67. El olivo que espera

Alejandra del Consuelo Uzcátegui Jiménez

 

La última vez que Alma vio a su abuela con vida, el viento golpeaba las ventanas del hospital con pequeñas ráfagas de polvo arrastradas desde los caminos secos de Palmira. Carmen llevaba varios días ingresada y la enfermedad había reducido su cuerpo hasta volverlo casi irreconocible, pero conservaba intacta la mirada. Seguía observando cuanto ocurría a su alrededor con la misma atención que había dedicado toda la vida a las cosas pequeñas: una planta que comenzaba a secarse, el vuelo de los pájaros antes de la lluvia o el color que tomaban los cerros al atardecer.

Alma ocupó la silla junto a la cama y tomó una de sus manos. Hablaron de asuntos cotidianos, de vecinos, de familiares lejanos y de las pequeñas novedades que llenan las conversaciones cuando ambas personas saben que existe algo mucho más importante de lo que no quieren hablar. En un momento de silencio, Carmen volvió la cabeza hacia la ventana. Permaneció observando durante unos segundos el paisaje inmóvil del exterior y después sonrió.

—Hoy hace un día de Los Monegros.

Alma soltó una breve carcajada.

—Para ti cualquier día es un día de Los Monegros.

—Eso es porque nunca has estado allí.

Carmen sonrió. Lo hacía siempre que pronunciaba aquel nombre, como si detrás de aquellas sílabas existiera una habitación a la que solo ella podía entrar.

—¿Todavía te acuerdas del árbol? —preguntó Carmen.

—Claro que me acuerdo.

—Tu bisabuela decía que era más viejo que todos nosotros juntos.

—Y que mientras siguiera vivo, siempre habría un camino de regreso para alguien de la familia.

Alma sonrió mientras acomodaba la manta sobre las piernas de su abuela.

—También decía que era más terco que una mula.

—Eso también era verdad.

La enfermera entró en la habitación para revisar el suero y durante unos minutos la conversación se interrumpió. Cuando volvió a quedarse sola con su nieta, Carmen permaneció callada. Parecía reunir fuerzas para decir algo.

—Si alguna vez vas a España, prométeme que irás a verlo.

Alma levantó la vista.

—¿Al olivo?

—Sí.

La seriedad de su expresión hizo desaparecer cualquier posibilidad de broma.

—Lo prometo.

Carmen asintió satisfecha y volvió a recostarse contra la almohada.

Tres semanas después murió al amanecer.

Los días siguientes transcurrieron entre flores, visitas, llamadas telefónicas y familiares que aparecían desde distintos lugares para despedirse. Durante una semana la casa permaneció llena de gente. Luego, poco a poco, todos regresaron a sus vidas y el silencio ocupó nuevamente cada habitación.

Fue entonces cuando comenzó la tarea de vaciar la casa.

Alma acudía cada tarde después del trabajo. Abría armarios, clasificaba documentos y llenaba cajas con objetos que nadie sabía muy bien si conservar o desechar. A medida que avanzaba descubría versiones desconocidas de la mujer que había conocido toda su vida: la joven que escribía cartas larguísimas a sus amigas, la madre que guardaba los dibujos de sus hijos y la nieta que había pasado décadas intentando reconstruir la historia de una familia dispersa por varios países.

Una tarde, mientras revisaba el dormitorio, una caja metálica cayó desde la parte superior del armario. El golpe hizo que su contenido se esparciera por el suelo. Alma se arrodilló para recogerlo. Entre fotografías antiguas y documentos amarillentos encontró una llave de hierro oscuro. Era pesada, antigua y demasiado grande para pertenecer a cualquier cerradura de la casa.

Debajo apareció una libreta de tapas azules. La abrió por curiosidad y encontró, en la primera página, una única frase escrita con la letra inclinada de Carmen:

«La casa sigue esperando.»

Alma frunció el ceño. Una hora después seguía sentada en el suelo, leyendo.

