57. Vudú
Facundo Perales acariciaba los tarros de conservas con un plumero. Les sacudía el polvo, que quedaba suspendido en el aire, desafiando a la fuerza de gravedad. Lo hacía en silencio, uno pesado, cruel e incómodo, ya que no se encontraba solo, pero tampoco se consideraba bien acompañado.
—No comprendo cómo puede vivir, Facu. De veras, no lo comprendo —dijo Renato Muñoz, sentado junto al mostrador.
—Sencillo, mi buen Renato. Como usted, lo ignoro. Son quienes descifran la vida los que acaban por ser indignos de ella.
Renato no respondió. Miraba al suelo. Tenía los ojos hinchados y el pelo enmarañado. Llevaba días sin asearse y, pese a la compasión y estima de los vecinos de Jaén, no eran capaces de tolerar su pestilencia. Salvo Facundo y el párroco, nadie lo recibía para oír sus desahogos y confesar su malestar.
—Debí matarlo cuando tuve la oportunidad. —Renato se cubrió el rostro con las manos—. ¡Ese miserable! Hace siete días la raptó y ningún rastro dejó.
Facundo, atento a su labor, no lo consoló.
—Confesó a sus padres que lo haría —prosiguió Renato—. La Policía tomó la declaración del matrimonio Alon, pero dicen desconocer su paradero. No creían capaz a Benjamín. ¡Sinvergüenzas! Perdí a Pía para siempre —sollozó—. No debí permitir que se le acercara. Los Alon son mala gente, Facu, todo el mundo lo sabe. No se aplica la ley contra ellos, porque son dueños de tres joyerías en el sector y de una casa de préstamos. Es totalmente injusto.
—Si la justicia fuera real, no quedaría hombre, mujer o niño libre.
Renato alzó la vista. Sobre el mostrador, junto a la caja registradora, se lucían tres especímenes que hacían famoso al emporio La Maldita y que, dice la leyenda, le valió su nombre. Botellitas de aceite de oliva «Vudú», como versaban sus etiquetas. En el interior de una flotaba un ojo. En otra había un dedo y, en la tercera, una nariz. Los corchos tenían pegados cabellos encerados, que se utilizaban para jalar y destapar los recipientes. Nadie sabía cómo Facundo confeccionaba esas partes humanas ni de qué estaban realmente hechas. Pero el mito, el respeto y, sobre todo, la lástima que sentían los vecinos por la trágica historia del almacenero, los llevaban a hacer la vista gorda.
—¿Cómo lo logró, Facu? ¿Cómo superó la muerte de su familia cuando ardió este lugar?
Facundo exhaló.
—No la superé. Levanté de nuevo el emporio y seguí, pero no la superé.
Renato se puso de pie y paseó por los dos pasillos que tenía la tienda, colmados de alimentos para acompañar el aceite de oliva Vudú. La idea de órganos y partes humanas, por artificiosos que fueran, le causaba escalofríos, pero eran populares entre los turistas. Nadie se iba sin una botella. ¡Nadie!
Facundo pasaba un trapo por el ventanal de la entrada cuando Renato se le plantó de frente. Apenas podía contener el llanto y le tiritaban las piernas. Esa sensación de impotencia la conocía, incluso más que Renato. Pía Muñoz desapareció, sí. En cambio, la familia de Facundo Perales pereció en un verdadero infierno. La devoraron las llamas sin dejar más que un montón de cuerpos calcinados, irreconocibles, pero que transmitían su dolor.
—¿Qué puedo hacer, Facu? La buscaría toda la vida de ser preciso. Mataría a los Alon yo mismo, incluso si significa pasar el resto de mi vida pudriéndome en la cárcel. Haría lo que fuera, pero no sé por dónde empezar.
—Es el problema de tener tantas alternativas para elegir.
La puerta del emporio se abrió. Un viento galopante se coló, seguido por la silueta de un hombre de buen porte y faz indescifrable. Vestía un abrigo largo para el invierno andaluz.
—Señor Muñoz. —El recién llegado se puso con un par de zancadas frente al desgraciado padre—. Señor Muñoz, mis muchachos hallaron un vehículo entre los olivos. Creemos que la pareja iba a fugarse en él.
A Renato Muñoz le dio un vuelco el corazón. Incapaz de seguir conteniendo sus lágrimas, lloró, con un atisbo de esperanza, pero lloró.
—¿Qué significa, inspector Rosales? ¿Pía está bien? ¿Hay rastro de ella?
El inspector Rosales negó.
—Mi hipótesis es que no llegaron al coche. Hay huellas dactilares y mis colegas las están periciando, aunque sospecho que son previas a la desaparición. Los documentos en la guantera corresponden a Benjamín Alon, pero no es evidencia como para inculparlo de nada.
