55. El viejo olivo de la loma
Discurría plácidamente una jornada jienense más. La luz de la tarde iluminaba con fuerza el salón principal de la Hacienda de Santa Lucía.
Doña Isabel de Almenara sostenía entre sus manos una fina taza de porcelana mientras contemplaba el paisaje que se extendía más allá de los jardines. Era un paisaje que conocía de memoria.
Miles y miles de olivos cubrían las colinas de Jaén formando un océano verde y plateado que se perdía en el horizonte. Aquel mar de olivos había pertenecido a su abuelo, después a su padre y ahora a ella.
Las ramas se mecían suavemente bajo la brisa de octubre. La campaña de recogida de la aceituna estaba próxima a comenzar. Como cada año, los tractores serían revisados, las cuadrillas llegarían a la finca y las almazaras volverían a llenarse del aroma inconfundible del aceite nuevo.
Isabel dejó la taza sobre una mesita de caoba. Acababa de cumplir cincuenta años, aunque seguía siendo una mujer hermosa. Sus cabellos oscuros mostraban ya algunas hebras plateadas, pero conservaba la elegancia serena de quienes han nacido rodeados de privilegios.
Sin embargo, cualquiera que la hubiera observado con atención habría descubierto una sombra permanente en sus ojos. Una melancolía antigua. Una ausencia.
Su mirada se detuvo en una pequeña loma situada al sur de la finca. Allí seguía creciendo un enorme olivo centenario, el mismo olivo, siempre el mismo.
Y como tantas otras veces, los recuerdos regresaron.
Treinta años atrás.
Tenía veinte cuando vio a Miguel por primera vez. Aquella mañana de otoño los olivares de la familia hervían de actividad. Las cuadrillas habían comenzado la recogida temprana de la aceituna destinada a la elaboración de aceite de oliva virgen extra. Los mantones cubrían el suelo bajo los árboles y el sonido de las varas golpeando las ramas se extendía por las lomas como una monótona música campesina.
Isabel paseaba acompañada por Carmen, una de las criadas de la casa. Le gustaba caminar entre los olivos. A diferencia de los interminables compromisos sociales de sus padres ella disfrutaba del silencio y no solo eso sino una juvenil sensación de libertad. Al llegar a una pequeña explanada observó a varios jornaleros trabajando bajo un olivo centenario.
Uno de ellos llamó inmediatamente su atención. Era joven. Alto. Moreno. Y tenía la molesta costumbre de mirarla fijamente. Pero no de una manera respetuosa ni tímida. La observaba con absoluta tranquilidad, de una manera insolente, como si ella fuera una persona más, como si no fuera la hija de los propietarios.
Isabel continuó caminando unos metros. Volvió la vista. El muchacho seguía observándola. Aquello la irritó.
—Espéreme aquí, Carmen.
—Señorita…
Pero Isabel ya avanzaba hacia los trabajadores, lo demás jornaleros bajaron la vista al verla acercarse. Todos excepto él. Miguel apoyó la vara sobre un hombro. Esperó.
—Oiga usted.
— ¿Sí?
—¿A quién cree que está mirando?
Miguel frunció ligeramente el ceño.
—¿Perdón?
—Creo que me ha entendido perfectamente.
Él miró a su alrededor.
Luego señaló las colinas cubiertas de olivos.
—Yo no la estaba mirando a usted.
— ¿No?
—Contemplaba el paisaje.
Isabel abrió la boca indignada.
Miguel señaló con la vara los campos que se extendían hasta el horizonte.
—Mire cuántos olivos hay ahí fuera. Miles y miles.
Luego volvió a apoyar la mirada en ella.
—Y piense que todavía tengo que trabajarlos.
Aquella respuesta la desconcertó.
Durante unos segundos no supo qué decir.
Miguel sonrió.
—Aunque si ha venido hasta aquí para ayudar, será bienvenida.
Los otros jornaleros soltaron alguna risa contenida.
— ¿Ayudar?
—Claro.
—Yo no he venido a ayudar.
—Es una pena.
— ¿Por qué?
—Porque lleva usted botas nuevas.