Las anotaciones estaban desordenadas. Algunas páginas contenían fechas. Otras, fragmentos de historias familiares. Había nombres repetidos, árboles genealógicos incompletos y referencias constantes a una mujer llamada Inés Arbués.

La misma mujer aparecía también en varios documentos guardados dentro de la caja.

Inés había nacido en un pequeño pueblo de Los Monegros. Décadas atrás había abandonado España, viajado hasta Perú y conocido allí a un militar ecuatoriano con quien terminaría formando una familia. A partir de aquel matrimonio nacerían los hijos, los nietos y las generaciones que acabarían estableciéndose cerca del desierto de Palmira.

Alma continuó leyendo hasta encontrar una escritura de propiedad emitida en Huesca.

La dirección correspondía a una vivienda que seguía registrada a nombre de la familia.

Esa noche regresó a su apartamento con la libreta en el bolso. Intentó concentrarse en otras cosas, pero terminó leyéndola otra vez antes de dormir. Durante los días siguientes ocurrió exactamente lo mismo. Cada vez que creía haber olvidado el asunto, volvía a abrir aquellas páginas. Había demasiados vacíos, demasiadas preguntas sin respuesta y demasiadas referencias a un lugar que nadie en la familia había visitado en décadas.

Cuando su madre le preguntó qué esperaba encontrar allí, Alma tardó en responder. La pregunta quedó flotando entre ambas. Alma se encogió de hombros y siguió removiendo el café. Dos semanas después estaba comprando un billete a España.

A finales de septiembre aterrizó en Zaragoza.

Recogió el coche de alquiler y comenzó a conducir hacia el sur. Conforme abandonaba la ciudad, el paisaje fue transformándose. Los campos verdes desaparecieron y la tierra adquirió tonos ocres y dorados que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El cielo parecía más amplio de lo habitual. El aire entraba seco por la ventanilla abierta.

Alma condujo durante horas atravesando carreteras secundarias, pequeños pueblos y extensiones de terreno que le resultaban extrañamente familiares. A medida que avanzaba por la carretera comenzó a reconocer algo familiar en el paisaje. No sabía exactamente qué era. Tal vez el viento. Tal vez la forma en que el horizonte parecía no terminar nunca.

Cuando llegó al pueblo indicado en la escritura, el sol comenzaba a descender sobre los campos. Las calles estaban tranquilas y apenas encontró a unas pocas personas caminando por las aceras. Siguió las indicaciones hasta llegar a una vivienda situada en uno de los extremos de la localidad.

Detuvo el coche frente a la fachada.

La casa era modesta. Parte del tejado mostraba señales de deterioro y las contraventanas permanecían cerradas. Aun así seguía en pie.

Alma permaneció unos instantes observándola desde el asiento del conductor.

Después abrió el bolso, tomó la llave que había pertenecido a Carmen y descendió del coche.

La cerradura esperaba al otro lado de la puerta.

La llave giró con dificultad. Alma tuvo que intentarlo dos veces antes de que el mecanismo cediera con un sonido áspero. Empujó la puerta y una corriente de aire encerrado escapó desde el interior. La casa olía a polvo, madera envejecida y yeso húmedo. Permaneció inmóvil unos segundos mientras sus ojos se acostumbraban a la penumbra.

La luz se filtraba por las rendijas de las contraventanas y dibujaba franjas doradas sobre el suelo. Frente a ella había una mesa, dos sillas y una alacena vacía. En una pared permanecía colgado un calendario detenido muchos años atrás. El silencio era tan profundo que podía escuchar el crujido de la madera bajo sus pasos.

Recorrió las habitaciones lentamente. No esperaba encontrar nada importante y, en cierto modo, aquello la tranquilizaba. La casa no parecía guardar secretos espectaculares. Conservaba únicamente las huellas sencillas de quienes habían vivido allí: una taza desportillada, una manta olvidada en un armario, una fotografía sin marco atrapada detrás de un cajón.