Renato apretó los puños. Agradecía al inspector Rosales lo que hacía por él, pero no dudaba que aquel hombre, como cualquier otro, tenía un precio, el cual la familia Alon perfectamente podía pagar para salvar su reputación.
—El estanque del coche está lleno —continuó el inspector Rosales—. Las llantas están bien infladas, así que puedo sospechar que el joven Alon planeaba un viaje largo.
—¡Ahí lo tiene, inspector! ¿Qué no está claro? ¡Prenda a los Alon! ¡Oblíguelos a confesar!
El inspector Rosales volvió a agitar la cabeza negativamente.
—¿Bajo qué pretexto? El matrimonio Alon y sus demás hijos han cooperado con la investigación con muy buena disposición. No tengo motivos para sospechar que oculten algo. Además, no es la primera vez que una pareja se da a la fuga sin dejar rastro. Intentan comenzar una nueva vida, lejos de las plantaciones y de la confección de aceites.
Renato Muñoz no lo creía posible o, mejor dicho, no llegaba a imaginar encontrarse abandonado en una situación semejante. Todo el mundo, incluido el departamento de Policía, le daba la espalda. No hallaba qué más podía hacer, excepto lamentarse con Facundo y el párroco, los únicos que le prestaban hombro y consuelo.
—Acompáñeme, señor Muñoz. —El inspector Rosales se rascó la calva—. Quiero que reconozca el vehículo. Tal vez halle algo de su hija que nosotros pasamos por alto.
Renato Muñoz, un poco más esperanzado, accedió.
—Esperen. —Facundo los detuvo y fue hacia el mostrador—. Tengan. —Sustrajo dos bolsas y colocó una botella de aceite de oliva Vudú en cada una—. Un obsequio. Quisiera poder hacer más.
Renato y el inspector Rosales agradecieron a Facundo. Renato contempló su botella antes de partir. Vio la mecha de pelo oscuro y engomado que, de alguna forma, le recordaba a su hija.
—Sabe que su aceite Vudú me provoca pesadillas, Facu.
Facundo sonrió. Fue un gesto tímido y melancólico, nada reconfortante.
—Mejor. Así no se duerme y mantiene viva su búsqueda.
Renato le agradeció y fue tras la pista del inspector Rosales. Abandonaron el emporio y Facundo miró el reloj de pared. Era pasada la hora de cierre. Bajó la cortina de seguridad y puso llave a la entrada principal. Apagó las luces y se dirigió a la escalera que llevaba a su morada en el segundo piso. Se detuvo en el primer escalón, pensativo. No se sentía cansado, sino al contrario. Estaba demasiado enérgico como para tomar una siesta o beber café y engullir trozos de pan humedecidos en aceite de oliva.
«Algo más de trabajo me vendría bien», concluyó.
Facundo corrió un tapete a los pies de la escalera, que escondía una trampilla que llevaba hacia un sótano. De su bolsillo sacó una llave, la introdujo en el cerrojo y la levantó, para luego adentrarse en su interior. Un olor desagradable lo invadió, pero Facundo Perales no se inmutó. Sus sentidos estaban acostumbrados a los estímulos más repulsivos. Con una linterna iluminando sus pasos, descendió y cerró tras de sí.
Llegó hasta el suelo y presionó el interruptor para que hubiera luz. Era tenue, pero le bastaba de sobra para encontrar lo que buscaba en aquel lugar. En el centro, dos camillas y, sobre ellas, dos cuerpos, de los cuales uno se retorcía y forcejeaba, en tanto el otro permanecía inerte.
—Su padre la ama mucho, Pía. No imagina cuánto la ama. Por supuesto, usted no es madre ni ha formado familia. ¿Cómo podría comprenderlo?
Pía Muñoz, al oír la voz de Facundo, forcejeó con mayor desesperación. Estaba atada de manos y pies, y amordazada para contener sus gritos. Su palidez era espeluznante y apenas tenía fuerzas, pero así y todo intentaba liberarse.
Facundo se posicionó junto a ella.
—Y usted, malagradecida, quiso abandonarlo con lo puesto. ¿Y por quién? El hijo menor de una familia de joyeros que tampoco aprueba su unión. ¿No le da vergüenza? No me mire así, Pía. Así, no me mire. Debiera sentir más bochorno que miedo, no al revés.
Pía volvió a retorcerse en un intento desesperado por zafarse, aun si carecía de toda posibilidad real.
Mientras tanto, Facundo se dirigió al otro cuerpo. Le tomó la muñeca y esperó.
—No tiene pulso. El joven Alon ha muerto.
