75. Jaque al rey

Lucio Cornelio Balbo

 

–¡Torre alfil siete!… ¡Peón cuatro rey!…

Al capataz de la cuadrilla le gustaba el ajedrez. Siempre daba las indicaciones de las peonadas en términos ajedrecistas. Lo cierto es que el olivar se asemejaba a un tablero adamerado perfectamente cuadriculado.

Para él, cada olivo representaba una pieza según su altura, forma y colocación. Sin embargo, para nosotros, profanos en el noble juego de estrategias y suposiciones, aquello de convertir el olivar en un damero era un verdadero galimatías.

Indicaba a cada uno el olivo que tenía que varear y cuando te lo habías “comido”, te decía el siguiente con el que tenías que pelearte.

Ponías las redes alrededor, cogías la vara y tras beber un buen trago del botijo, te liabas a pegarle palos a aquel robusto pero indefenso árbol. Entonces él, chasqueando los labios, alterado y amenazante, rumiando palabras mal sonantes y envalentonado como un caballo en posición de jaque, te arrancaba la vara de las manos y te enseñaba cómo se deben acariciar las ramas para no provocar daños.

Todos sabíamos cuándo comenzaba la jornada. Lo que desconocíamos era cuándo terminaba. No había final hasta escuchar dos palabras que gritaba a pleno pulmón con una sonrisa victoriosa: ¡Jaque mate!

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