Y apostaría a que no han tocado una aceituna en toda su vida. Las risas se hicieron más evidentes. Isabel sintió cómo se encendían sus mejillas.
—Naturalmente que no.
—Ya decía yo.
Miguel cogió una segunda vara.
—Si quiere puedo enseñarle.
—No necesito que nadie me enseñe nada.
—Entonces supongo que sabrá hacerlo.
Isabel sostuvo la mirada. Aquello se había convertido en un desafío.
—Deme esa vara.
Miguel se la entregó.
—Como quiera, señorita.
Isabel levantó la vara y golpeó una rama. No cayó ni una sola aceituna. Los jornaleros comenzaron a sonreír. Ella golpeó otra vez y otra con idéntico resultado.
Miguel terminó acercándose.
—Así no.
— ¿Y cómo se supone que se hace?
—Con paciencia.
Le mostró las ramas.
—No se trata de pegar palos al árbol.
Hay que respetarlo.
Un olivo puede vivir siglos si se le trata bien.
Golpeó suavemente una rama, sin apenas mirar, con un movimiento ligero de quien lo ha hecho toda la vida.
Las aceitunas comenzaron a caer sobre los mantones como una lluvia oscura.
—¿Ve?
Isabel observó fascinada.
—Parece fácil.
—Porque llevo haciéndolo desde niño.
Miguel se colocó detrás de ella.
Tomó suavemente la vara.
—Sujétela así.
Isabel sintió la cercanía de su cuerpo.
El calor de sus manos.
La firmeza de sus brazos.
Por primera vez se quedó sin palabras.
—Ahora gire la muñeca.
Eso es.
No golpee.
Acaricie la rama con la vara.
Las aceitunas maduras se desprenderán solas.
Poco a poco comenzó a conseguirlo. Algunas aceitunas cayeron, luego más. Miguel sonrió.
—Ya está aprendiendo.
—No soy tan inútil como cree.
—Jamás he dicho eso.
Durante más de una hora continuaron trabajando.
Miguel le explicó cómo la calidad del aceite dependía del momento exacto de la recolección. Cómo las aceitunas recogidas temprano producían aceites más intensos y aromáticos. Cómo el fruto debía llegar rápidamente a la almazara para conservar todas sus propiedades. Hablaba con una pasión inesperada. No como un jornalero sino como alguien profundamente enamorado del olivar, de aquella tierra.
Isabel terminó olvidando quién era, olvidó su apellido, las diferencias sociales. Olvidó incluso el paso del tiempo, cuando quiso darse cuenta el sol comenzaba a descender sobre los olivares. Las hojas plateadas reflejaban los últimos rayos de la tarde.
—¡Señorita Isabel!
La voz de Carmen resonó a cierta distancia.
—Tenemos que volver a la hacienda. Su padre preguntará por usted.
Al oír aquello Isabel se volvió sobresaltada. Solo entonces descubrió que Miguel seguía detrás de ella. Tan cerca que uno de sus brazos rodeaba aún su cintura mientras le corregía la posición de la vara. Por un instante se quedaron inmóviles. Ella sintió el impulso absurdo de permanecer allí, acariciada por aquel abrazo fuerte y masculino, segura, libre. Pero aquello era imposible.
Se apartó rápidamente.
Demasiado rápido.
—Debo irme.
—Claro.
Miguel retrocedió un paso. De pronto parecía tan incómodo como ella. Isabel intentó recomponer su expresión, se arregló nerviosamente el cabello. Después emprendió el camino de regreso junto a Carmen.
Había avanzado ya varios metros cuando algo la obligó a mirar atrás.Miguel seguía allí, bajo el olivo. Observándola.
Pero ya no había insolencia en sus ojos. Ni desafío. Ni burla. Solo una expresión nueva. Algo que hizo latir su corazón con fuerza. Miguel la contemplaba con gesto dulce y a la vez triste. Acababa de descubrir que lo inalcanzable podía ser tan cercano que podía dañar.
Isabel aquella noche volvió a pensar en él y también la noche siguiente y la siguiente. Pocos días después regresó al olivar. Preguntó por Miguel pero nadie le pudo confirmar dónde se encontraba
Luego volvió otra vez, pero no estaba, y otra. Al final apareció.
