9. El vareador fantasma

Aedo Gris

 

Treinta años de uniforme y el caso de mi vida me llegó jubilado, en zapatillas, con el pueblo entero convencido de que los olivos los desnudaba un fantasma.

Yo soy el cabo Lendínez. Cabo retirado, para ser exactos, que es como decir cabo al que ya no hace caso nadie. Treinta años de servicio en este pueblo y en otros tres del contorno, y en treinta años lo más gordo que me pasó fue un robo de gallinas, una pelea de lindes que acabó en escayola y un señor que conducía el tractor borracho cantando coplas. Aquí no se delinque. Aquí la gente está demasiado cansada de trabajar para andar buscándose problemas. Me jubilé pensando que me moriría sin haber abierto una investigación de verdad, de las de novela, y me había comprado hasta la lupa, no me da vergüenza decirlo, una lupa de las buenas, por si acaso.

Porque eso es lo que no le cuentan a uno de la jubilación: que un día eres el cabo Lendínez, el que pone orden, el que firma, el que sabe, y al día siguiente eres un señor con tiempo libre al que su mujer manda a por el pan para quitárselo de en medio un rato. Treinta años respondiendo de un pueblo entero, y de pronto no le haces falta a nadie. No me quitaron el sueldo, que la paga llega puntual. Me quitaron el ser alguien. Y un hombre al que le quitan el ser alguien anda por el mundo, sin saberlo, buscando una manera de volver a serlo. Yo encontré la mía en una aceituna robada. Los hay que la encuentran peor.

Y entonces empezaron a desaparecer las aceitunas.

No los olivos, ojo. Las aceitunas. Una finca amanecía vareada, limpia, ordeñada hasta la última oliva, sin una rama rota ni una huella en la tierra. Como si los árboles se hubieran sacudido solos en mitad de la noche. La primera vez le pasó a Paco el de la Cruz, que se levantó y se encontró sus cuatro fanegas peladas y maldijo a los temporeros, a la cooperativa rival de Villanueva y a su cuñado, por ese orden. La segunda le tocó a las monjas, que tienen un olivar pequeño detrás del convento, y aquello ya fue escándalo, porque robarle a Dios en este pueblo es pasarse de rosca. A la tercera, cuando amaneció pelado el olivar de los Bermúdez, el pueblo le puso nombre al asunto. El Vareador Fantasma. Y a mí, que llevaba dos años muriéndome de aburrimiento, me dio un vuelco el corazón de pura alegría.

No lo dije, claro. Puse cara de circunstancias, que es la cara que hay que poner cuando por dentro estás dando saltos.

Me ofrecí a la alcaldesa para coordinar la investigación. Le dije que treinta años de experiencia no se improvisan. Ella me dijo que llamara a la Guardia Civil de verdad, a los de activo, y yo le dije que los de activo estaban a cuarenta kilómetros y que para cuando vinieran el Fantasma se habría llevado hasta el pueblo. Me dio el visto bueno con un suspiro que yo preferí entender como entusiasmo.

Lo primero que hice fue ir a la finca de los Bermúdez con la lupa. Estuve dos horas agachado, con la rodilla protestando, examinando el terreno como había visto hacer en la televisión. Encontré una colilla, que resultó ser mía. Encontré huellas, que resultaron ser de los Bermúdez. Y encontré una aceituna sola, una sola, caída en mitad del camino, que el ladrón había perdido en la huida. La metí en una bolsita de plástico con cierre y le escribí «PRUEBA Nº 1» con rotulador. Intenté incluso sacarle huellas con los polvos de talco de mi mujer, pero una aceituna es redonda y aceitosa y no guarda las de nadie. Mi mujer me preguntó qué era aquello en la nevera y le dije que no tocara la escena. Lleva cuarenta años aguantándome; no la tocó.

A la semana le llevé a la alcaldesa mi primer informe. Lo había escrito a máquina, con la Olivetti de mi hija, tres folios con apartados y todo: «Antecedentes», «Modus operandi», «Líneas de investigación». Se lo dejé encima de la mesa muy serio. Ella lo hojeó, llegó al punto donde yo proponía instalar cámaras de visión nocturna en los principales olivares, levantó la vista y me preguntó con qué dinero. Le dije que ese era un detalle técnico. Me contestó que ese detalle técnico se llamaba presupuesto, y que el del Ayuntamiento no llegaba ni para cambiar la bombilla del salón de plenos, fundida desde las últimas elecciones. Recogí mi informe con dignidad. En este pueblo hasta el crimen organizado tiene que apañarse con lo que hay.

