94. Bajo la misma raíz

Circe

 

Los olivos nunca olvidan. Cada año, en la época de la aceituna, mi abuelo repetía esa frase mientras acariciaba lentamente la corteza del árbol, como si de esa forma saludara a un viejo amigo.
El devenir de los años trajo la prisa y la urgencia, y llegaron nuevas máquinas que harían que la cosecha fuera más rápida, aunque dejaran atrás el mimo y el cuidado propio de otras generaciones.
Las tierras de alrededor fueron vendidas debido al esfuerzo y dedicación que exigía su mantenimiento, y que muchos no estaban dispuestos a realizar. Nosotros resistimos, con nuestros lienzos, capachos y varas. Cada otoño, el aceite seguía brotando, reuniendo nuevamente a todos los miembros de una familia con diversidad de opiniones.
El día que el abuelo faltó, plantamos un olivo sobre su tumba, conocedores de la importancia que aquellas raíces tenían para él. Sorprendentemente, a pesar de la juventud de aquel árbol, el siguiente año dio su primera cosecha. El aceite de esa temporada fue el más espeso, brillante e intenso que habíamos probado nunca.

 

 

 

 

Ahí comprendí que quizá los olivos no vivan solo de la tierra, sino también de la memoria de aquellos deciden quedarse.

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