84. No lo dudamos

Guti.

 

El hebreo que nos vendió la idea fue directo: a mí me habló de números, a mi compañera de sueños. Prometía un olivar joven que, con los años, se volvería generoso. Árboles cargados de frutos, cosechas abundantes, viajes a Numancia, la tierra de nuestros ancestros. La inversión, aseguraba, se pagaría sola.

Recordé lo que decía Sancho: “Donde hay vino beben amigos, donde hay aceite, comen vecinos”.

No lo dudamos, dijimos que sí.

Claro, no mencionó que las variedades no se adaptarían al suelo uruguayo, ni que no teníamos riego por goteo. Calló las hormigas y el taladrillo, el repilo y la negrilla. Tampoco habló del NIÑO, ni de la NIÑA.

Diez años después, apenas recuperamos lo invertido. Y, sin embargo, lo aprendido en el camino fue la recompensa: compartir la cosecha en familia y con vecinos, esperar con ansias el sabor de cada campaña. El aceite se volvió relato, herencia, vínculo.

El olivo se hizo esperar. Diez años de hormigas, plagas y sequías. Y al final, dio frutos. Comprendimos que lo eterno no está en las cuentas ni en las promesas, sino en el amor obstinado de seguir juntos, como si la vida sólo pudiera contarse en cosechas.

 

 

 

 

 

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