Organicé una ronda. La ronda fue mi obra maestra y mi mayor desastre. Reuní a ocho voluntarios, todos jubilados como yo, todos con linterna y con ganas de que pasara algo antes de que les pasara a ellos lo que les pasa a los jubilados. Los repartí por sectores, con silbatos. La primera noche, Cándido se quedó dormido en su puesto y al despertarse, sobresaltado, tocó el silbato, y los otros siete acudieron corriendo en la oscuridad y se encontraron entre ellos y por poco no se muelen a estacazos pensando que cada uno era el Fantasma. La segunda noche llovió. La tercera, Cándido volvió a dormirse, pero esta vez no tocó el silbato, así que mejor.

La cuarta noche por fin pasó algo. Sobre las tres, Robles juró por su madre que había visto una sombra moverse entre los olivos del Llano. Nos juntamos los ocho conteniendo la respiración, apagamos las linternas y avanzamos en línea, como en las películas, y yo iba delante porque para algo era el único con formación. Cercamos la sombra. A la voz de «¡alto a la Guardia… bueno, alto!», encendimos las ocho linternas a la vez. Era un jabalí. Un jabalí del tamaño de un ternero que nos miró con un desprecio que no le he visto ni a un juez, dio media vuelta y se marchó sin prisa, y nos dejó a los ocho temblando con las linternas en alto. Robles alegó que él había dicho una sombra, no un ladrón. Cándido propuso volver a casa. La moción se aprobó por unanimidad.

No pillamos nada. Mientras nosotros vigilábamos el sector norte, el Fantasma peló tranquilamente un olivar del sur. El tío nos leía como un libro abierto.

Las acusaciones, en cambio, no paraban. En un pueblo donde no pasa nunca nada, cuando por fin pasa algo, todo el mundo sabe quién ha sido. Paco el de la Cruz seguía en sus trece con su cuñado. Las monjas, más caritativas, sospechaban directamente del demonio. Media plaza señalaba a los temporeros, que para algo eran de fuera; me fui al cortijo donde dormían, ocho hombres molidos de varear catorce horas al día, y les pregunté qué hacían de noche. Me miraron como se mira a un loco y me dijeron que dormir, que era lo único que el cuerpo les consentía. Les creí. El que ha vareado de sol a sol no se levanta a varear gratis de madrugada; eso lo sabe cualquiera que haya cogido una vara, y yo la he cogido. La otra mitad de la plaza juraba que eran los de Villanueva, nuestros vecinos y enemigos de toda la vida, que nos tienen envidia del aceite. Estuve a punto de organizar una expedición de castigo. Menos mal que no, porque habríamos acabado dos pueblos enteros a estacazos por una sospecha, y para hacer el ridículo juntos ya tenemos las fiestas.

El único que no opinaba era don Sebastián. En el bar, donde la cuadrilla de jubilados resolvíamos el caso cada tarde a voces entre el dominó y el coñac, él se quedaba en su rincón, con su café, escuchando. Una tarde, harto ya de tanta teoría, alguien le preguntó a bocajarro qué pensaba él, que para algo había sido el hombre del aceite del pueblo. Don Sebastián tardó en contestar. Dejó la taza, nos miró por encima de las gafas y dijo:

—Yo lo que pienso es que esa aceituna no se ha perdido. Habrá ido a parar adonde tenía que ir.

Y se levantó y se fue, despacio, apoyado en el bastón, dejándonos a todos callados sin saber muy bien por qué. Yo lo apunté como una salida de viejo. Era la pista más clara que me dieron en todo el caso, y la dejé pasar.

Ahí fue cuando dejé de tomármelo a broma y empecé a pensar. Que es lo que tenía que haber hecho desde el principio, pero uno se emociona con la lupa.

