97. La memoria del olivar

Pablo Millares Martin

 

Tras varios años de dedicación, el catedrático de botánica Sánchez se veía finalmente al borde del mayor descubrimiento en el estudio de las plantas. Había sido un largo camino, pero la satisfacción era inmensa. Por fin, podía probar a los que dudaban de sus hipótesis que las plantas eran algo más que comida para los animales, no solo sentían dolor al ser devoradas, no solo actuaban cuando se verían atacadas, liberando toxinas para reducir la afrenta. Ahora podía demostrar que tenían el equivalente a un cerebro. Tal vez la especialización de las distintas células y formas no era tan amplia como en un animal, sin duda, carecen de su libertad de movimiento, pero tienen la posibilidad de regenerar cualquiera de sus partes, siendo más simples.

 

Distintas piezas del puzle ya se habían confirmado antes. Se sabía que las células de las plantas se comunican entre ellas, permitiendo que el bien conocido ARN atraviese de una célula a otra. Y se hace a través de canales proteicos específicos, llamados plasmodesmos. Pero su objetivo era más profundo, quería saber si existía una memoria guardada en el ARN, en la misma medida que se supone que ocurre en los humanos. Buscaba hallar donde se situaba el cerebro, el alma de las plantas. Estudiando distintos árboles, encontró que en plantas con miles de años de vida la cantidad de ARN era mucho mayor, sobre todo en un área del tronco próxima a las raíces, en el centro del mismo, donde es difícil ser atacado.

 

Los olivares que rodean el Duero cerca de su casa en las afueras de San Esteban, algunos con más de dos mil años de vida, fueron una mina. Con mucho respeto, con exquisita delicadeza, tomó pequeñas muestras, a las que procesó para copiar los fragmentos de ARN, y conseguir así cantidades lo suficientemente grandes que permitieran leer su contenido. Se presentó entonces el mayor dilema. Cómo traducirlos a algo que tuviera significado. Para ello primero debía tener una idea de qué percepciones poseía el olivo. ¿Estaban limitados a los cinco sentidos de los animales? No existía ninguna indicación de que vieran o de que degustaran su sustento. El olfato se asocia al último, serviría para poco más, siendo entes estáticos incapaces de seguir un rastro.

 

Si un sentido podía dar algo de ventaja, sería el oído, el cual podía depender solamente de movimientos de hojas, y, más que tacto, sería un sentido de cambio, como el causado por el viento, pero quizá igualmente pudieran reconocer vibraciones, como si de ondas de radio se trataran. De alguna forma, sonidos que se asociaran con efectos importantes en la planta podrían ser retenidos, memorias para saber que un peligro de una cierta naturaleza se aproximaba. Ese reconocimiento daría una ventaja si de alguna forma se pudiera mitigar parte del daño sufrido tras ese preámbulo sonoro. Se encontró entonces ante largas secciones de ARN, con claro contenido, pero de sentido totalmente oculto. Tenía que encontrar una “piedra de Rosetta”, un diccionario o un traductor.

 

Tuvo una simple idea, antes de tomar muestras, puso la alarma de su teléfono durante dos periodos de un minuto separados igualmente por otro minuto. Era una acústica muy simple y si creaba una memoria, por el ataque que le seguía, tendría la posibilidad de traducir los otros mensajes ocultos en el ARN. Lo que no sabía ni podía prever era cuánto tardaba el RNA en formarse, en navegar hasta la memoria central del árbol. Pero tomando consecutivas pruebas debiera notar el nuevo segmento cuando apareciera, y entonces el importante paso de la traducción a algo entendible. El proceso tardó semanas. Finalmente tuvo una muestra de RNA que era nueva, que debía ser el sonido de su alarma. La secuencia, una vez analizada, era simple.

 

Para convertir la cadena de nucleótidos en sonido, contó con la ayuda de una joven estudiante de informática, haciendo un máster con un buen amigo suyo de la universidad. Ella fue capaz, con una facilidad que rayaba en la magia, en lograr que el ordenador creara el sonido, prácticamente una copia idéntica del original. Mantuvo que otros ya habían producido videos de información salvada como ADN. La diferencia era que este ARN no fue una creación humana, sino del olivar. Quedaba demostrado que el árbol tenía memoria. La gran pregunta era qué otros secretos se escondían en las células del viejo olivar. ¿Qué sonidos del pasado les esperaban? El sudor le corría por la frente preparando la muestra de otra secuencia para que fuera oída.

