76. Aceite en las venas
Si alguien le hubiese dicho a Carola, allá por 2004, que acabaría oliendo vasos azules llenos de aceite de oliva con la misma seriedad con la que otros huelen vino caro, probablemente habría puesto cara de “no me hagas perder el tiempo, que tengo trabajo”. Y, sin embargo, la vida tiene esa costumbre tan poco elegante de desmentirnos.
La historia empieza en Concepción, aunque Carola siempre dice que en realidad empieza en una mesa, como casi todo lo importante: familia, amistades, discusiones políticas y, por supuesto, comida. Pero en esa mesa en concreto, el aceite de oliva tenía un papel bastante discreto. Era ese líquido que uno echaba sin pensar demasiado, como quien riega una planta sin saber su nombre.
—A mí no me gustaba —repite todavía, y lo dice con una sinceridad tan tranquila que sorprende a quienes la ven ahora, rodeada de botellas verdes, etiquetas bonitas y palabras raras como “polifenoles”.
Ahí entra Alicia, aunque en ese momento todavía no lo parecía. Porque Alicia también estaba, a su manera, destinada al aceite, aunque igual que Carola, al principio no tenía ni idea de hasta qué punto.
Pero no adelantemos acontecimientos.
El primer sorbo (o casi)
Todo comenzó cuando Carola, periodista de profesión, empezó a trabajar en el lanzamiento de una asociación de productores de aceite de oliva. Era principios de los 2000 y en Chile parecía estar naciendo una pequeña fiebre verde, algo así como una moda sofisticada que combinaba campo, tradición y marketing.
—Yo iba, entrevistaba, redactaba… —recuerda—. Pero tampoco es que me enamorara del producto. Era más bien como: vale, el aceite existe, la gente lo compra, seguimos.
Hasta que un día la sentaron frente a una mesa con varios vasitos pequeños. No eran de cristal transparente, sino de un azul intensísimo que parecía sacado de una película de ciencia ficción. Dentro, aceite.
—Lo hueles, lo pruebas, lo piensas —le dijeron.
Y Carola, obediente como buena periodista curiosa, hizo caso. Primero acercó la nariz. Luego probó. Y pasó algo raro: no sabía si le gustaba o no, pero era distinto. Muy distinto. Había algo ahí que no tenía nada que ver con el aceite aburrido que ella recordaba de casa.
—Ahí me cambió un poco la cabeza —admite—. No fue amor a primera vista. De hecho, ni siquiera sabía si me gustaba. Pero algo ahí… se quedó, pero sí… como una sospecha.
La sospecha de que el aceite, ese producto tan aparentemente simple, escondía un mundo entero.
Alicia aparece (con café en mano)
Alicia, por su parte, siempre ha sido de las que observan antes de lanzarse. Si Carola es la que habla, explica y convence, Alicia es la que escucha, prueba, duda y vuelve a probar.
Se conocieron en uno de esos cursos intensivos donde todo el mundo parece estar demasiado concentrado como para hacer amigos. Cuatro semanas al año, durante varios años, aprendiendo a distinguir un frutado de un defecto, un amargor elegante de uno desagradable.
—El primer día pensé: ¿pero esto no es exagerar un poco? —confiesa Alicia—. Oler aceite como si fuera perfume, tomar notas… parecía un poco locura.
—Lo es —responde Carola, riéndose—. Pero es una locura que engancha.
Y enganchó.
Entre sesiones de cata, viajes al campo y discusiones sobre si algo olía más a tomate verde o a alcachofa, se fue formando no solo una base técnica sólida, sino también una amistad de esas que crecen en contextos raros.
—Nos unía el aceite —dice Alicia—. Y el café, porque sin café aquello era imposible.
La doble vida de Carola
Durante muchos años, Carola llevó lo que ella llama “vida doble”. Por un lado, su trabajo estable en banquetes, con horarios, clientes y cierta previsibilidad. Por otro, el aceite: cursos, catas, viajes y una curiosidad que no paraba de crecer.
—Era como tener dos personalidades —explica—. La seria, organizada… y la que se emocionaba oliendo aceite en un vaso azul.
La cosa funcionó… hasta que dejó de funcionar.
—Llegó un momento en que no daba más —dice—. O elegía, o explotaba.
Y eligió.
Renunció a su trabajo estable, lo comunicó con una mezcla de vértigo y alivio, y decidió apostar por lo que hasta entonces era casi una pasión paralela.
—Mi madre me miró como diciendo: “¿de verdad vas a vivir de oler aceite?” —recuerda—. Y bueno… aquí estamos.
OlivaLovers: el club de los convertidos
La idea de OlivaLovers surgió de algo muy simple: la frustración.
—Cada vez que hablábamos con gente, nos dábamos cuenta de que no sabían nada —dice Alicia—. Pero nada, nada.
—Y no era culpa suya —añade Carola—. Nadie les había explicado.
Así nació la comunidad: talleres, catas, contenido online… todo con una misión clara: que la gente entendiera qué demonios es un aceite de oliva virgen extra de verdad.
—Porque no todo lo que pone “virgen extra” lo es —dice Carola, con una media sonrisa que mezcla paciencia y resignación.
Los talleres empezaron con pocas personas. Gente curiosa, algún amigo, algún despistado.
—Y de repente pasaba algo muy bonito —cuenta Alicia—. Probaban un buen aceite junto a uno defectuoso… y se les abrían los ojos.
—Literal —dice Carola—. Como si alguien encendiera una luz.
Había quien volvía a casa y tiraba todos los aceites que tenía. Otros se lo contaban a media familia. Hubo incluso quien convenció a su pareja para cambiar completamente la forma de cocinar.
—Nos sentimos un poco como misioneras —bromea Alicia—. Pero en versión aceite.
—Sin sotana, eso sí —añade Carola.
El poder de una cata
Una de las cosas que más les sigue sorprendiendo es lo rápido que la gente puede aprender.
—En dos horas puedes cambiarle la vida a alguien —dice Carola, sin exagerar demasiado.
La clave está en la experiencia. No es lo mismo que te expliquen que un buen aceite debe ser fresco, verde y ligeramente picante… que probarlo tú mismo y notar ese picor en la garganta.
— Ese picor… a ver, es que al principio parece que está malo. Pero no. Es justo lo contrario.
—Y en realidad es al revés —responde Carola—. Es señal de que está bien.
—Un día discutimos durante diez minutos por un aceite.
—Quince.
—Bueno, quince. Y seguimos sin estar de acuerdo.
En esos talleres, las preguntas son de lo más variado:
—“¿Esto caduca?”, Sí… bueno, sí y no … Ah, estupendo, me lo quedo igual.
—“¿Por qué este es amargo?”
—“¿Qué significa eso de prensado en frío?”
—El famoso prensado en frío… —suspira Carola—. Otro mito.
Y ahí empiezan las explicaciones, las comparaciones y, a veces, las risas.
Viajes, concursos y un poco de vértigo
Con el tiempo, Carola empezó a recibir invitaciones para participar en concursos internacionales.
—La primera vez estaba aterrada —reconoce—. Pensaba: ¿qué hago yo aquí, si hay gente de Italia, España… con toda una tradición detrás?
Pero en cuanto empezó la cata, se dio cuenta de algo curioso: todos hablaban un mismo idioma.
—El del aceite —dice—. Y ahí no importa de dónde vengas.
Las puntuaciones, las sensaciones… coincidían sorprendentemente.
—Ahí entendí que esto no es tan subjetivo como parece —explica—. Hay un entrenamiento, una base.
Y una vez entras en ese circuito, ya no sales tan fácilmente.
—Te invitan, repites, viajas… —dice Alicia—. Y de repente estás en otro país hablando de amargor como si fuera lo más normal del mundo.
—Que para nosotras lo es —añade Carola.
La Guía Oliva (y el susto de las setenta marcas)
Cuando decidieron crear la primera guía de aceites de oliva, pensaron que sería un proyecto interesante. No esperaban, sin embargo, la magnitud del asunto.
—Creíamos que habría unas cuantas marcas —recuerda Alicia—. Pero empezaron a aparecer más y más…
—Y más —añade Carola—. Y nos dimos cuenta de que la cosa era seria.
Casi setenta marcas. Cada una con su historia, su estilo, su nivel de calidad.
