85. El anillo del olivar
Llevan dos semanas excavando sin descanso ni fortuna los tres metros cuadrados de olivar balizados. Lamento mi ingenuidad cuando, sin otra intención que la de animar una conversación hospitalaria, desperté el interés por este lugar en un caminante extraviado, que ha resultado ser el más veterano del grupo de tres arqueólogos que nos visita. Quince días removiendo piedras sin encontrar un mínimo rastro del altarcillo del que le hablé. Son tercos y exploran la cota que han marcado en el mapa que consultan de continuo a medida que modifican el área de la excavación. Le indiqué el lugar exacto donde lo encontrarían, pero por qué iban a prestar atención a un viejo jornalero iletrado. Es un mes de calor sofocante y eso no ayuda a su labor.
Recuerdo a aquella niña de pelo oscuro sentada bajo la sombra de un olivo, jugando con unos guijarros. No la había visto antes por allí. No recuerdo su nombre, no era común por esta zona, ni el de la diosa a quien cantaba. En el modesto altar una inscripción de signos afilados parecía invitar al recogimiento. Yo era joven y nada sabía de misterios que excedieran las fronteras del predio. Ella entrelazaba una ofrenda de flores y tallos verdes; a veces también dejaba junto a la piedra tallada un puñado de olivas y semillas en un cuenco. Desde ese día he frecuentado el camino que conduce hasta el tronco que cobija ese altar y he reposado con gran gusto en la sombra mística del ramaje. No lo encontrarán: se empeñan en horadar un lugar equivocado, apenas a unos metros hacia el este. Maldita sea la hora en que lo mencioné, pero es mejor así, que permanezca en su eternidad olvidado.
Cumplidas tres semanas de excavaciones, quise visitar al grupo, movido por la curiosidad y la compasión que me provocaba la visión de su desaliento. La fatiga de los rostros era evidente. Ese hombre que parecía estar al mando de las labores repartía mensajes de ánimo a sus compañeros. Una joven estudiante volteaba en la mano una piedra pulida. Me acerqué a ella.
—¿Señorita, sabe qué es eso?—la joven me miró con cierta sorpresa.
—Un canto rodado, supongo.
—Algo parecido, en efecto. Es un canto redondeado, una mano de piedra; se usa para moler grano o machacar olivas.
—Parece antigua ¿Todavía la usa usted?
—No, yo no, yo soy de otra época, de la misma que usted. Pero aún queda quien la utiliza. Dígame, ¿qué es lo que buscan ahí?
—Al parecer, una necrópolis.
—Pierden el tiempo: ahí nunca hubo tal —me miró confusa—; los vecinos están enterrados en aquella otra vaguada. En esta parte del olivar solo se elevaban mojones y oratorios, como el que hay bajo ese otro olivo —señalé con la mano en la dirección donde encontré un día a aquella niña jugando.
El arqueólogo al mando de la cuadrilla dio la voz para seguir la tarea. La joven se excusó y se unió al grupo.
Habían transcurrido seis semanas sin que nada relevante se hubiera hallado. Era un día caluroso de julio, de esos que la tierra parece escupir llamas y solo la sombra fresca de los árboles mantiene en pie la vida. Por mi falta de hábito en recibir visitas, me alarmó escuchar una voz cerca de mi puerta. Aún faltaban unas horas para el atardecer. La joven estudiante se asomaba por la mosquitera intentando averiguar algún movimiento en el interior de la estancia. Se sobresaltó cuando mi rostro envejecido surgió de la oscuridad. Le pregunté qué deseaba. Dio unos pasos hacia atrás y respondió que solo quería saludarme, continuar nuestra conversación. La hice pasar y la acomodé en la mesa frente a un vaso de limonada. Traía consigo la mano de piedra, deseaba saber más de su uso y de las gentes que la tallaron. Aunque le insistí que yo no era arqueólogo, que esa pregunta debería hacérsela a sus profesores, no dudé en atender su curiosidad. De un cajón extraje un paquete envuelto con plásticos y descubrí sobre la mesa una piedra gruesa, alisada por una de sus superficies, del tamaño de una rueda pequeña ovalada.
—Es del mismo mineral verdoso— dijo con curiosidad— ¿Qué es?
—El mineral es ofita. Esta roca es un molino que espera a esa piedra que tú tienes— coloqué sobre la faz tallada de la piedra un puñado de olivas secas.
Con un gesto la invité a que probara a molerlas. Tardaron poco las aceitunas en ser una harina parda de olor aceitoso.
—¿Está bien así?
—Sabes moler.
—Es la primera vez.
—De esa primera vez hace mucho— ella no me entendió y dejamos que el silencio nos hablara.
—Han encontrado unas tumbas en la vaguada que me indicaste.
—Esta vez no han fallado. Por fin te han escuchado.
—Les indiqué el lugar que me sugeriste para excavar.
—Tú sabías dónde era. Yo solo te recordé el camino para llegar allí—de nuevo el silencio reflejaba la confusión de la joven.
Me ofreció pasear por el olivar sin importarle el calor que cocía la tierra. Llegamos hasta el lugar donde habían descubierto la necrópolis. Unos sarcófagos exhibían su inesperada desnudez. Numerosas piezas de vasijas, ornamentos y semillas, completaban un pequeño museo al pie del tronco ancho y rugoso de un olivo. Al jefe del grupo se le veía exultante y se acercó a nosotros para ofrecernos una explicación técnica de cada objeto, de las dimensiones estimadas del yacimiento y de su valor histórico. Podría tratarse de uno de los primeros enterramientos romanos en la comarca a la vista del deterioro de los objetos encontrados y la forma de labrar el bronce, propio del siglo tercero o segundo del Imperio. En cambio, decía estar confundido por la forma de algunos sarcófagos, menos sofisticados que los que se utilizaban en esa época, que solían adornarse con tallas de deidades y remates florales: los allí hallados eran sencillos rectángulos de piedra cubiertos con losas planas talladas con tosquedad. Antes de disculparse para seguir con sus ocupaciones agradeció a su joven ayudante el haber tenido la sabia intuición del lugar donde se encontraría este legado tan valioso.