Pía hizo lo posible por no contemplar lo que quedaba de su amado. Estuvo presente cuando Facundo le cortó los dedos, le arrancó las orejas, la nariz y los ojos, y lo abrió para arrebatarle órganos, además de sangre. El único acto de humanidad del almacenero fue cubrirle el rostro a ella, para que no presenciara cómo torturaba a Benjamín, que no dejó de chillar. Después, Facundo enceraba los órganos y los miembros y los guardaba en aceite de oliva, donde se conservaban perfectamente. Por último, arrancaba cabellos a sus víctimas y los enceraba, para pegarlos a los característicos corchos del aceite de oliva Vudú.
Facundo pescó un taburete y lo colocó junto a Pía. Ella quiso gritar, temiendo lo peor, la misma suerte que Benjamín, pero nada. Se encontraba débil y con una mordaza en la boca.
Facundo, mientras se lavaba las manos, reanudó su monólogo.
—No le importó quebrantar el espíritu de Renato. Todo por un futuro lejos de los cultivos. ¿Qué pretendía? Ya lo sé. Soñaba con ser actriz o modelo, ¿cierto? Esas aspiraciones son la principal fuente de prostitutas del país. Una profesión indigna para quienes la practican, si desea conocer mi impresión. Y el bueno de Renato piensa lo mismo, eso está claro.
Se secó las manos con una toalla. A continuación, pescó una serie de herramientas: sierras, fórceps, tijeras y bisturíes, y las colocó en una mesita junto a la joven.
Lo primero que hizo fue tomar las tijeras. Agarró a Pía de la nariz, que hacía lo posible por apartar su rostro, y lo puso ante sí. Facundo deseaba que ella lo viera. Que sus miradas se cruzaran. Que leyera la reprobación en sus ojos.
Aproximó las tijeras y las frotó sobre la piel de Pía, que, paralizada, dejó de agitarse sin control. Facundo percibió cómo se le aceleraba la respiración. Lágrimas rodaban por sus mejillas y le rogaba mudamente que no le hiciera daño.
Entonces, un corte. Facundo rebanó la mordaza y se la quitó.
—No es un favor —le explicó—. Me gritará y maldecirá, tal y como lo hizo su novio. Me gusta. Así no olvido que lidio con humanos.
Pía, empapada en sudor y llanto, intentando recobrar el aliento, miró al viejo Facundo Perales, hombre que aparentaba ser de lo más inofensivo al mando de su emporio.
—¿Por qué? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Por qué hace esto?
—Es bueno para el negocio. —Tomó un lápiz y marcó alrededor de la oreja de Pía—. El aceite Vudú se vende bien. Muchachitas y sus amantes desaparecen, movidos por el amor. ¿No es así como funciona? Todos intentan abandonar esta tierra, sin agradecer lo mucho que les proveyó.
Pía, buscando oxígeno en sus pulmones, repitió:
—¿Por qué?
Facundo la miró de reojo y esbozó una gigantesca sonrisa.
—No es usted quien debe entender, sino su padre, que pasará por lo mismo que yo. La única forma de vivir acompañados es rodeándonos de gente que comparta nuestro dolor. Perdí a mi familia y todos se apiadaron, pero nadie lo comprendió, ni siquiera Renato. Ahora, de la misma forma, no hallará paz. ¿Quién podría? En eso consiste la vida. Ese es su significado.
Facundo tomó un bisturí con una mano y una pinza con la otra, con la que atenazó el lóbulo de la oreja de Pía.
—¡Por favor, no! —gritaba Pía, ahogada en lamentos—. ¡Por favor, no lo haga! ¡Por favor!
Pero Facundo Perales no hizo caso a sus razones, como tampoco Pía Muñoz a las de su padre, Renato. Se dejó embriagar por sus chillidos y espasmos, mientras visualizaba a Renato y al inspector Rosales a kilómetros de distancia, revisando el carro con el que la pareja planeó su fuga.
—¿Le cuento un secreto, Pía? Le di una botella de aceite a su padre. Tenía un mechón suyo en la tapa. Así, sin saberlo, siempre conservará una parte suya junto a él.
Y trabajó, cubierto de sangre, que emanaba desde debajo de la piel. Pía gritaba y lloraba. Experimentaba un dolor inimaginable. Jamás hubiera podido explicarlo a nadie, ni lo haría. Facundo la desgarraba con paciencia y minuciosidad. Le arrancaría los dientes y la lengua. También los riñones y los intestinos. Enterraría la carne y plantaría una semilla. Esa semilla se rompería desde dentro y se convertiría en un olivo. Ese olivo, acompañado de otros olivos, proveería aceitunas, con las que haría más aceite.
«El significado de la vida…», siguió pensando. «¿Cuál otro podría ser, sino que nos comprendan?», siguió desmembrando.
[ssba-buttons]