Al fondo encontró una puerta que daba al patio. Al abrirla, la luz de la tarde inundó el interior.

El patio era pequeño y estaba rodeado por un muro de piedra desgastada por el tiempo. Había maleza seca junto a las paredes y varias tejas rotas dispersas por el suelo. Durante unos segundos observó el espacio sin comprender qué era lo que buscaba. Luego lo vio.

El olivo.

Se alzaba junto al muro del fondo.

No era gigantesco. No era el árbol monumental que había imaginado durante la infancia cada vez que Carmen lo mencionaba. Sin embargo, poseía una presencia imposible de ignorar. El tronco se retorcía sobre sí mismo formando pliegues profundos que parecían esculpidos por siglos de viento. Algunas ramas estaban secas, pero otras conservaban hojas plateadas que brillaban bajo la luz de la tarde.

Alma se acercó despacio. Apoyó los dedos sobre la corteza.

Estaba tibia.

Durante años había escuchado historias sobre aquel árbol. Sin embargo, solo al tocarlo comprendió que no estaba frente a una planta ni frente a un recuerdo. Estaba frente a algo que había sobrevivido a todas las personas que le habían dado significado.

Recordó a Carmen hablando de aquel árbol mientras limpiaba verduras en la cocina, cosía un botón o preparaba café.

Un ruido la hizo levantar la cabeza.

Al otro lado del muro una anciana la observaba.

Llevaba un vestido negro, un delantal gris y el cabello blanco recogido en un moño impecable. Permanecía apoyada sobre un bastón con la naturalidad de quien lleva años utilizándolo.

—Pensé que la casa terminaría cayéndose antes de que alguien regresara —dijo.

La voz tenía una firmeza inesperada.

Alma retiró la mano del tronco.

—Perdone. No sabía que había vecinos.

—Cada vez quedamos menos.

La anciana estudió su rostro durante unos segundos.

—No es de aquí.

—No.

—Ya lo imaginaba.

El silencio se prolongó.

Finalmente Alma sonrió.

—Vengo de Ecuador.

La expresión de la mujer cambió apenas.

—Entonces es usted de la familia.

Aquella afirmación la sorprendió.

—¿Cómo lo sabe?

La anciana dirigió la mirada hacia el olivo.

—Porque nadie más habría venido hasta aquí.

Durante unos segundos permanecieron observándose.

—Mi abuela se llamaba Carmen —dijo Alma.

La mujer tardó un instante en responder.

—Carmen.

Pronunció el nombre despacio, como si estuviera desempolvando un recuerdo.

—La niña de América.

Alma sintió un estremecimiento.

Nadie había llamado así a su abuela delante de ella.

—¿La conoció?

La anciana negó con la cabeza.

—Cuando Carmen nació, Inés ya vivía al otro lado del océano. Pero sí conocí a la mujer que hablaba de ella constantemente.

Alma se acercó al muro.

—¿A Inés?

—A Inés.

La anciana apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Mi nombre es Pilar.

—Yo soy Alma.

Pilar asintió lentamente.

—Lo sé.

—¿Cómo?

La mujer sonrió.

—Porque Inés hablaba de ustedes en sus cartas.

Alma sintió que el corazón se aceleraba.

Pilar observó el cielo durante unos segundos antes de continuar.

—Venga mañana por la mañana. Tengo algo que mostrarle.

—¿Cartas?

—Y una historia que nadie le ha contado completa.

Aquella noche Alma apenas durmió.

A la mañana siguiente llegó a casa de Pilar poco después de las nueve. La anciana la esperaba en una cocina luminosa donde el aroma del café recién hecho se mezclaba con el de la lavanda seca que colgaba de las vigas.

Sobre la mesa había una caja de madera. Cuando Pilar la abrió, Alma vio decenas de sobres atados con una cinta descolorida.