—Señorita. Me dijeron que me buscaba…
— ¿Quién yo? —Repuso ruborizada—. Yo no. Me voy
Tras dar unos pasos alejándose se detuvo en seco.
—Ah sí. Perdón, me ha dicho mi padre que les pregunte como van las faenas.
Miguel sonrió ante la estupidez del comentario, ambos disimularon sus sonrisas.
Al principio intercambiaron apenas unas palabras, después conversaciones, más tarde confidencias. Miguel era inteligente, mucho más de lo que ella había supuesto. Le hablaba de los libros de mecánica que tomaba prestados de la biblioteca municipal. De sus sueños. De los lugares que quería conocer. De la vida que deseaba construir lejos de las limitaciones que le había impuesto la pobreza.
—Ves. Este libro lo expone claramente se puede varear con una máquina.
—Pero como lo vas a hacer con una máquina —respondió revoltosa Isabel— La varea se hace a mano, hay cosas que no cambiarán en la vida.
—Todo cambia y todo cambiará, los americanos ya están haciéndolo con las almendras, se trata de inducción de vibraciones en el tronco de los árboles. Con esta tecnología y mis conocimientos algún día todo cambiará.
Todo cambiaba, cada día sus rostros se acercaban más el uno al otro. Sus manos se tocaban, sus ojos se miraban.
Isabel, por su parte, le hablaba de todo aquello que nunca podía comentar con los amigos de su familia. Le hablaba de la soledad. De las obligaciones. De los compromisos sociales. De la sensación de vivir dentro de una jaula dorada.
Poco a poco comenzaron a verse más discretamente.
Siempre bajo el viejo olivo de la loma. Aquel árbol terminó convirtiéndose en su refugio. Su mundo. Su pequeño reino apartado de las normas. Allí compartieron risas. Sueños. Besos robados y promesas.
* * *
La tristeza llegó con el baile de invierno.
Cada año la familia Almenara al terminar la campaña de la aceituna entre los meses de enero y febrero organizaba una gran recepción en la hacienda. Los campesinos volvían a sus hogares. Isabel y Miguel se despidieron, hasta la próxima vendimia, sus corazones temían que esta despedida podía significar para siempre, pero no podían luchar contra ello, el vareo había terminado.
A esta fiesta en la hacienda acudían otros terratenientes, empresarios, políticos y aristócratas de media Andalucía. Aquella noche el salón estaba lleno de música y conversaciones. Las lámparas de cristal brillaban sobre los vestidos elegantes y los uniformes impecables.
Isabel se sentía atrapada.
Su padre llevaba semanas insistiendo en las virtudes de un joven aristócrata cordobés. Un hombre educado. Correcto. Rico.
Y absolutamente incapaz de despertar en ella el más mínimo sentimiento.
Mientras escuchaba hablar sobre fincas, inversiones y alianzas familiares comprendió de pronto cuál sería su futuro. Un matrimonio conveniente. Una vida diseñada por otros. Una existencia vacía. Sintió que le faltaba el aire. Abandonó el salón casi corriendo. Atravesó la terraza, los jardines y terminó llegando al olivar iluminado por la luna.
Las lágrimas corrían por sus mejillas.
Entonces escuchó una voz.
—Isabel.
Miguel apareció entre los árboles.
Había acudido a la finca para entregar unos documentos relacionados con la campaña. Tenía que acudir el capataz a entregarlos pero él no desaprovechó está oportunidad de poder volver a ver a su Isabel.
Al verla llorar corrió hacia ella.
—¿Qué ocurre?
Ella se abrazó a él.
—Van a decidir mi vida por mí. Creo que me voy a morir, yo quiero vivir, quiero estar contigo.
Miguel guardó silencio unos instantes.
Luego tomó sus manos.
—Escúchame.
—No hay salida.
—Sí la hay.
—No la hay.
—La encontraré.
Los ojos de Isabel se llenaron de lágrimas.
—¿Cómo?
Miguel respiró profundamente.
—Me marcharé. Trabajaré. Haré fortuna en dónde sea con lo que sea. Tengo proyectos, encontraré quien crea en ellos puedo progresar. Mis ideas son buenas, interesantes, prosperaré y cuando vuelva será para buscarte.
Ella intentó sonreír.
—Eso parece un cuento.
—Nuestra historia no es un cuento.
Miguel la besó suavemente.
—Es una promesa.
Aquella fue la última noche que estuvieron juntos.
Dos semanas después Miguel se marchó. Primero a Madrid. De vez en cuando su familia recibía cartas en las que contaba que las cosas eran más complicadas de lo que él había pensado, poco a poco estas misivas se fueron espaciando más en el tiempo hasta que nadie supo nada más.
Los años comenzaron a pasar.
Al principio Isabel esperaba noticias cada día, luego cada semana, más tarde cada mes. Pero nunca llegó ninguna carta, ningún mensaje. Nada.
Años después su padre murió. Luego su madre. Cuando recogía sus cosas para deshacerse de ellas encontró una carta, la miró descuidadamente pensando juntarla con el montón de cosas desechadas pero algo llamó su atención “Señorita Isabel de Almenara”. Iba dirigida a ella y además la llamaban señorita.
Abrió la carta, era de Miguel. “No desfallezco, continuo intentándolo sólo te pido que confíes en mí, que me esperes, que respondas a esta carta si todavía me amas”
Ella había heredado la hacienda. Los pretendientes hastiados de sus negativas fueron desapareciendo uno tras otro. Algunos pensaban que era demasiado exigente. Otros que estaba demasiado unida a sus tierras.
Nadie conocía la verdadera razón.
Isabel jamás dejó de esperar. Algo en su corazón la animaba a seguir con su anhelo y ahora esta carta. Pero nunca la respondió y si fue así…Prefería no pensarlo.
Ella permaneció sola, inquebrantable. Nada la hacía dudar ni siquiera cuando comenzaron las primeras canas. Ni siquiera cuando cumplió cuarenta años. Ni cuando cumplió cincuenta.
Cada tarde observaba el viejo olivo desde el salón.
Como si aún aguardara algo. Como si una parte de ella siguiera teniendo veinte años.
Un golpe discreto en la puerta la devolvió al presente.
—Adelante.
Entró el mayordomo.
Llevaba más de treinta años trabajando para la familia.
—Disculpe, señora.
— ¿Qué ocurre, Ramón?
—Ha llegado una visita. Un hombre joven muy insistente desea verla.
Isabel arqueó una ceja.
—¿A estas horas?
—Sí, señora.
Ramón le entregó una tarjeta.
“Don Alejandro Velasco.
Madrid”.
Frunció ligeramente el ceño.
Por una fracción de segundo una absurda ilusión atravesó su corazón.
Después se sintió ridícula. Miguel tendría ahora cerca de sesenta años.
No podía ser él.
—Hazlo pasar.
Minutos después apareció un hombre joven, elegante y perfectamente vestido. Debía rondar los treinta años. Se parecía más a un abogado o a un empresario que a un visitante rural.
—Buenas tardes, doña Isabel.
—Buenas tardes.
—Gracias por recibirme.
—Tome asiento.
El joven obedeció. Parecía algo nervioso.
—Imagino que se preguntará qué me trae hasta aquí.
—Es una posibilidad.
Alejandro sonrió. Luego sacó una pequeña fotografía antigua del bolsillo interior de su chaqueta. La colocó sobre la mesa.
Isabel sintió que su corazón se detenía.
Era Miguel. Joven. Sonriendo. Treinta años más joven.
—¿Dónde ha conseguido esto?
—Era de mi padre.
El silencio llenó la habitación.
—¿Su padre? —contesto Isabel con voz temblorosa.
—Sí.
Isabel apenas podía respirar.
—Continúe.
—Mi padre se llamaba Miguel Herrera.
Ella cerró los ojos.
Durante unos segundos temió desmayarse.
—Siga hablando, por favor.
—Mi padre llegó a Madrid sin dinero. Trabajó de todo. Construcción, transporte, almacenes. No conseguía hacer avanzar sus ideas y proyectos. Después montó una pequeña empresa. Más tarde otra. Y otra más.
