7. El aceite de los ausentes

José Carlos Vara Mata

 

El día que derribaron el último olivo para ampliar la carretera, el pueblo entero oyó un suspiro.

Nadie quiso reconocerlo. Los técnicos hablaron de viento. El alcalde, de progreso. Los viejos bajaron la cabeza y volvieron a sus casas sin discutir, como si acabaran de perder a un pariente incómodo.

Solo Martina, que tenía nueve años, se acercó al tronco partido. Entre las raíces apareció una botella pequeña, sellada con cera negra. Dentro no había papel ni huesos ni monedas antiguas: había aceite.

Su abuela la reconoció al verla.

—Es de la cosecha del hambre —dijo—. Tu bisabuelo guardó una botella por cada hijo que se fue y no volvió.

Martina contó siete.

Aquella noche, el pueblo cenó en silencio. Mojaron pan en aquel aceite oscuro, espeso, casi vivo. Al probarlo, cada familia recordó una voz perdida: un padre en la guerra, una hermana en Francia, un niño muerto de fiebre, una novia que prometió escribir.

Al amanecer, nadie habló de la carretera.

Plantaron siete olivos nuevos junto al camino.

Y desde entonces, cuando sopla el viento, el pueblo no oye hojas.

Oye nombres.

 

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad