82. El sabor de la esperanza

D. Ch. Fujishiro

 

Se imponía el mes de noviembre. Era una tarde un poco gris, llena de nubes manchadas, como casi siempre sucedía en esa época del año y, de vez en cuando, aquellas nubes grises, dejaban pasar algún que otro rayito de sol, dibujando caprichosas sombras en el suelo. Estas sombras eran producidas por las ramas de los árboles de olivo que, aunque perfectamente alineados en surcos, dejaban caer sus ramas, algo desordenadas, sobre las guardarrayas que se interponían entre ellas. Quien se aventuraba a caminar por aquellos enverdecidos campos, podría ver, reflejadas en el suelo, cubierto de una fina capa de hojarasca, las curiosas sombras formadas por los arbustos; figuras humanas, de aves y hasta dinosaurios; dependiendo de los ojos y la imaginación de quienes la observasen. En ocasiones, cuando soplaba alguna suave ráfaga de viento, incluso, podían escucharse extraños sonidos que parecían haber sido emitidos por aquellas figuras imaginarias en las sombras.

Los campos de olivo siempre fueron el orgullo de la región. Hermosos campos impecablemente limpios de plagas y malas hierbas; siempre listos para florecer y ofrecer sus preciados e invaluables frutos. Es en estos hermosos campos donde, Alejandro Mariano, pasaba la mayor parte del tiempo. Alejandro era un muchacho de apenas veinte años de edad, de mediana estatura; su cuerpo atlético dejaba ver las líneas musculosas que lo definían. Un rostro hermoso, imberbe, lo hacía aparentar de menos edad, a pesar de su celoso fundamento, carácter y actuar responsable. Un joven siempre preocupado por los amigos; porque ahora eran su única familia; había perdido a sus padres siendo todavía un niño. Cuando se necesitaba una mano desinteresada, siempre aparecía la suya, dispuesta a ayudar en lo que fuera. Es por eso que, cuando todos supieron del accidente, quedaron consternados y tristes. El joven estudiaba agronomía en la universidad y hacía ya casi un año que no venía al pueblo. La exigencia de los estudios no le permitían disfrutar de su propio tiempo libre. Cuando visitaba el pueblo, lo hacía en las vacaciones navideñas, que coincidían con la etapa de recolecta de los frutos de la aceituna, algo que aportaba a su carrera, a su formación profesional y que disfrutaba como ninguna otra cosa. Pero, cuando decidió venir, por fin, un conductor ebrio lo arrastró al hospital. El joven amaba las motos; tanto como amaba el campo; era su medio de transporte favorito. Odiaba los aviones, pues sus padres habían perdido la vida en un accidente aéreo, aunque, en muchos de sus sueños, se veía volando por encima de aquellas tierras que lo vieron crecer. Y ahora yacía, inmóvil, en aquella cama, en el ala norte del hospital; donde muchos tomaban su última bocanada de aire, donde podía sentirse, en el ambiente, el escalofriante y repulso olor fúnebre; sumergido en un sueño profundo, del que ya muchos habían perdido las esperanzas de verlo despertar. Un año había pasado desde aquel fatídico accidente y, día tras día, desfilaban por la sala intensiva del hospital, casi todos los habitantes del pueblo, deseando su recuperación, pero en el fondo, presentían que nunca más lo verían de vuelta. María Claudia, su compañera de la infancia, quien había crecido prácticamente como una hermana a su lado, lo visitaba todos los días y permanecía a su lado hasta el atardecer. Le agarraba de la mano y le hablaba como si estuviera despierto, porque ella, en el fondo, sentía que él la escuchaba. Le hablaba de los hermosos recuerdos de cuando eran solo chicos, de como andaban semidesnudos y se revolcaban sobre la tierra húmeda de los campos de olivo, luego de bañarse bajo la lluvia. Le hablaba también recordando los largos paseos que disfrutaban al salir del colegio y lo que ella disfrutaba de su compañía. Una tarde, en que se quedaron completamente solos en aquella sala del hospital, ella, le confesó, casi en un susurro, como temiendo que alguien la escuchara; que hacía ya algún tiempo que su forma de verlo había cambiado, que ya no lo veía solo como a un amigo, que empezaba a sentir otras cosas extrañas, pero hermosas, por él. Que desde aquel día en que, después del largo paseo que hicieron, en una de sus vacaciones al pueblo, y que él le contó, creyéndola como su confidente, que le gustaba una chica de la universidad, ese día ella sintió un garrotazo en pleno pecho. Entonces, luego de un profundo suspiro, le confesó, acariciando su mano; que nunca antes había sentido algo así, que sintió celos de aquella desconocida y que, se dio cuenta, en aquel mismo instante, que la amistad entre ellos había alcanzado otro nivel; ella se había enamorado perdidamente de él. Que primero; pensó que era un capricho de adolescente, pero luego, cuando se desvistieron, aquella misma tarde, para bañarse en el rio, cerca de la almazara, al ver su cuerpo semidesnudo, se le hizo un nudo en la garganta que no le permitía articular palabras cuando él le hablaba o le preguntaba por alguna cosa, que su piel se erizó y se avergonzó de que él la mirara a ella en traje de baño, que su cuerpo se ruborizó y empezó a sentir como la sangre ardía en su interior, como si una fiebre endemoniada invadiera su cuerpo. En ese momento, soltó su mano y le acarició la mejilla suavemente, hasta la barbilla y notó que ya empezaban a aparecer bellos en su rostro y le agradó sentirlos, eran bellos finos y suaves. Así, acariciando su rostro, le habló de como disfrutó aquel día, de como, de soslayo, le miraba la entrepierna, su hombría y se imaginaba cosas eróticas. Mientras él, ajeno a todo, disfrutaba saltando al agua desde las rocas, ella, dentro del río, requisaba con su mirada cada detalle de su masculino cuerpo y centraba su atención en su talla masculina y que eso la hacía hervir de deseos, sin que él, apenas, reparara en ello. Entró una enfermera en la sala e interrumpió aquella escena. Ella se ruborizó al ver a la intrusa e imaginarse que, al entrar, pudiera haber escuchado sus últimas palabras. Pero estaba equivocada, la enfermera revisó unos papeles que se encontraban sobre la mesita de oficio, miró a su alrededor para asegurarse que todo estuviera en regla, como era parte de su rutina diaria y, después de palpar la frente de Alejandro, volvió a salir con la misma reverencia con la que entró. María Claudia se levantó y caminó hasta la puerta, como para asegurarse de que la enfermera no regresaría. Se acercó a la ventana y miró a través del vidrio hacia la calle. Allá afuera la vida seguía su curso. La muchedumbre se movía de aquí para allá y, aunque el bullicio no podía escucharse, uno podía imaginarse el ruido producido por los carros y la gritería de la gente y los vendedores ambulantes. El hospital se encontraba ubicado en el mismo centro del pueblo. Era algo así como una clínica pública, pero nada tenía que envidiarle al hospital de la capital; lo mismo por las condiciones de sus instalaciones, que por la calidad del personar que trabajaba en el. Constaba de tres pisos perfectamente amueblados, según la categoría de sus salas. La sala de cuidados intensivos, donde se encontraba Alejandro, ocupaba el tercer piso y estaba dividida en varios cubículos independientes uno de otros, de manera que los enfermos de uno, no podían ver ni escuchar lo que ocurría en el cubículo aledaño, lo que significaba una gran ventaja para los pacientes y acompañantes.