 

Cuando escucharon la memoria, no se lo creyeron. Primero como un chischás, el ruido de numerosas espadas al chocar unas con otras y finalmente un par de frases, que no acabaron de entender, terminando en lo que pareció ser al acero hendiendo a una persona, posiblemente con el árbol siendo también atravesado. Jugando con el equipo de sonido, se limpió un poco la turbulencia de fondo y se entendió mejor lo que se decía. Parecía español antiguo y uno de los personajes tenía nombre árabe, Hulit Abulhabat creyeron entender. Era el momento de averiguar quién era esa persona, y fue todo un descubrimiento. Fue un comandante árabe que murió en la batalla de Castromoros en el año 917. Hacía un poco más de mil años.

 

El problema que veía es que nadie podía corroborar que lo que oyeron pertenecía a esa particular persona en ese momento en cuestión. Sin embargo, estaba claro que la memoria se creaba rápidamente, y que debiera ser posible usar la memoria del olivo para investigar hechos que hubieran pasado recientemente en sus inmediaciones. Con sus teorías, y con sus grabaciones, acudió a la comisaría de policía a ofrecer sus servicios, a averiguar si había habido un crimen en algún cercano olivar. Tras la inicial incredulidad, tras los primeros comentarios peyorativos y burlas por considerar que era básicamente un truco de magia, en el que el árbol carecía de memoria, pero los algoritmos informáticos crearon lo que ellos quisieron escuchar, quedó un silencio, y una duda.

 

Sin duda, era demasiada coincidencia que la primera grabación fuera de un hecho tan concreto, de que pudiera tan fácilmente recolectar las memorias que quería, como la supuesta “piedra de Rosetta”. Su defensa fue firme. No era casualidad. Fue tener todas las muestras de ARN separadas. Fue saber si nuevo código se incorporó al material genético de las células del olivar tras los pertinentes estímulos. Fue el haber optado por una pieza de código con una de las secuencias más largas, pensando que sería una con más posibilidades de encontrar un sonido reconocible. Como profesor universitario, como investigador de renombre, sabía usar perfectamente la ciencia a su disposición, podía deducir de la evidencia presentada tan bien si no mejor que un detective. No era magia.

 

El comisario jefe reflejó en las respuestas, en el interés de Sánchez por demostrar que su técnica podía ser una nueva herramienta forense. Calló los murmullos del grupo de detectives que exhibían incredulidad a lo que se les mostró. Y preguntó cuál era realmente el motivo de la presentación. ¿Por qué salir de las paredes de la universidad? ¿Por qué ir a la policía? Sánchez también fue claro. Vivía solo desde que su mujer murió hacía ya diez años, víctima de un accidente de coche, de un atropello y fuga, nunca resuelto. Su técnica no iba a ayudar en su caso, pero podría hacerlo a otras familias afectadas por crímenes en localizaciones concretas. Era su pequeña contribución en la lucha contra otros homicidios no resueltos.

 

El comisario meditó y recordó un caso que quizás pudiera servir para poner claro si se encontraban ante un gran descubrimiento o ante un proyecto de pseudociencia. Pidió a uno de los sargentos que trajera la documentación de un caso abierto desde hacía cinco años y dijo a Sánchez que tendría esa opción, y que, en todo momento, cada paso debiera ser supervisado por uno de sus subordinados. No iba a cerrar la oportunidad a aclarar si su técnica era remotamente una ayuda. Pero no permitiría poner en entredicho ninguno de los resultados porque no se siguieron los protocolos policiales pertinentes. Tras unos breves minutos, observando las expresiones presentes, designó la labor de supervisar la investigación a uno de sus más recientemente incorporados detectives, López.

