60. Las nubes del olivar
El olor terroso con hiervas y aceite, respiro profundamente, quiero guardar este momento en el alma. Vine a este rinconcito bohemio de Andalucía a descansar de las madrugadas interminables de la ciudad. La publicación sincera de una habitación en una casa rural de las afueras, al principio me pareció que ocultaba algo, una publicación que prometía más de lo que era. La foto de la casa era una de dos pisos, de tejas de dos aguas, y pintada de blanco; la añoranza de la casa de mi abuelo, me hizo dar el clic.
En tres días me encontré recorriendo las carreteras que rodeaban fincas interminables de olivares, casitas blancas y otras más modernas salpicaban el paisaje en una armonía casi predispuesta. No empaque mucho, apenas estaría tres días. Córdoba, Sevilla, Huelva; pare apenas dos veces; en mi última parada comí un jamón de Jabugo, que se desasía casi en el paladar, el sabor ahumado y la combinación de una ligera copita de vino; me hicieron recuperar las fuerzas de las poco más de tres horas de viaje.
En carretera disfrute como la vía se hizo en un parpadeo de apenas dos carriles, las señalizaciones rompían un poco la mágica vegetación que me rodeaba, a veces la señal del teléfono se interrumpía, nada grave, la sensación de sopor que envolvía al cuerpo, era placentera. Los olivares aparecían y desaparecían, invadiendo mi imaginación de niño, no sé porque siempre pensé que los olivos eran las casas de las hadas, sus troncos retorcidos y las raíces de manos de ogro; me daban miedo, pero también me hacían soñar que lo imposible no lo era tanto.
La carretera subía, los cerros azules rodeaban el borde del cielo, el café estaba helado, pero aún me sabía rico, después de unas horas más, la entrada de Cumbres de Enmedio señalado por un cartel de fondo blanco. Recorrí en vertical las cuatro calles del pueblo, según las indicaciones al final de la calle encontraría un camino que subiría un poco, ahí encontraría mi destino. La casa de los García.
Eran las cuatro de la tarde cuando un par de hombres de entre cincuenta y cuarentaicinco años me dieron la bienvenida. Al salir me estrecharon la mano de manera fuerte, como sólo quien vive de la tierra saluda. Con las palabras justas me llevaron adentro de la casa, lo primero que vi fue una mesa grande de madera, un par de santos en una mesita y el olor a jamón y gazpacho me hicieron sonreír. Me indicaron donde sentarme, comí, la comida del campo tiene alma.
Después de una plática sobre costumbres, lugares y que actividades podría realizar en mi estancia, me despedí para ir a mi cuarto. Era el segundo de la planta alta, la cama tenía unas cobijas de algodón, y aunque procuraron poner objetos como un reloj analógico y una mesita con silla de esas noruegas; la esencia permanecía ahí. Al abrir la ventana podría observar la calle adoquinada que partía al pueblo, los carros estacionados, y la hilera de arbolitos que daban paisaje a las casitas blancas. El sol naranja anuncia la noche, me parecía estar en el escenario de una película de drama romántico. Pensé un poco en ti. Me recosté en la cama y la suave tarde se deslizo en mis sueños.
Eran las 8:00 pm cuando llamaron a mi puerta para indicarme que la cena estaba dispuesta, también me recordó que el baño estaba al pie de la escalera, por si necesitaba lavarme. Al llegar la mesa tenía gurumelos a la plancha acompañados en arroz y salchichón ahumado; el vino de la casa y un fresco botellón de agua. Entonces pareció la señora Maricarmen, traía en plato amplio unas torrijas, y una jarra de café para coronar el festín. Nunca he sido de esas personas que interactúan con facilidad con desconocidos, sin embargo, era la adecuada discreción del recibimiento, la comida, el olor de la campiña; era volver a la casa grande de mi abuelo José. Salimos al patio a disfrutar las torrejas de sobremesa. Antonio, me decía que mañana debía ir a su huerta, que si quería podría irme con él, entonces me indicaría el lugar donde la gente hace senderismo. Le dije que iría yo solo, pero que antes quería pasar por el centro del pueblo. El rumor silencioso de la noche, me deslizo a un sueño largo y profundo.
Mi cuerpo me despertó a las 5:00 am, abrí la ventana, el frio del amanecer me pego de golpe en las mejillas, sin embargo, la sensación de tiempos mejores que arrastro el viento, me hizo sentir extrañamente feliz. Los ruidos cuidados de la casa se hicieron presente en poco tiempo, enseguida los sonidos naturales de los animales de granja que vivían en el amplio patio, tuve el impulso de salir, ayudar recordar las tardes de verano en la casa grande, cuando creía que se puedo cambiar el mundo soñando.
Bajé a las 7:00 am, el café estaba listo, y en la mesa unos churros calientes estaban en la mesa, pregunté que donde los habían comprado; me la señora Maricarmen soltó una risa, me dijo que ella los hizo hace rato, que en un “pizpao estuvieron listos”, tome un par de trozos y me tomé el café, les dije que bajaría al pueblo, después subiría por la aparte de los senderistas y con suerte volvería antes de las 2:00 pm. La luz llenaba el pueblo, la tranquilidad me hizo pensar en alguno de los pueblos mágicos de mi país, claro allá hay más bullicio a esta hora, pero era la esencia atemporal del alma del pueblo, que no ha sido manchado por lo comercial o monopolios capitalistas.
Llevaba el móvil, estuve tentado a sacar un par de fotos, pero decidí que era mejor guardar ese momento en mi memoria, compre una botella de agua y a eso de las 9:00 am, pregunte cual camino tomaría para seguir el camino de los senderistas; “subir todo recto y cuando el camino se bifurcara girar a la izquierda, por ahí el camino bordea el cerro y deja ver con mucha claridad el pueblo y sus montañas.”
