51. Cuatricenteario

JSM

 

El pequeño Faustino llevaba buena parte de la mañana junto a su familia recorriendo los olivares que rodeaban a la localidad de Aimogasta, al norte de la provincia de La Rioja, y no eran los únicos: ese 24 de mayo se celebraba el Día Nacional de la Olivicultura, cientos de visitantes se habían dado cita en la zona para asistir a los festejos. El radiante sol norteño aportaba su claridad a la celebración, permitiendo a los olivos lucir orgullosos sus ramas cargadas de frutos listos para ser cosechados. Faustino había iniciado el paseo con una experiencia no muy placentera, cuando al encontrarse con el primer árbol del recorrido tomó una de las aceitunas de las ramas más bajas y se la llevo a la boca: su dureza y sabor amargo lo tomaron por sorpresa, entre tantas cosas que iba a aprender ese día una iba a ser el proceso que se necesitaba para transformar esa aceituna, que había dibujado un gesto de asco en su rostro, al manjar que él estaba acostumbrado a disfrutar en su casa. Aprendió también que la variedad plantada en esa zona se llamaba Arauco y solo se encontraba en Argentina, a su edad no estaba seguro de reconocer esa sensación de satisfacción que tuvo al oír esas palabras: no era más que puro orgullo patriótico.

Le contaron la historia de cómo los primeros olivos habían llegado de la mano de los españoles. En el colegio solo asociaba esa época al descubrimiento de América, la colonia y los actos de las fechas patrias, se asombró al descubrir que también habían dejado ese verde legado, una muestra de que no todo fueron revoluciones. Pero lo que realmente lo dejó boquiabierto fue enterarse que durante la visita iba a conocer un olivo histórico con más de cuatrocientos años: intentaba imaginarse las aventuras de ese árbol que había perdurado tanto en el tiempo y que para su sorpresa, según comentó el guía, continuaba dando aceitunas. Desde ese momento la presencia del cuatricentenario se adueño de la curiosidad de Faustino y apenas pudo prestar atención al resto del paseo.

El antiguo olivo se encontraba alejado de las plantaciones productivas en las afueras del pueblo, rodeado de un circuito de pasarelas de madera que permitían disfrutarlo desde todos los ángulos y que al mismo tiempo le brindaban protección. Faustino quedó maravillado al encontrarlo radiante en ese lugar preferencial, con el nudoso tronco contorsionándose hacía el cielo y sus hojas resplandecientes, que no tenían nada que envidiarle a los olivos jóvenes que lo rodeaban en aquel parque reservado solo para ellos. Faustino esperaba encontrarse con un árbol luchando por sobrevivir, gris y apagado; descubrió que el efecto de la edad en los árboles era muy diferente a lo que el asociaba con una edad avanzada. El guía pareció leerle la mente y se encargó de presentarle al grupo a Espe, la habitante más longeva de la localidad después del famoso olivo: sobre la pasarela, junto a una de las barandas, descansaba una anciana en su silla mecedora, concentrada en su tejido movía sin parar unas agujas de crochet. Con su piel morena cubierta de arrugas y la cabellera blanca que caía sobre sus hombros, Faustino al menos estaba seguro de que esa mujer no tenía cuatro siglos, pero tenía sus dudas de si no se estaba acercando al primero. A ella podía considerarla una anciana con el mayor de los respetos, pero estaba claro que no podía decir lo mismo del imponente olivo. La mujer daba forma a unos pequeños recuerdos de lana, y se encargaba de tejerles en el centro el contorno de su ilustre compañero: el nítido detalle de las ramas y las hojas que lograba con la lana era impresionante. Enfrascada en su trabajo ignoraba al resto de los visitantes que se movían a su alrededor.

Pero Faustino solo tenía ojos y oídos para el guía, estaba ansioso por conocer la historia de cómo el olivo había sobrevivido hasta esa época.

Había que remontarse a la fundación de la mismísima Aimogasta como un asentamiento del Virreinato del Perú, en el año 1591, aún faltaban siglos para que la idea de Argentina como nación existiera siquiera, en ese entonces el dominio español en América era total. No existe una partida de nacimiento exacta para nuestro olivo, pero si se sabe que los olivares en la zona florecieron con éxito aprovechando las condiciones ideales de la tierra y el clima. Tanto fue así que ese suelo americano, que jamás había visto un olivo, engendró en sus entrañas a una nueva variedad desconocida para el mundo: Arauco fue bautizada en honor a la región que la vio nacer. El tamaño de las aceitunas fue lo primero que llamó la atención con la llegada de las primeras cosechas, la pulpa verde intensa despedía un embriagante aroma frutado, su sabor amargo y con notas picantes desconcertó y deleitó al mismo tiempo a aquellos que tuvieron la suerte de probarlo por primera vez. Esa exquisitez y las características que la distinguían del resto en todo el mundo iban a ser su perdición.

Cuando las noticias sobre las bondades de la nueva variedad llegaron a oídos del rey Carlos III de España, fueron recibidas con cautela y algo de nerviosismo. Los productores europeos pusieron el grito en el cielo al ver amenazado su mercado monopólico y los reclamos al monarca, que tenía jurisdicción sobre aquel lejano territorio, no se hicieron esperar: el rey no dudó en estampar su firma sobre la orden real que ordenaba aniquilar todos los olivares del nuevo mundo. Un trozo de papel que viajaría por miles de kilómetros para generar a su llegada estragos sin precedentes.