 

Sin perder tiempo, se informaron de los detalles del asesinato en cuestión. Se trataba de un joven trabajador temporal marroquí que fue asesinado una noche de diciembre. Sucedió tras la conclusión del proceso de vareo, todavía usado por numerosas compañías locales. De la comisaria en la N110 al lugar del crimen, en un olivar junto a la orilla sur del río Duero, no eran más de diez minutos en coche. Lamentablemente serían dos horas hasta la Universidad, donde iba únicamente una vez a la semana, pero no podría usar el laboratorio que tenía en su propia casa, podría dudarse de los resultados obtenidos en un laboratorio personal. Sus clases eran mayoritariamente en internet, permitiendo vivir en su vieja casa materna. Conmutar semanalmente no le importaba.

 

De las fotos e informes originales pudieron determinar cuál fue el olivo que sufrió el daño colateral cuando el joven fue asesinado de un tiro a la cabeza, como si de una ejecución se hubiera tratado. Poco rastro quedaba de las cicatrices del árbol cuando extrajeron la bala de su interior. Sánchez temía que parte de las memorias podrían tener más que ver con la extracción que con el disparo. Se preguntó cuánto se afectarían los olivos vecinos de lo que pasó, qué guardarían en sus memorias. Así pues, muestras de nueve árboles fueron tomadas. El proceso llevaría más tiempo, pero le sobraba. Quería demostrar que los milenarios olivos tenían memorias, poseían secretos guardados en su interior, y él tenía la llave, los podía abrir.

 

Todas las muestras fueron catalogadas adecuadamente. Nuevas fotografías se tomaron para indicar la posición de los olivos testigos. Con el material, en sus contenedores de plástico, en sus sobres, con sus numeraciones, con sus horas y fechas, tomaron el largo paseo a Alcalá. La conversación fue escasa. Sánchez, inmerso en la planificación de lo que debiera acontecer, López concentrado en la carretera, pensando si el caso que estaban estudiando iba a ser resuelto con posibles voces recogidas de la memoria de un viejo olivo. Le parecía ciencia ficción. Dudaba mucho de que encontraran algo, aun así, estaba fascinado por el tema, por el concepto de tener testigos en vegetales, en la naturaleza que les rodeaba. Se preguntaba si una planta en una maceta también recordaba.

 

El proceso era tedioso, lento, repetitivo, pero poco a poco se fueron sumando las muestras de cada olivo. A Sánchez le llamó la atención como varios de los fragmentos tenían un aspecto similar, una secuencia semejante. Sin duda recuerdos de los mismos hechos, con distintas perspectivas. Sin darse cuenta las horas transcurrieron. López posiblemente si notaba el paso del tiempo, esperando, sentado en una esquina, observando lo que ocurría a su alrededor, sin mucho interés en los detalles, pues lo que le ansiaba era el resultado final. Quería escuchar lo que los olivos tenían que contar, quería saber si estos silenciosos testigos podían recordar las palabras y los sonidos del disparo que sucedieron hacía ya años. ¡La memoria es tan efímera! Al menos la suya.

 

López recibió una llamada de la comisaria, preguntando como iba todo. Ante el comentario de que pronto tendrían un número de muestras con un contenido similar que podría significar un descubrimiento importante en el caso, se le comentó que llevara las muestras de vuelta. Ya las escucharían por primera vez en una de las salas de interrogatorio. El catedrático sería tratado como persona de interés, mostrando el contenido de las grabaciones.  Sánchez, una vez informado, contestó que no iba a ir sin saber el contenido. No tardaría mucho más, comparando las horas que habían pasado en escuchar lo que se decía. Su reputación iba a estar en entredicho si lo que mostraba no tenía utilidad. No podía ir con sorpresas. Debía ir preparado para ello.

 

Así pues, los dos se sentaron a escuchar el primero de los ARN, en privado. El contenido fue una discusión bastante racista de dos personajes que acusaban a la víctima de todo, mientras este lloraba, conociendo el futuro que le esperaba. Luego el sonido del disparo. Las grabaciones de los otros olivos también recogieron las voces de acusación, aunque no tan bien los gemidos de suplicio. Sánchez miró al sargento satisfecho. “¿Cree que servirá para encontrar al culpable?” le preguntó. López, por su parte, estaba sudando, con cara de angustiado. No era precisamente la reacción que esperaba del joven, pero recordó que para él la primera vez también fue tan inesperado como escalofriante el escuchar voces de una grabación recogida en células de un olivo.