No creí estar en tan pésima condición, pero la pequeña subida constante me hizo perder le aliento varias veces y cometí el error de beberme toda el agua a medio camino. Al llegar a un recoveco que, hacia un caverna o hueco en la ladera, revisé que no hubiera alguna serpiente o animal y me senté ahí. El lugar estaba al costado del sendero, y los colores terrosos con verde de los. olivares, las montañas azules que se perdían a lo lejos, el pueblo parecía una maqueta. Quería perder la imagen de ti, y observar la maravilla que estaba a mis pies, entonces las formas de las nubes se hilaron a ti.
Odiaba pensar en, ya sabes todo eso que no podré hacer de nuevo contigo. La certeza del no retorno me a ahogaba la garganta y un par de lágrimas se desfilaron entre mis mejillas. Estaba lejos de tu amado Jaén, en estos días la feria que fue rito de felicidad estaba en su apogeo, el sentimiento de los dos comiendo y tomándonos las peores fotos posibles, un juego que se hizo costumbre; así como tu fetiche de tomarle foto a las nubes, decías que las nubes de los lugares eran igual de importante que sus construcciones, que, aunque podrían parecer lo mismo no lo eran. Ahora mientras veía el cumulo blanco que cobijaba todo, las lágrimas llenaron mi rostro, sin gimoteos, sin quejidos; lágrimas y nada más.
En un acto reflejo saqué el móvil y vi la última foto de los dos caminando por la calle de la avenida, nuestra avenida. Las nubes danzaron, marcharon, fueron y vinieron; mientras tú permaneciste ahí, sujeta del dolor de recordarte. La desesperación de no saber cuándo se fue todo al demonio, de la culpa y la absolución de la nada. Tú allá tomada de una mano extraña que ahora adoras, que ahora entiende la importancia de las nubes. Decidí dejarte olvidada ahí, en medio de una tierra lejana, perderte entre las rocas y la vegetación. Para que te llevara otro, para que, si un desafortunado caminante encontrara tu recuerdo, te llevara más lejos de mí. Me cansé de pensarte, la noche estaba a punto de engullir la tarde, cuando empecé a bajar.
Estaba por anochecer cuando un tractor me encontró, la voz de uno de mis caseros me pedio subir, porque era tarde y Maricarmen estaba con el Jesús en la boca. Me preguntó que, si me había perdido, o caminé mucho. Pero solo le dije que me había dormido por un momento. Por radio informo a la alcaldía que estaba a salvo y que solo se me había ido el tiempo, estaba bien, dijo.
La señora Maricarmen me sirvió un plato grande cosido serrano, en su miraba tenía un leve reproche de madre preocupada, pero su prudencia apenas dejo salir un par de resoplidos. A lo mejor fue el caldo, pero me sentí fuerte. Me indicaron que tomarían café en un rato o una copita de vino si el cuerpo lo pedía, asentí con la cabeza y subí a bañarme. El agua limpia, ligeramente helada terminó de limpiar mis dolencias, ni el terapeuta que me estuvo atendiendo por meses fue tan efecto como este viaje que parecía mano de santo.
El olor del café se mezclaba con la humedad de la noche, mi señal para bajar. Maricarmen tenía una mesita dispuesta en patio, la cafetera, tazas, y pastel de almendras. Los cuatros nos sentamos a platicar de las cosas típicas que dicen los extraños para hacer amena la mesa. Aun así, su compañía se me hacía familiar, en momentos me recordaban las noches de mi tierra. La charla se extendió hasta un poco más de las 11:00 pm, incluso hubo tiempo para una copita de buenas noches. La madrugada fue larga, no pensaba en nada, me quede mirando el techo de madera por un largo rato; cerré los ojos porque mañana regresaba y me tendría que ir a eso de las 2:00 pm, para no llegar muy noche a mi ciudad, volver, pero sin ti.
En mis sueños estaba volando, la tranquilidad de sentirse emocionalmente libre me apretaba el corazón, como cuando tendría el primer día de clases, la alegría de volver a ver a los amigos, la alegría de un nuevo comienzo se iba sembrando en mí. A las 7:00 am bajé a desayunar, había tostadas, jugo, café y unos churros. Habían pasado meses sin que disfrutara la comida; pero en ese momento era una delicia todo; no sólo alimento mi cuerpo sino también el alma. No me sentí extranjero. Al terminar bajé al pueblo revisé con cuidado los locales de recuerdos. No encontré otro mejor que ese momento.
Regresé para refrescarme, empacar y despedirme de mis magníficos anfitriones. En eso momento sólo Maricarmen estaba en la casa, le dije lo que haría y también me indico que antes de salir a carretera me tenía preparado algo. Me lave la cara, miré por la ventana las nubes que se acercan con la tentativa de ti, suspire, los remordimientos se fueron y esas nubes no llegaron a mi corazón. Bajé con las maletas hechas. En la sala estaban los tres, en la mesa unas tapas de diferentes cosas; nos sentamos, y platicamos básicamente de mis planes de regreso, y también me preguntaban que, si estuve a gusto, si los recomendaría. Le dije que para mí todo fue perfecto, que me iba descansado y muy bien comido. Soltaron una carcajada. Antes de subir al carro, Maricarmen me entrego una canastita con aceite, y unas frutas de huerto.
Me alejé sin voltear atrás, volvería, no para buscarte; volvería porque sentí que había hecho unos amigos. Los olivares, volvieron a aparecer y desaparecer; ahora sin la sombra de ti. El regreso fue rápido, las luces de mi ciudad tintineaban a menos de veinte minutos de mí. Era un hombre nuevo que volvía ver con otros ojos el mundo, incluso las nubes.
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