Alejandro hizo una pausa.
—Con el tiempo se convirtió en uno de los empresarios más importantes de la capital.
Isabel escuchaba sin apartar la vista de la fotografía.
—Se casó.
—Sí.
Aquella palabra cayó como una piedra.
Alejandro bajó la mirada.
—Mi madre era una gran mujer. Lo quiso muchísimo.
Isabel asintió lentamente.
—Entonces, ¿por qué está usted aquí?
El joven respiró profundamente.
—Porque mi madre falleció hace seis meses.
La estancia quedó en silencio.
—Lo siento.
—Gracias.
Alejandro continuó.
—Durante toda su vida hubo algo que atormentó a mi padre.
—¿Qué?
—Una promesa incumplida.
Los dedos de Isabel comenzaron a temblar.
—Nunca entendí a qué se refería. Cada vez que le preguntaba cambiaba de tema. Pero después de la muerte de mi madre decidió contármelo todo. Abrió una carpeta de cuero.
Sacó una carta.
El sobre estaba amarillento por el tiempo.
—Me pidió que se la entregara personalmente. Él nunca la envió. Decía que necesitaba saber que no le había olvidado.
Isabel reconoció la letra antes incluso de abrirla.
Las lágrimas aparecieron de inmediato.
La carta era breve. Muy breve.
«Querida Isabel:
Te prometí que volvería. He tardado demasiado. Muchísimo más de lo que imaginé aquella noche bajo el olivo.
La vida me llevó por caminos que nunca esperé recorrer. No tengo excusas. Solo una verdad.
Jamás te olvidé.
Si todavía deseas verme, estaré esperando donde comenzó todo.
Miguel.»
Isabel ya no intentaba contener las lágrimas.
—¿Está vivo?
Alejandro sonrió.
—Sí.
—¿Dónde está?
—No lo sé. Verá. Está muy triste. Cuando íbamos a entrar me dijo que su camino había terminado, que si todavía quería verle sabría donde esperaba.
—A entrar….Está aquí.
Isabel se levantó súbitamente. Con su corazón desbocado abrió las puertas de la casa y corrió hacia el olivar, hacia aquel viejo olivo centenario debajo del cual se encontraba un hombre. El cabello completamente blanco. Los hombros algo encorvados. Un bastón apoyado contra el tronco.
Pero Isabel lo reconoció de inmediato. Miguel levantó la vista. Durante unos segundos ninguno de los dos se movió. Treinta años desaparecieron .Simplemente dejaron de existir.
Ella se acercó.
Él hizo lo mismo.
Las lágrimas corrían por ambos rostros. Se abrazaron.
—Has tardado mucho —susurró Isabel.
Miguel sonrió. Aquella sonrisa. La misma sonrisa.
—Lo sé.
—Treinta años.
—Lo sé.
—Pensé que habías olvidado tu promesa.
Miguel negó con la cabeza.
—Ni un solo día.
Isabel apoyó una mano sobre su mejilla.
—Eres un idiota.
Miguel soltó una pequeña carcajada.
—Probablemente.
—Y yo otra por seguir esperando.
—No.
Él tomó suavemente sus manos.
—Tú fuiste la razón por la que seguí adelante.
El viento recorrió las ramas del olivo. Miles de hojas plateadas comenzaron a brillar bajo la luz del atardecer, como si todo el mar de olivos celebrara aquel instante. Miguel acercó su frente a la de ella.
—He vuelto.
Isabel sonrió entre lágrimas.
—Ya era hora.
Y entonces se besaron. No como dos mayores que recuperan un recuerdo. Ni como dos personas derrotadas por el tiempo. Sino como los dos jóvenes que una noche se prometieron amor bajo aquel mismo árbol.
El sol descendía lentamente sobre los olivares de Jaén. A lo lejos, las almazaras comenzaban a prepararse para una nueva campaña.
Otra cosecha.
Otra estación.
Otra vuelta del mundo.
Pero para ellos el tiempo se había detenido, porque algunas promesas, incluso después de treinta cosechas de espera, terminan encontrando el camino de vuelta y es que, algunas veces cuando una historia acaba vuelve a comenzar.
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