93. Raíz
Me echaron un martes cualquiera de noviembre. «Recorte de personal», me dijeron en la oficina de recursos de la empresa de limpieza con una cara de lástima fingida que me dio entre asco y ganas de pegarle un grito a la tipa. Tenía 32 años recién cumplidos, ningún papel en regla en este país, la renovación de la estancia en el aire y ni un solo euro ahorrado para pagar el alquiler del mes que venía. Madrid es una ciudad preciosa cuando tienes dinero, pero cuando no, se convierte en un monstruo de cemento gris que te devora viva sin que a nadie le importe. Para colmo de males, el móvil metido en el bolsillo del abrigo no paraba de vibrar. Eran mensajes de mi familia desde Santo Domingo, las alertas de siempre que esta vez se sentían como piedras: «Mija, ¿para cuándo el giro de este mes? Recuerda que hay que comprar los medicamentos de la abuela y pagar la escuela del niño». Y yo ahí, de vuelta en el piso compartido, tirada boca arriba en el colchón gastado mirando las manchas de humedad del techo de un cuarto de mierda donde dormíamos cuatro personas apelotonadas para poder dividir los gastos. El olor a humedad y a comida recalentada de los vecinos se colaba por la rendija de la puerta. Era la definición exacta de la desesperación.
Junté exactamente 180 euros, que era literalmente todo lo que me quedaba en la cuenta bancaria después de pagar las últimas deudas del piso. Con los dedos temblorosos por la ansiedad, me puse a buscar en Google cualquier cosa que saliera de inmediato: «trabajo urgente Jaén», «empleo campaña agrícola Andalucía». Entre decenas de enlaces caídos y ofertas dudosas, saltó un anuncio medio raro en un foro de agricultura: «Se busca personal para campaña de aceituna en finca de oleoturismo tradicional. Se ofrece cama, comida y pago por jornal según convenio. Abstenerse flojos».
No me lo pensé dos veces. Compré el billete de tren de ida hacia la estación de Linares-Baeza porque era lo más barato que encontré en la aplicación. No tenía billete de vuelta, ni planes, ni red de seguridad. Aquello era, sin exagerar, mi último cartucho antes de quedarme en la calle.
Durante las horas que duró el viaje en tren, con la frente apoyada en el cristal frío de la ventana, solo podía pensar en mi casa, allá al otro lado del charco. Pensaba en los tapones de carros de la avenida Máximo Gómez, en el ruido de los motores, en el olor a pica pollo y a plátano frito que flota en las esquinas de los barrios. En mi tierra el sol también te calcina la cabeza y el calor te asfixia desde temprano, pero al menos el suelo que pisas es tuyo, o bueno, de tu gente, y si te falta la comida siempre hay un vecino que te pasa un plato de arroz con habichuelas. Aquí, en cambio, el paisaje fue cambiando drásticamente a medida que el tren avanzaba hacia el sur. Desaparecieron los edificios y empezaron a surgir hileras infinitas de árboles alineados con una simetría militar. Kilómetros y kilómetros de tierras rojizas cubiertas de un manto verde plateado que parecía no tener fin.
Llegué de noche profunda a un pueblo fantasma de la provincia de Jaén. No había ni un alma caminando por las calles adoquinadas, ni un coche pasando, solo el silbido del viento frío colándose entre las esquinas de las casas de fachada blanca. Alrededor de las últimas luces del pueblo, no se veía nada más que campos y campos de olivos. Parecían unos monstruos viejos, nudosos y retorcidos que cobraban vida con las sombras de la noche y que me daban un miedo terrible. ¿Qué carajo hacía una mujer caribeña, que en su vida había tocado un árbol que no fuera de mango o de coco, metida en el corazón de Andalucía para recoger aceitunas?
El primer día empezó de golpe. Una señora mayor, de piel curtida por el sol y manos llenas de arrugas profundas llamada Lola, me plantó unas tijeras enormes de podar directamente en las manos. Me miró de arriba abajo, fijándose en mis tenis desgastados y en mis manos de ciudad, desprovistas de cualquier callo. «Poda en vaso, mija. Hay que quitar todo lo seco del centro para que al árbol le entre el sol y el aire, que si no se ahoga», me dijo con un acento andaluz tan cerrado que tuve que hacer un esfuerzo mental tremendo para entenderle la mitad de las palabras. Obviamente lo hice fatal desde el primer intento. No tenía la fuerza necesaria para cerrar las tijeras sobre las mallas de madera dura y, a los cinco minutos de empezar, una rama gruesa cedió de golpe, me pegó un tirón en falso y terminé rebanándome la base del dedo pulgar con la hoja afilada. Me quedé helada del dolor. Me salió un chorro espeso de sangre roja que se mezcló de inmediato con una resina verde, pegajosa y fría que goteaba del corte del árbol. Desde el otro extremo de la línea de cultivo, un viejo rústico del campo con boina y chaqueta desgastada, al que todos llamaban Paco, me vio quejarme y me gritó con una voz de trueno que retumbó en todo el olivar: «¡El olivo sangra por la herida y sigue pariendo año tras año! ¿Y tú qué, Sofía? ¿Te vas a derretir por un rasguño?». Qué tío tan insoportable y tan pesado, pensé para mis adentros mientras me envolvía el dedo con un trozo de pañuelo sucio, tragándome las ganas de llorar del coraje y de la impotencia.