Me senté con un papel, como Dios manda, y apunté lo que sabía. Uno: el Fantasma vareaba como un profesional, rápido y limpio, sin estropear el árbol. Eso no lo hace un ladrón cualquiera; eso lo hace alguien que ha vareado toda su vida y le tiene ley al olivo. Dos: no robaba en cualquier finca. Si uno ponía en el mapa las fincas robadas —y yo lo puse, con chinchetas, en el corcho de la cocina, hasta que mi mujer reclamó el corcho para la lista de la compra— todas estaban en la falda del Cerro Gordo. Tres: las robaba por orden, de arriba abajo, como siguiendo un plano que llevara en la cabeza. Y cuatro, lo más raro de todo: nunca tocaba los olivos nuevos, los de riego, los plantados en espaldera por la empresa esa que compró media ladera. Solo los viejos. Los centenarios. Los de antes.

El Cerro Gordo lo había comprado hacía tres años un fondo de inversión con nombre en inglés. Lo habían comprado a trozos, finca a finca, a familias que ya no podían con él, y entre esas familias estaba la de don Sebastián.

Don Sebastián fundó la cooperativa. Eso lo sabe todo el pueblo. Cuarenta años atrás, cuando los compradores nos robaban a la cara y pagaban el aceite a precio de agua sucia, fue él quien juntó a los olivareros, los convenció de unirse, y montó la almazara cooperativa que todavía nos da de comer. Su olivar del Cerro era el mejor del término, picual viejo, de esos árboles que dan poco pero dan oro. Los hijos se fueron a la ciudad, él se hizo mayor, vino la mala racha, y al final tuvo que vender. Le pagaron, dicen, lo justo para no morirse de pena, que no es lo mismo que para no tener pena. Desde entonces se le veía poco. Un hombre de los que se apagan despacio.

Yo me acordaba de él de joven, cuando llegué destinado al pueblo siendo un guardia novato y él ya era don Sebastián, el que plantaba cara a los compradores en la báscula, el que se sabía de memoria el precio del aceite en todas las lonjas de España y no consentía que engañaran a nadie en una arroba. Le tenía respeto, del de verdad. Y en un pueblo el respeto es lo último que se pierde y lo primero que pesa cuando hay que decidir qué se hace con un hombre.

Até los cabos una noche, despierto en la cama, y me dio un escalofrío que no era de frío.

No se lo dije a la ronda. No se lo dije a la alcaldesa. Cogí mi linterna, sin silbato, y me fui yo solo al Cerro Gordo a la hora a la que roba un fantasma, que es la hora a la que ya no queda nadie despierto más que los fantasmas y los viejos que no duermen.

Lo encontré en su antiguo olivar. Vareando. Despacio, porque ya no estaba para prisas, pero con un pulso que ya quisieran muchos jóvenes, recogiendo en un hule las aceitunas de un árbol que treinta años atrás había plantado él con sus manos. Vareaba a oscuras, sin linterna, de memoria, porque aquellos olivos se los sabía como se sabe uno el nombre de los hijos. No me oyó llegar. Me quedé mirándolo un rato, escondido, como un tonto, con la linterna apagada. Setenta y muchos años, solo, de noche, robándole a un fondo de inversión las aceitunas de los olivos que fueron suyos.

Encendí la linterna. No salió corriendo. Se enderezó despacio, se hizo sombra con la mano, y cuando vio que era yo no puso cara de ladrón pillado, sino de hombre al que interrumpen en algo íntimo.

—Buenas noches, cabo —me dijo, tan tranquilo—. ¿Viene a detenerme?

Yo había ensayado aquel momento durante semanas. Tenía hasta la frase pensada, una frase de las de novela, contundente. No me salió. Lo que me salió fue preguntarle para qué quería tanta aceituna un hombre solo.

Me lo contó sin soltar la vara. Que estaba haciendo aceite. El suyo, de sus árboles, molido a la antigua en el molino viejo de su yerno, que aún tiene una piedra que funciona. Que llevaba tres campañas haciéndolo en secreto, poco a poco, finca por finca, las que fueron de sus vecinos y la suya. Y que ese aceite lo iba a presentar al certamen de relatos no, al de aceites, al premio gordo de la provincia, bajo el nombre de la cooperativa que él fundó. Para ganarlo. Una vez más. Con el aceite de la tierra que le habían quitado.

—Que sepan los del nombre en inglés —me dijo— qué clase de oro tenían y vendieron por dinero.