Expectación Fuentes de Ávila era la encargada de cuidar a los jóvenes brotes, que con el tiempo se iban a transformar en enormes olivos, en una de las plantaciones pioneras de la zona. Esa mañana apenas había prestado atención a las columnas de humo que había divisado a lo lejos, las consideró un incidente aislado hasta que la llegada del humo y el hedor de la naturaleza quemada se sintieron en el aire. Su preocupación se volvió realidad cuando vio a un grupo de soldados en la entrada de la finca, cargando enormes hachas sobre sus hombros, discutiendo acaloradamente con uno de los capataces que les impedía el paso. Expectación sabía que la negativa del capataz no iba a aguantar mucho tiempo, desesperada arrancó una de las estacas que acababa de plantar y huyó en dirección a un gran almacén que se levantaba en medio de la plantación. Una vez dentro escondió el brote recién arrancado del suelo en un armario de herramientas, asegurándose de cubrir el escondite con todo lo que pudo encontrar alrededor. El inconfundible sonido de un hacha golpeando con todas sus fuerzas sobre madera la sobresaltó, al abandonar el almacén se encontró con una escena desoladora: los soldados se habían abierto paso, y tal como temía, habían comenzado a talar los olivos. Empezaron por los ejemplares adultos, que eran los que demandaban más esfuerzo, a los pequeños los arrancaron sin piedad para terminar apilando todos los troncos y ramas en un claro que con el pasar de las horas se convertiría en una funesta pira.

Expectación no se movió en ningún momento del frente de almacén. En parte porque sentía que debía proteger al olivo rescatado, a pesar de que no tenía idea de que habría hecho si un soldado hubiera intentado entrar, pero también se mantenía estática por el horror que le causaba lo que sucedía a su alrededor. Las lágrimas de impotencia le corrían por el rostro, los ojos y la garganta le escocían por el humo que desprendía la quema de tantas ramas verdes; era una víctima más del fuego, solo que sin marcas.

Cuando la soldadesca abandonó el destrozado olivar con rumbo a las fincas vecinas, Expectación seguía impertérrita en su lugar viendo como los jornaleros y trabajadores de la plantación, con los que había compartido años de duro esfuerzo, caían en la cuenta y la desesperación de que lo habían perdido todo, su futuro se había convertido en cenizas en cuestión de horas. Pero ella se aferraba aún a la esperanza que descansaba oculta en un armario a sus espaldas, encerrada entre azadones y palas esa estaca de olivo seguía palpitando vida. Un verdadero olivo de resurrección, porque aunque todavía nadie lo supiera, iba a ser el encargado de hacer renacer los olivares en América, devolviendo al mundo a la variedad Arauco con el empuje y la tenacidad que solo tienen los que han estado al borde de la muerte.

Una cruzada que iba a demandar años de paciente y lento crecimiento. La replantación de esa estaca fue fundacional, sus hijos y los hijos de sus hijos iban a repoblar esa tierra cubierta de cenizas. A diferencia de lo que sucede en otras especies donde los padres no suelen ver los frutos de su esfuerzo, ese árbol iba a tener el privilegio de ser testigo de todos y cada uno de los cambios, acompañando en cada momento a su prole. Incluso iba a mantener su protagonismo hasta la actualidad, donde sin importar la cantidad de anillos de madera que se habían sumado desde aquel entonces, continuaba floreciendo y aportando sus frutos con la misma vigorosidad.

Faustino había escuchado la historia cautivado mientras trataba de dar vida a los detalles de esa narración que le parecía increíble. Sin darse cuenta se había acercado hasta el borde de la baranda que lo separaba del árbol, y con cierta reverencia había estirado su mano para acariciar las hojas de las ramas más bajas que colgaban a su alcance. El delicado contacto con esa naturaleza disimulaba muy bien la sufrida historia que corría por su savia. Toda la atención de Faustino, que estaba enfrascada en ese intercambio silencioso, se vio interrumpida de golpe con el grito que lanzó el guía al verlo acercarse y tocar al árbol; algo que por lo visto no estaba permitido. El susto hizo sobresaltar a Faustino que en su afán por alejarse de la baranda cometió lo que pareció ser un error imperdonable: en su mano sostenía tres hojas del olivo arrancadas.

El caos fue fenomenal. Un griterío donde se mezclaban las recriminaciones al niño, al guía por no hacer su trabajo, a otras personas que no tenían que ver con el asunto pero gritaban de todos modos. En medio de ese escándalo nadie lo había notado, nadie salvo Faustino: mientras el resto de los adultos enloquecían, el había sido testigo de cómo en el preciso momento que las hojas se desprendían de la rama, Espe en la mecedora despertaba alterada de su letargo de agujas y lana con un chillido que se perdió en el tumulto, y a continuación alzaba las manos hacía una de sus mejillas con un gesto de dolor. Antes de que su familia se lo llevara de allí, lo último que pudo ver Faustino fue a la anciana descubrirse el rostro dejando a la vista unos rasguños. Tres pequeñas marcas rojas. Aunque Faustino podía jurar, a pesar de lo absurdo que pudiera parecer, que el color real de esas heridas no era el esperable rojo, sino que se trataba de un sutil verde claro.

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