Los días siguientes fueron una tortura física que no le deseo a nadie. Nos levantábamos a las cuatro de la mañana, cuando la noche todavía estaba completamente cerrada y el cuerpo lo único que pedía era seguir durmiendo. Hacía un frío de locos, un frío seco y cortante que se te metía por debajo de la ropa térmica, te congelaba las pestañas y dejaba todo el suelo de la finca completamente blanco, cubierto de una capa gruesa de pura escarcha que resbalaba como el demonio. El trabajo era puro sudor y fuerza bruta. Teníamos que arrastrar las pesadas mallas de plástico negro por encima del barro congelado, estirándolas debajo de la copa de cada árbol. Luego venía lo peor: cargar y encender el vareador mecánico. Ese maldito aparato pesa una barbaridad y hace un ruido insoportable, un brrrr constante y metálico que te vibra en los brazos, se te mete en el pecho y te hace temblar hasta los dientes durante las ocho horas de la jornada. Pero cuando golpeabas las ramas con las varas de carbono, caían las aceitunas a cientos. Negras, moradas, verdes, duras como piedras, rebotando con fuerza sobre la lona plástica como si fuera una tormenta de granizo salvaje. Al final de cada día, me metía en la cama con los hombros molidos, la espalda destrozada y las manos tan hinchadas que ni siquiera podía cerrar los puños para sostener el vaso de agua.
A las tres semanas de empezar la recolección, cuando ya sentía que el cuerpo se me iba a romper en pedazos, nos hicieron participar en una cata técnica en la pequeña cooperativa de la finca. Lola me sirvió un chorrito de un líquido denso en un pequeño vaso de vidrio azul. Me dijo que era el aceite de oliva virgen extra de la variedad Picual, recién salido de la prensa esa misma mañana, sin filtrar, sin colar, en estado puro. Yo, acostumbrada al aceite ligero de supermercado, le di un trago largo sin pensar. Casi me muero ahí mismo. Me dio un ataque de tos horrible que me dejó sin aire, la cara roja y los ojos llenos de lágrimas; sentía literalmente que me estaba tragando un fuego líquido que me quemaba por completo la garganta. Lola soltó una carcajada limpia que le arrugó toda la cara y me dio una palmadita en la espalda mientras me decía: «Pica en la garganta porque está vivo, mija. El aceite bueno tiene que raspar, tiene que demostrar que tiene fuerza». Se me quedó mirando fijo a los ojos durante unos segundos, con una mirada sabia, como si supiera exactamente todo el dolor que yo llevaba guardado dentro del pecho desde que salí de mi país.
Un par de días después, bajamos a la almazara comunal para ver el proceso industrial. El olor dentro de esa nave industrial era algo fuera de este mundo: un aroma espesísimo a aceituna machacada, a hierba mojada y a tierra madura que al principio te mareaba y te revolvía el estómago, pero que después se te quedaba pegado en la piel como un perfume de trabajo. El aceite salía de las máquinas centrífugas con un color verde brillante, casi fluorescente, completamente turbio por los restos de la pulpa de la fruta. De repente, el técnico encargado del control de calidad miró una pantalla y pegó un grito para que todos lo escucharan sobre el estruendo de los motores: «¡Extracción en frío, 26 grados perfectos!». Acto seguido, agarró una botella de vidrio verde oscuro que no tenía ninguna etiqueta ni marca comercial y la llenó directamente del chorro de la máquina. En ese preciso instante, viendo ese líquido espeso caer, me vino a la mente la imagen nítida de mi abuela materna. La recordé sentada en una mecedora de madera en el patio de la casa de Santo Domingo, bajo la sombra del árbol, pelando mangos maduros con un cuchillo viejo y repitiéndome siempre el mismo refrán cuando me quejaba de las tareas del hogar: «Lo que cuesta cortar y pasar trabajo es siempre lo más dulce que vas a probar, mija». Y ahí fue cuando caí en cuenta de todo. Comprendí que yo estaba exactamente igual que esas aceitunas que traíamos del campo. Estaba verde, dura por fuera, golpeada por las circunstancias de la vida y maltratada por la distancia de mi hogar, pero que muy dentro de mí, en lo más profundo de mi ser, tenía una riqueza y una fuerza que valían la pena y que solo salían a la luz cuando la vida me apretaba al máximo.
