, — ¡Me cago en tó! — sola en medio del olivar, con el sol de la mañana ya cayendo a plomo y el sudor empezando a picarme en los ojos. Seguí. Aparté una piedra, luego otra. En algún momento pensé que iba a encontrar algún bicho, una culebra, algo, y estuve a punto de parar. Pero no paré.

La tierra se fue volviendo más suelta según bajaba. Cavé despacio, con cuidado, sin saber a qué profundidad había que llegar ni si habría algo que llegar a encontrar. El sol seguía apretando y yo seguía cavando y pensando en él, en sus manos jóvenes vareando aceitunas en este mismo sitio, en sus ojos aquella tarde cuando dejó de sonreír para contarme algo que no le había contado a nadie más. En si esto era una locura. En si el miedo que tenía era al bicho o a la lata.

Los dedos tocaron algo.

Una lata pequeña, oxidada, pesada para su tamaño. La saqué despacio, como si fuera a romperse, y me quedé ahí de rodillas en la tierra, con ella entre las manos, sin abrirla todavía.

El olivar alrededor en silencio. El mismo silencio de siempre, el chirrido de los grillos, el olor a tierra seca. El olivo por encima de mí, quieto, con esa calma suya de siglos.

Le había guardado el sitio.

Me quedé un buen rato así, de rodillas, con la lata entre las manos y los ojos cerrados. Escuchando. Como si él todavía pudiera estar ahí, apoyado en el tronco, mirando el cielo entre las ramas.

Luego abrí los ojos, respiré hondo, y abrí la lata.

 

 

 

 

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