—Inés escribía mucho —dijo.

Tomó uno de los paquetes y lo colocó frente a Alma.

—Nunca dejó de hacerlo.

Alma observó aquellas cartas como quien contempla una puerta abierta hacia otro tiempo.

—¿Son todas suyas?

—No. Algunas se perdieron. Otras nunca llegaron. Pero estas son suficientes para entender quién era.

Pilar eligió una de las más antiguas.

—La escribió pocos meses después de llegar a Perú.

Desplegó cuidadosamente el papel.

—»El desierto no se parece al nuestro y, sin embargo, hay tardes en que el viento sopla de cierta manera y por un instante siento que sigo en casa.»

La anciana levantó la vista.

—Siempre comparaba un desierto con otro.

—Mi abuela decía lo mismo.

—Porque lo aprendió de ella.

Pilar dobló la carta.

—Inés nació aquí. En una casa más pobre que esta. Su padre cultivaba lo que podía y rezaba para que lloviera cuando correspondía. Hubo años buenos y años malos, pero también hubo años imposibles. Cuando murió, Inés tenía poco más de veinte años y comprendió que quedarse significaba aceptar una vida que no deseaba.

La anciana tomó otra carta.

—Así que se marchó.

Alma imaginó a aquella joven abandonando el pueblo.

—¿Sola?

—Con una prima. Al menos al principio.

Pilar sonrió.

—Inés siempre decía que los mapas estaban hechos para cruzarlos.

La frase arrancó una sonrisa a Alma.

—Eso suena a ella.

—Era una mujer difícil de detener.

La anciana abrió otro sobre.

—Trabajó donde pudo cuando llegó a Perú. Cocinó. Lavó ropa. Cuidó niños. Hizo todo lo necesario para salir adelante.

—¿Y allí conoció a mi bisabuelo?

Pilar asintió.

—En Sechura.

Tomó una nueva carta y la sostuvo entre las manos.

—La primera vez que lo menciona ni siquiera escribe su nombre.

Buscó un fragmento y comenzó a leer.

—»Hoy discutí con un militar ecuatoriano que cree tener razón sobre todo. Sospecho que es insoportable.»

Alma soltó una carcajada.

—Eso no parece una carta de amor.

—Espere.

Pilar buscó otra.

—Tres meses después escribió: «El militar sigue siendo insoportable, pero he descubierto que sonríe con los ojos.»

Las dos rieron.

La anciana volvió a guardar silencio unos segundos.

—Se enamoraron poco a poco. Sin grandes tragedias. Sin escándalos. Sin historias extraordinarias.

—Solo se enamoraron.

—A veces eso ya es extraordinario.

Pilar observó por la ventana antes de continuar.

—Cuando él recibió un nuevo destino, le pidió que fuera con él a Ecuador.

—¿Y aceptó?

—Sí.

La anciana señaló las cartas.

—Pero nunca dejó de escribir.

Tomó una de las últimas.

—Aquí ya vivía en Palmira.

Leyó unas líneas.

—»La tierra es seca. El viento levanta polvo igual que en Aragón. A veces cierro los ojos y podría jurar que estoy viendo Los Monegros.»

—Nunca olvidó este lugar.

—Nunca.

Pilar se levantó y abrió una pequeña despensa.

Regresó con una botella de vidrio oscuro.

—Cada otoño seguimos llevando las aceitunas al molino.

Vertió unas gotas de aceite sobre un plato blanco.

El aroma era intenso, verde y ligeramente amargo.

—Inés decía que el aceite era la forma que tenía esta tierra de viajar sin moverse.

Alma acercó el plato y comprendió que aquel olor le resultaba extrañamente familiar.

Pilar señaló hacia la ventana.

—¿Sabe quién plantó el olivo?

Alma negó con la cabeza.

—Inés.

El silencio llenó la cocina.