—No fue más que eso, una intuición. Ese olivo me sugería que bajo su sombra se encontrarían estos cuerpos reposando— respondió ella con la espontaneidad de quien no acaba tampoco de entender cómo pudo intuirlo. Sus razones, tal vez por parecer de escaso valor científico, pusieron fin a la conversación.
Permanecimos un tiempo largo atendiendo a cada detalle de aquellas tumbas. Educada en la delicadeza con la que los arqueólogos manipulan cada pequeño objeto que encuentran, ya sea un minúsculo grano de oro o una vulgar piedra, se limitaba a observar y a vigilar dónde colocaba cada pisada. Me detuve junto a una tumba de menos tamaño que tenía la losa partida y que permitía asomarse a su interior. Le hice a mi joven acompañante un gesto con la mano.
—Encontrarás en ella algo que te interesa. Recoge esa pequeña tinaja con cuidado, han pasado muchos años y podría desmenuzarse.
Sin atender esta vez a sus prevenciones profesionales, se aproximó al hueco que dejaban las losas. Habitaba el angosto espacio un esqueleto de aspecto delicado con las piernas recogidas en los brazos, como acostado para un largo sueño. Junto a su calavera, una vasija de barro decorada con líneas horizontales era todo su ajuar. Dedujo que se trataba de una mujer joven o de una niña. En uno de sus dedos, todavía lucía un anillo de aspecto tosco.
Observando cada movimiento, extrajo la vasija del interior del sarcófago. Extendí mi pañuelo en el suelo y volqué en él su interior: huesos de aceitunas, semillas y unos cuantos guijarros de barro.
—Me parece un culto extraño— apuntó la joven, sin añadir sus razones.
—Ellos vivieron aquí siglos antes de lo que ha dicho tu jefe. Cuando llegaron, trajeron los olivares a esta colina y se quedaron a habitar entre ellos. El árbol y esta mujer nacieron para la tierra a un mismo tiempo, con el mismo viento; ambos aprendieron a no ser extranjeros en estos campos. Trajeron sus dioses: estas aceitunas eran sus ofrendas.
—¿Y los guijarros?
—Esa niña jugaba con ellos, entendía su lenguaje. Caminaba por las tardes hasta un sencillo altar donde molía aceitunas e inventaba canciones. ¿Tienes aún la mano de piedra? Siéntela, vuestros pensamientos se encuentran en ella. No ha pasado el tiempo, solo las cosechas. Toma, guarda estos guijarros, son tuyos. Desde que te vi, supe que los buscabas, nadie puede impedir que vuelvan a ti.
La temporada de excavaciones concluyó, los lugares excavados se ocultaron de nuevo para protegerlos del pillaje y los objetos valiosos se trasladaron al museo de la ciudad para ser investigados. La joven arqueóloga se despidió de su amigo jornalero con la emotividad que incita su edad y aseguró que pronto regresaría. Volvió a sus lecciones y exámenes, al transcurso frenético de la rutina urbana.
Regresó. La cancela apenas había envejecido. En aquel espacio ancho que fuera un patio de geranios y buganvillas no había nadie. Golpeó la puerta, llamó a voces buscando quien la escuchara. Recorrió los edificios desvencijados. Se sentó en el pilón central que no surtía ya de agua el recinto inundado de silencio. Hacía más de cuatro años de su anterior visita y sentía una sensación incómoda de paso espeso del tiempo, como si hubiera huido veloz y, al mismo tiempo, girara con lentitud. Comenzó a sentirse angustiada en aquel patio, deseaba huir a grandes pasos.
—¿Qué busca? — de la puerta donde viviera el jornalero sabio que me hizo amar el misterio del olivar salió a mi encuentro una anciana de pelo blanco recogido en un moño. Me presenté, ella escuchaba atenta, di rienda a la conversación y le relaté mis días en la excavación.
—De eso hace muchos años. Por fin regresas.
Me incomodaba el tono familiar que empleaba, como si me conociera desde siempre. Entré en la casa, la reconocí de inmediato, apenas algunos objetos cambiados de lugar, otros nuevos o quizás no recordaba que estuvieran allí. Me hizo sentar en la misma silla a la que aquel hombre me invitara. Acepté el pan que me ofreció. Bebí con la sed de unos años de los que no tenía consciencia, una sed incisiva. La anciana me hablaba de su vida en el olivar, de todo un cúmulo de gentes que habían poblado aquellas colinas. La mujer se ausentó durante unos minutos y me dejó sola en el breve salón poblado de murmullos. Volvió con una pequeña caja entre las manos.
—Él dejó esto para ti.
En un discreto atadillo de tela brillaba un delgado objeto de bronce. Reconocí el anillo que aquella niña lucía en uno de los finos huesos de la mano. Lo habían limpiado hasta hacerlo parecer nuevo. Busqué en mi bolsillo los guijarros que él me dio. Comprendía ahora mejor sus palabras: sentía cómo un círculo intangible se cerraba y yo era parte íntima de él. Me senté bajo las ramas del olivo que cobijaba el lugar donde la niña aún reposa. Arrojé al aire que un puñado de lodo seco que formó una ligera nube de polvo. Lo vi ascender por encima de las copas y las hileras de olivos que visten las colinas y vaguadas. Pensé en todos ellos, en sus voces roturando la tierra y el tiempo.