—Fue emocionante, pero también agotador —admite Alicia—. Catar tanto aceite no es tan glamuroso como parece.
—Después de diez muestras, tu paladar empieza a protestar —dice Carola—. Después de veinte, directamente te odia.
Aun así, el proyecto siguió adelante, impulsado por una mezcla de pasión y obstinación.
—Queríamos que la gente tuviera una referencia —explica—. Saber qué comprar, qué buscar.
El eterno problema: el desconocimiento
Si hay algo que repiten una y otra vez, es que el gran problema no es la falta de producto, sino la falta de conocimiento.
—La gente no sabe en qué fijarse —dice Alicia—. Y es normal.
Por eso, siempre insisten en lo básico:
—Que sea virgen extra, que tenga fecha de cosecha, que huela fresco —enumera Carola—. No es tan complicado.
—Pero hay que contarlo —añade Alicia—. Y contarlo bien.
Porque, como dicen ellas, el aceite no debería ser un misterio.
Comentarios desde el otro lado
En redes sociales, la cosa tiene su propio ritmo.
—Hay gente que nos escribe cosas muy divertidas —dice Alicia.
Como Javier, que llevaba años fiel a una marca y de repente ya no estaba tan seguro.
—“No sé si será de calidad…” —lee Alicia en voz alta—. Pobrecillo, le hemos creado una duda existencial.
—Ese es el efecto colateral —dice Carola—. Una vez sabes, ya no puedes volver atrás.
También están los que simplemente admiran.
—“Las mejores del mundo mundial” —lee Carola, riéndose—. Bueno, tampoco hace falta tanto.
—O sí —responde Alicia con ironía—. Nunca se sabe.
Y luego están los que solo quieren ir a la cosecha.
—“Llévenme a la vendimia” —recuerda Alicia—. Como si fuera un festival.
—Bueno, un poco lo es —dice Carola—. Pero con más botas de campo y menos glamour.
La cosecha: el momento mágico
Si hay algo que ambas coinciden en que no se puede explicar del todo, es la experiencia de la cosecha.
—Tienes que vivirlo —dice Alicia.
El olor de las aceitunas recién recogidas, el sonido de las máquinas, el primer chorro de aceite saliendo de la almazara…
—Es como ver nacer algo —explica Carola—. Muy cursi, pero cierto.
Cada año intentan visitar el mayor número posible de campos.
—Y si podemos, viajamos a otros países —añade Alicia—. Siempre se aprende algo.
Porque, al final, este mundo nunca deja de moverse.
El futuro (y un poco de esperanza)
Chile no es España, ni Italia. Nunca lo será en volumen.
—Pero tampoco hace falta —dice Carola—. La clave está en la calidad.
Apuestan por aceites con personalidad, con carácter.
—No queremos ser los baratos —dice Alicia—. Queremos ser los interesantes.
Y poco a poco, algo está cambiando.
—Hay productores que lo están haciendo muy bien —afirma Carola—. Y eso da esperanza.
Incluso en zonas donde antes parecía imposible, empiezan a aparecer sorpresas.
—El cambio climático tiene sus cosas malas, pero abre algunas ventanas —explica Alicia—. Y veremos qué pasa.
Epílogo con pan y aceite
La escena final podría ser cualquiera. Una mesa, un trozo de pan, una botella de aceite.
Carola y Alicia sirven un poco, lo prueban.
—¿Notas ese amargor? —dice una.
—Y el picante al final —responde la otra.
Alguien alrededor duda, pregunta, se anima.
—Prueba —insisten.
Y entonces sucede, otra vez: esa pequeña revelación. Ese momento en el que alguien descubre que el aceite no es solo aceite.
—Ya está —dice Carola en voz baja.
—Otro más —responde Alicia.
Y así, entre risas, viajes, catas y alguna que otra discusión sobre si algo huele más a hierba o a tomate, siguen adelante.
Porque al final, como ellas mismas dicen, lo suyo no es solo un trabajo. Y bueno… tampoco vamos a cambiar el mundo. Pero al menos, lo hacemos un poco más rico.
—Y si encima conseguimos que la gente disfrute más comiendo… —dice Carola.
—Pues mejor plan, imposible —concluye Alicia.
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