Sacó del zurrón una botellita sin etiqueta, le quitó el tapón y me la tendió. «Pruebe», me dijo. Yo he comido aceite toda la vida, en el pan, en las migas, a cucharadas de crío cuando no había otra cosa que echarse; creía saber a qué sabe el aceite. Mojé el dedo y lo probé, allí, en mitad del Cerro, a oscuras. No sé explicarlo bien, que para eso hay que ser de los que escriben. Sabía a hierba y a almendra verde, y picaba al final, un picor limpio, como el primer frío de noviembre. Sabía a algo que valía la pena defender de noche con una vara a los setenta y muchos años. Le devolví la botella sin decir palabra, porque lo que había que decir no lo sé decir yo.

Y se quedó mirándome, esperando. Treinta años de uniforme me caían encima como una losa. Aquello era hurto. Hurto continuado, con nocturnidad, agravado por la cuantía. Me sabía el artículo de memoria. Lo tenía allí mismo, en la punta de la lengua, junto a las esposas que ya no llevo.

Y al mismo tiempo tenía delante a un hombre que había dado de comer a este pueblo cuarenta años, robando, sí, pero robándole a una pantalla de ordenador de una oficina de Londres las aceitunas de unos árboles que él había regado con su sudor y que ahora vareaba una máquina que no se sabía sus nombres. La ley estaba clarísima. La justicia, que es otra cosa, ya no tanto. Y yo, que me había pasado la vida confundiéndolas a propósito porque era más cómodo, allí, a oscuras, en lo alto del Cerro, por primera vez no pude.

Le pregunté si le faltaba mucho. Me dijo que dos árboles. Le dije que se diera prisa, que a mi edad coger frío de noche es una temeridad. Y le sostuve la linterna mientras terminaba.

Bajamos juntos cuando clareaba, él con su hule a cuestas y yo con mi lupa inútil en el bolsillo. Por el camino le pregunté, por decir algo, qué iba a hacer cuando se le acabaran los olivos por rebuscar, porque tarde o temprano se le acabarían. Me dijo que para entonces ya daría igual; que un hombre solo necesita una cosa que hacer que le importe de verdad, y que él la suya la había encontrado tarde y robada, pero la había encontrado. Me quedé pensando que yo la mía la había encontrado persiguiéndolo a él. Que los dos, en el fondo, andábamos en lo mismo: dos viejos a los que el mundo había jubilado de ser alguien, buscando de noche, cada uno con su herramienta, una última prueba de que todavía servíamos para algo. Él con la vara. Yo con la lupa. No se lo dije, claro. Pero creo que lo sabía, porque al llegar al cruce, antes de separarnos, me dio las gracias por la linterna. Y no era por la linterna.

El aceite de la cooperativa ganó el premio de la provincia aquel año. Salió en el periódico, con una foto de la alcaldesa muy sonriente sosteniendo una botella, y una declaración del fondo de inversión felicitándose por la calidad de sus olivares. Don Sebastián no salía en la foto. Estaba en el bar, como siempre, tomándose su café, y cuando entré me miró por encima de la taza y no dijo nada, y yo tampoco. Pero levantó la taza un dedo, apenas, en un brindis que no vio nadie más que yo. Yo levanté la mía. Fue la única declaración que se tomó en todo el caso, y no la firmó ninguno de los dos.

El Vareador Fantasma no volvió a robar. El caso quedó sin resolver, oficialmente, y así sigue. La alcaldesa todavía me da las gracias por el esfuerzo. Los de la ronda cuentan en el bar que lo espantamos nosotros con la vigilancia, y yo les dejo que lo cuenten, faltaría más.

Todavía guardo en un cajón la aceituna de la bolsita, la PRUEBA Nº 1. No sé para qué. Es la única que recogí en todo el caso, y resultó no ser de nadie.

Treinta años de uniforme persiguiendo al que se lleva lo ajeno, para terminar una noche en lo alto del Cerro sosteniéndole la linterna al único hombre que he visto en mi vida llevarse lo suyo. No lo pondré en ningún atestado. Pero para eso, supongo, sirvieron los treinta años: para aprender, ya jubilado, cuándo se enciende una linterna y, sobre todo, cuándo se apaga.

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