Ya, solos, después que la enfermera saliera, ella se acercó a la cama, se sentó junto a él, tomó nuevamente su mano y se quedó mirándolo compasivamente, recreando en su mente todo y cuanto le había confesado antes de haber sido interrumpida por la entrada inesperada de la enfermera. Miró el reloj; ya eran cerca de las doce y treinta del medio día y el vientre le comenzaba a sonar, anunciando que ya era la hora del almuerzo y, además, después de todo lo que le había confesado a Alejandro, acerca de sus sentimientos, se sentía como si hubiera corrido una maratón, por toda la energía liberada. Se incorporó, recogió la cartera de encima de la mesita de oficio y salió de la sala diciéndole a Alejandro, como si este pudiera escucharla, que regresaba enseguida. Bajó las escaleras y salió a la calle.

A un costado del hospital estaban ubicados todos los puntos de ventas de alimentos y algunos restaurantes y cafeterías. Se podría decir, sin temor a equivocarse, que todos y cada uno de ellos, ofertaban comidas y golosinas elaboradas con el famoso aceite de oliva. Para Claudia era muy difícil decidir, entonces, que podría comer; Ya su paladar estaba acostumbrado, había nacido deleitándose con golosinas preparadas con aceite de oliva.  Todo y cuanto veía, era del gusto de su paladar. Entró en una cafetería que, además del maravilloso olor que salía por sus ventanas, y que le recordaba por mucho las recetas de su abuelita, llevaba por nombre La Aceituna Dorada, lo que le trajo a la mente que, en una ocasión, Alejandro, le había dicho que, cuando se graduara, trataría de lograr una variedad de aceituna que su fruto brillara como el oro mismo, y ella se reía de sus ocurrencias. Miró las ofertas de la cafetería y, una vez más, se enfrentó a la duda de que podría consumir. En la tablilla de ofertas escribían: Langosta al carbón a lo bendecido, Presa de cerdo a las brasas, Bacalao al pil pil, chamorros de cordero a las finas hierbas… y así, más de una docena de platos preparados con aceite de oliva extra virgen. Al fin se decidió por los medallones de cerdo con vegetales, compró cuatro raciones, calculando el apetito que se le había despertado esa mañana, las colocó en un pozuelo con tapa y regresó al tercer piso de la sala del hospital. Entró en el cubículo de Alejandro. Él permanecía inerte, tal y como había dejado. Se sentó junto a él, destapó el pozuelo y, luego de darle el primer mordisco a aquella exquisita comida, se inclinó sobre él y lo beso en los labios. En ese preciso instante, Alejandro abrió los ojos, miró fijamente a Claudia, y se estiró como si solo hubiera dormido por una noche. Claudia pegó un grito de alegría y se echó en sus brazos, apretándose contra su pecho. Nadie escuchó aquel grito, gracias a lo reservado de los cubículos, por eso nadie acudió a disfrutar del milagroso acontecimiento. Así permanecieron, abrazados, no se sabe cuanto tiempo. Tampoco podría asegurarse que evento provocó el despertar de Alejandro de aquel profundo coma; si el beso de Claudia o el exquisito e incomparable sabor del aceite virgen extra que tanto extrañaba su selecto paladar. La noticia corrió por el pueblo como chispa de pólvora seca. Un año más tarde, Alejandro y Claudia se casaron. Alejandro defendió su tesis de curso, cumpliendo aquel deseo del que siempre se había colgado; lograr una variedad de aceituna dorada.

 

 

 

 

 

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