59. La herencia de las raíces

Maroua Bensfia Khiyat

 

La primera vez que acompañé a mi abuelo a recoger aceitunas tenía ocho años y demasiada prisa para entender nada. Mientras yo preguntaba cuándo terminaríamos, él acariciaba el tronco de un olivo centenario como quien saluda a un viejo amigo.

—Este árbol ya daba fruto cuando nació tu bisabuelo —me dijo.

No le presté atención.

Pasaron los años. Estudié, me marché a la ciudad y olvidé el olor de la tierra húmeda y el brillo plateado de las hojas al amanecer.

Cuando murió, regresé para vender la finca. Antes de firmar los papeles, caminé una última vez entre los olivos. Entonces vi una pequeña marca grabada en el tronco del más antiguo. Era una fecha: el día de nacimiento de mi abuelo.

Comprendí que alguien había plantado aquel árbol pensando en él, igual que él lo había cuidado pensando en quienes vendrían después.

Guardé el contrato en el bolsillo y regresé a casa.

Por primera vez entendí que el aceite que brotaba de aquellas aceitunas no era solo un producto: era memoria líquida, generación tras generación.

 

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