 

López le dijo que lo empaquetara todo, que debía hacer una llamada a la comisaría para indicar que regresaban, pero primero necesitaba del servicio. Pasaron unos diez minutos cuando retornó, con el color de la cara menos pálido, sin parecer el fantasma que fue anteriormente, cuando oyó las voces de la memoria del olivo. El camino de vuelta fue más lento, la conducción no encontró más tráfico, pero el sargento no parecía tener prisa en volver. A la pregunta de por qué el cambio, López se limitó a contestar que había sido un día largo y que se encontraba cansado, no queriendo arriesgar la posibilidad de un accidente por intentar llegar unos minutos antes. El tiempo transcurrió silenciosamente, cada uno con su mente ofreciéndole distracción.

 

Por fin llegaron a la intersección de la A1 con la N-110. Se acababa la doble vía, y aun quedarían unos cuarenta y cinco minutos de recorrido. Sánchez conocía bien los tiempos de sus años haciendo el mismo recorrido semanal.  Se acercaban a las ruinas de la Ermita de Virgen del Val, que siempre estaba en su memoria pues otra ermita de igual nombre visitó en Alcalá cuando vieron un coche de policía junto a un coche ardiendo del motor.  Un policía a pie le indicó que se hiciera a un lado. “Posiblemente necesita ayuda” comentó Sánchez. Éste tardó en responder, pero sus palabras fueron bastante imprevistas, como fuera de contexto, “Si valora su vida no haga nada estúpido, y no diga nada Señor Sánchez”.

 

Y con las mismas, aparcó en el arcén y bajó del coche, saludando a su compañero. Otro hombre se les acercó, con una escopeta, e indicó al catedrático a apearse del vehículo. Este no tardó mucho en reconocer su voz, y pronto la del policía de la carretera. Los dos que los habían parado eran la pareja que cometió el crimen que desvelaba las memorias del olivar. Entendió entonces las palabras de López. ¿Estaba él también envuelto? Creía que fue antes de su tiempo, mas quien podría saberlo.  El que los dos fueran esposados sugería que no, pero podía ser parte de una estratagema. Fueron retirados de la vista de la carretera, y el policía le preguntó si habían escuchado las grabaciones de los olivos.

 

Antes de que Sánchez contestara, el sargento respondió que las instrucciones que le dieron fueron de empaquetarlo las muestras y hacer las escuchas en la comisaría de San Esteban. Estaba claro todo. Sánchez entonces asintió. “Una pena que esto tenga que ocurrir, pero nadie va a interferir en hechos pasados sin transcendencia. Creo que el parar el coche para ayudar será visto como un acto muy noble. Una lástima que solo el chofer del vehículo incendiado pueda sobrevivir y que ustedes y las muestras fueran víctimas del fuego”. Todo parecía estar calculado. Dos crímenes para ocultar uno anterior. ¿De qué sirvió guardar silencio si el resultado va a ser el mismo, si aún la sombra de la muerte se extiende amenazadoramente sobre ellos? pensaba Sánchez.

 

Pero en ese instante una doce de policías les rodearon, y en la megafonía uno de ellos les recordaba que encontraban acorralados y que se entregaran. ¿Quiénes? se preguntó el catedrático, ¿Eran más lo que querían silenciar el pasado? ¿Estaba la policía local íntegramente envuelta? Pronto supo que no, que en todos los cestos existirán manzanas podridas, pero la mayoría no lo son. López le sugirió rendirse y confesar. Su voz había sido perfectamente recogida, y sus acciones de ahora eran suficientes para que no volviera nunca al Cuerpo. No tardaron mucho en aceptar lo inevitable. No pasó demasiado tiempo antes de que se encontraran en la oficina del comisario, esta vez con todos muy interesados en escuchar la grabación de la memoria del olivo.

 

 

 

 

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