Pasó el mes entero y el dolor físico empezó a transformarse en costumbre. Mis manos ya no sangraban; ahora la piel se había vuelto dura y resistente. Ya era capaz de distinguir perfectamente el olor frutal e intenso de la aceituna Picual del aroma más dulce y suave de la Arbequina solo con pasar cerca de los remolques llenos de carga. Aprendí a la mala, observando a Lola y escuchando los pocos consejos útiles de Paco, que en la agricultura nada se puede apurar por la fuerza. El campo tiene sus propios tiempos, sus propias leyes, y el aceite verdaderamente bueno no se consigue corriendo; se espera con paciencia y se trabaja con constancia, soportando el clima que toque.
Una tarde, mientras ayudaba a limpiar las tolvas de recepción, me vibró el móvil en el bolsillo. Me entró un mensaje de texto desde un número de Madrid que reconocí al instante. Era una agencia de empleo temporal a la que había ido a rogarle semanas atrás. Me ofrecién un puesto fijo en el servicio de limpieza de un hotel céntrico, trabajando por turnos y pagándome prácticamente el doble de lo que estaba sacando en el campo por las peonadas. Era la oportunidad perfecta para regresar a la comodidad de la ciudad, al asfalto que ya conocía, y enviar el dinero que mi familia tanto necesitaba allá en la isla. Me quedé quieta unos minutos en mitad del patio de la almazara, mirando el mensaje en la pantalla iluminada. Luego bajé la vista y me miré las manos: estaban llenas de costras oscuras, cicatrices de ramas y callos duros en la base de los dedos. Volteé la cabeza hacia el campo y busqué con la mirada el primer olivo que me tocó podar, aquel al que casi le destrozo la estructura por mi torpeza el primer día de trabajo. Me acerqué y vi que de las zonas que yo misma había cortado mal estaban brotando unos pequeños puntos verdes, unas hojitas nuevas, diminutas y brillantes que crecían con una fuerza increíble a pesar del frío invernal. Esas hojas me dieron un orgullo que no sabría explicar con palabras.
Sin pensarlo más, abrí la aplicación de transporte de mi móvil, busqué el billete electrónico de tren que ya tenía reservado y pagado para regresar a Madrid al terminar la semana y le di al botón de cancelar. Agarré el papel con los datos impresos que guardaba en el bolsillo y lo rompí en pedazos chiquitos que el viento de Jaén se encargó de esparcir entre las hileras de los árboles.
Desbloqueé el móvil de nuevo y le mandé un mensaje de WhatsApp a mi mamá: «Mami, no te voy a poder mandar el dinero completo este mes, solo una parte pequeña para las medicinas. No me vuelvo a la ciudad. Te mando raíces. Me quedo aquí en el campo». Pasaron unos diez minutos de silencio absoluto hasta que me llegó de vuelta una nota de voz. Era ella, llorando a moco tendido desde Santo Domingo, con un ruido de fondo de motores y música que apenas dejaba escuchar su voz por la mala señal del internet: «Ay, mi hija linda… Si allá en esa tierra te están tratando como a un olivo de esos que dices, tú saca fuerzas de donde no tengas y aguanta el tirón. Los árboles de allá cambian de hoja pero nunca se caen, aguantan de todo: el frío, la seca y las tormentas. Tú eres de esa misma madera, Sofía».
El último día de la campaña de recogida, cuando ya los remolques estaban limpios y la almazara cerraba sus puertas hasta el próximo año, nos reunimos todos en el porche de la casa principal para despedirnos. Paco se me acercó con su andar pesado y lento, se quitó la boina por primera vez y me puso en las manos una botella pequeña de vidrio oscuro, totalmente limpia, sin etiquetas, sin marcas, igual a la que habíamos visto llenar semanas atrás. «Para que nunca te olvides de este suelo ni de nosotros, Sofía. Te lo has ganado a pulso», me dijo el viejo dándome una palmada fuerte y sincera en la espalda que casi me desmonta el hombro, pero que sentí como el abrazo más honesto que me habían dado en años en este continente.
Cuando llegué de regreso al pequeño cuarto alquilado del pueblo, me senté en la orilla de la cama y destapé la botella con cuidado. El olor que salió de ahí dentro invadió toda la habitación de inmediato: era un olor intenso a tierra mojada después de la tormenta, a hoja de olivo machacada, a puro esfuerzo diario y a dignidad ganada con el sudor de la frente. Fue en ese momento, con el aroma del aceite inundándome los pulmones, cuando entendí las cosas de verdad, aunque fuera tarde. El aceite no sale simplemente de aplastar y exprimir la fruta madura en una máquina de hierro. El verdadero aceite, el que vale la pena, sale de exprimir y apretar tu propia alma por dentro, de aguantar los golpes del destino y las raspaduras de la vida hasta que, por fin, tu cuerpo bota lo mejor que tienes guardado dentro. Sigo sin tener los papeles en regla en este país, sigo teniendo una cuenta bancaria que da verdadera pena y el futuro sigue siendo una incertidumbre enorme que me asusta por las noches. Pero ahora, por primera vez desde que aterricé en España, siento que tengo una raíz fuerte que me sujeta al suelo. Tengo un sitio al que pertenezco por derecho propio de trabajo. Tengo una historia que contar. Y tengo un nombre con orgullo. Me llamo Sofía.