81. Filia al amor

Unicelular

 

Mateo Oliva, natural de Jaén, no tenía forma de despojarse de su “universe oleum”. Cuando nació, su tez aceitunada fue su primer contacto con el gremio. Tenía blenofobia, fobia a la textura viscosa, y “elaiofobia”, fobia a la aceituna. La “polinosis”, la alergia a la flor del olivo, maltrataba sus pulmones. Además, perdía aceite, y mucho. La depresión desintegraba su mundo y renunció a la lucha.

Pensó que, para no desentonar con su idiosincrasia, qué mejor que mecer su cuerpo en un olivo milenario, que la vida se escapara entre sus hojas, zigzagueando entre sus ramas rumbo a su liberación.

La cuerda tensó su cuello; su cuerpo anhelaba oxígeno. Cuando la oscuridad envolvía su viaje eterno, un cuchillo seccionó su cordón umbilical de muerte.

Un rostro joven, bello y preocupado se presentó como el hijo del dueño del olivar, el más grande de la comarca.

Sus miradas iniciaron una sutil conversación, y Mateo Oliva, un lechado de fobias hacia el oro líquido, no le hace ascos al amor, por muy olivarero que sea.

 

 

 

 

 

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