—Lo plantó con su padre cuando era una adolescente. Antes de partir vino a despedirse del árbol. Yo era una niña, pero recuerdo verla apoyada contra el tronco como si estuviera hablando con alguien.

—¿Qué decía?

Pilar tardó unos segundos en responder.

—Que volvería.

Pilar buscó una hoja doblada entre las cartas.

—Esta nunca llegó a enviarla.

Desdobló el papel y comenzó a leer.

«Si algún día una de mis nietas llega a leer esta carta, quiero que sepa que no me fui porque dejara de amar esta tierra. Me fui porque algunas raíces también aprenden a caminar. Nadie abandona del todo el lugar donde plantó un árbol.»

La anciana cerró la última carta.

—Y durante toda su vida creyó que algún día cumpliría esa promesa.

Alma observó los sobres apilados sobre la mesa.

Fuera, el viento recorría las calles del pueblo y agitaba las ramas del olivo que se alzaba detrás de la vieja casa.

Cuando Alma salió de casa de Pilar, caminó directamente hacia la vivienda familiar. Abrió la puerta, atravesó las habitaciones vacías y llegó al patio. El árbol proyectaba una sombra irregular sobre el suelo. Se sentó junto al tronco y apoyó la espalda contra la corteza. El viento recorría las ramas con un sonido suave y constante. Cerró los ojos.  Permaneció allí hasta que comenzó a oscurecer. A la mañana siguiente volvió a visitar a Pilar. La anciana estaba regando unas macetas junto a la puerta.

—He tomado una decisión —dijo Alma.

Pilar dejó la regadera sobre el suelo.

—Ya me imaginaba.

Caminaron juntas hasta el patio de la vieja casa. El olivo ocupaba el mismo lugar de siempre, inmóvil bajo el sol de la mañana.

—No voy a quedarme con la casa.

Pilar asintió.

—Lo sé.

—Pero tampoco quiero marcharme con las manos vacías.

La anciana observó el árbol durante unos segundos y luego desapareció dentro de su vivienda. Regresó poco después con unas tijeras de podar.

—Entonces llévate una parte de él.

Alma tomó las tijeras.

—No sé cómo hacerlo.

—Yo te enseño.

Se acercaron al tronco. Pilar señaló una rama joven que crecía junto a una de las raíces principales.

—Esa servirá.

Alma se agachó. La rama era delgada, flexible y estaba cubierta de hojas plateadas. Realizó el corte con cuidado. Pilar envolvió el esqueje en un paño húmedo y lo sujetó con una cuerda.

—Ahora ya puedes irte tranquila.

Durante los días siguientes resolvió los trámites pendientes y preparó el regreso. Antes de marcharse visitó una última vez la casa. Recorrió lentamente cada habitación, cerró las ventanas y salió al patio. El olivo permanecía allí, exactamente igual que el primer día. Apoyó una mano sobre el tronco, sonrió y caminó hacia la puerta.

Meses después, una tarde ventosa de enero, cavó un hoyo en el patio de la casa familiar en Palmira. La tierra estaba seca y el polvo se levantaba en pequeños remolinos cada vez que el viento atravesaba el terreno. Su madre observaba desde la galería mientras Alma acomodaba el esqueje y cubría las raíces con cuidado.

Cuando terminó, se limpió las manos en el pantalón y dio un paso atrás.

La planta parecía insignificante frente a la inmensidad del paisaje.

—¿Crees que sobrevivirá? —preguntó su madre.

Las dos permanecieron en silencio observando el pequeño olivo recién plantado. El viento agitó las hojas jóvenes y durante un instante Alma recordó el patio de la vieja casa en Los Monegros, la voz de Carmen en la cocina y las cartas escritas desde Palmira décadas atrás. Luego apoyó una mano sobre la tierra recién removida. El sol comenzaba a ocultarse detrás de los cerros cuando ambas regresaron a la casa. El olivo quedó solo en el patio, balanceándose suavemente bajo el viento.

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