49. La alquimista de Baeza
La luz del sótano del caserón de los Benavides se quedaba parada en mitad del cuarto, como si no quisiera seguir bajando hasta la mesa de trabajo ni subir de vuelta a la claraboya. Blanca entró con la carpeta bajo el brazo, dejó el bolso en la silla de enea y flexionó la mano derecha antes de ponerse los guantes. El tirón empezaba siempre en la base del pulgar y luego iba corriendo muñeca arriba. No era gran cosa. Era lo justo para fastidiar el día. Llevaba meses diciéndose que no era nada, que era cansancio, la edad del oficio, las horas de lupa, el brazo en tensión sobre andamios y mesas. Lo mismo de siempre. Y, sin embargo, cada vez tardaba más en aflojar.
Sobre la mesa, bien sujeta entre los apoyos forrados, estaba la tabla atribuida al taller de Francisco de Anaya. En la ficha aparecía catalogada con la desgana habitual: pieza menor, procedencia imprecisa, iconografía profana, interés por determinar. A Blanca le bastó verla el primer día para desconfiar de esa clase de frases. Cuando una obra llega bien peinada por el lenguaje de oficina, lo normal es que alguien haya decidido ya, antes de abrir la caja, cuánto vale mirarla y cuánto no. La mujer pintada de espaldas, vuelta hacia unas lomas comidas por la distancia, no tenía nada de extraordinario a primera vista. Precisamente por eso molestaba.
Encendió la lámpara ultravioleta y acercó el foco con el gesto hecho costumbre, ese que ya no salía de la cabeza sino de las muñecas. Esperaba lo normal: zonas rehechas, barnices fatigados, señales del paso de los siglos. Lo que toca. El tiempo no perdona a nadie y a las pinturas menos. Sin embargo, el hombro de la figura, la nuca, el nacimiento del brazo, la banda azul del vestido, respondieron enteros, sin la menor pérdida, sin una sola marca donde agarrarse. Blanca giró la muñeca, cambió el ángulo, se inclinó más. Nada. La capa pictórica se defendía con una entereza impropia, y eso ya no era una cuestión de conservación. Era otra cosa.
Apartó la lámpara y acercó la lupa binocular. Luego cogió el escalpelo.
La primera cata la hizo en una esquina del paisaje, donde una toma no estropeaba la lectura. La hoja entró demasiado bien. No encontró la resistencia seca que ofrecen los aglutinantes cuando han pasado siglos cerrándose sobre sí mismos. Aquí la punta cedió y la materia también, con una docilidad que irritaba. Blanca retiró la mano, observó el filo y repitió unos milímetros más allá. Lo mismo. Probó una tercera vez, ya con ese mal humor silencioso que se le instalaba cuando algo no obedecía a la lógica del oficio.
—No me toques las narices.
No era una forma de hablar elegante. Tampoco hacía falta.
Ni linaza. Ni nueza. Ni yema. Ni ninguna de las mezclas de urgencia que a veces salían en cuadros de poco dinero y mucho empeño. Preparó el portaobjetos, recogió una muestra mínima y la miró al microscopio. Luego volvió a mirarla con la vista desnuda, como si una cosa fuera a desdecir a la otra. La molestia de la espalda seguía allí, clavada a un lado. La mano derecha se le quejó al girar la rueda de enfoque. Cerró los ojos un segundo, no por cansancio noble ni por ningún gesto de novela, sino porque le estaba empezando a doler la cabeza detrás de los ojos y ese dolor nunca traía nada bueno.
Subió al archivo antes de comer. En el tercer peldaño la escalera crujió con esa confianza irritante de las cosas que saben que seguirán en su sitio cuando uno se haya ido. Arriba, el calor del mediodía venía pegado a los cristales. Don Cosme seguía en su mesa, rodeado de libros de cuentas, autos, capellanías, inventarios y una taza con café ya pasado que él seguía dejando a mano como si todavía pensara acabárselo en algún momento. La chaqueta le colgaba de los hombros con la misma seriedad de siempre.
—Trae usted cara de querer discutir con un difunto.
—Con un pintor.
—Peor. Los muertos callan. Los pintores dejan recados.
Blanca dejó la bolsita con la muestra junto a un volumen abierto.
—No me cuadra el aglutinante.
—Pues descuádrelo menos.
—Don Cosme.
—Qué.
—En las actas del noventa y dos sale la familia entera. Él, la mujer, dos niñas. Las edades están corregidas. Y al lado del nombre hay una palabra raspada. No entera. Un trozo.
El archivero levantó por fin la vista.
—A ver.
—Parece “fijeza”.
Don Cosme se quitó las gafas, las limpió por dentro del cristal de la ventana y siguió sin hablar. Tenía esa manera de retrasar las respuestas que en otro sería afectación y en él era prudencia, o vicio, o las dos cosas mezcladas desde hacía tanto que ya no se podían separar.
—Aquí se borraron muchas cosas —dijo al fin—. Por decencia, decían. Luego una mira bien y ve que también por negocio. Si quiere saber algo, deje a los muertos. Váyase a las cuentas. Los libros que se enseñaban al visitador están hechos para quedar bien. Los otros sirven más.
—¿Dónde busco?
—Diezmos. La Hoya. Todo lo que baje hacia el río.
—¿Y eso?
Don Cosme dobló el pañuelo en cuatro partes, como si el paño tuviera la culpa.
—Porque Anaya se pasaba la vida metido por allí. Más de la conveniente. Y un hombre puede perder el tiempo donde quiera, faltaría más, pero cuando insiste tanto en el mismo sitio termina dejando rastro en las cuentas. Mi abuelo hablaba de unos olivos que no cogían la costumbre de secarse. Yo le decía que se tomara la pastilla y se acostara. Aun así… Mire usted los libros.
Pasó tres días enteros metida entre registros agrarios, cobranzas, pleitos por agua, notas de molino y asientos redactados con esa letra comprimida de escribiente harto de su propia mesa. Bajaba a por café, volvía a subir. Se estiraba unos segundos junto al ventanal, notando cómo la zona lumbar seguía cerrándose como una tenaza, y regresaba a las cuentas. A ratos le temblaba el borde del pulgar. A ratos no y eso la enfadaba más, porque una cosa es tener un problema y otra ese juego sucio de aparecer y quitarse. Continuó, porque cuando el cuerpo empezaba a protestar así, la atención se le afilaba. Todo lo secundario caía solo. El dato quedaba arriba.
Salió en un cuaderno de 1584, entre partidas corrientes, sin anuncio ni ceremonia: una parcela comunal de la Hoya del Agua tributaba con una cantidad mínima asentada bajo un epígrafe que parecía escrito a medias entre la burla y el sigilo, aceite de los días quietos. No aparecía en ningún otro libro. El comprador sostenido durante años era Francisco de Anaya. El precio de cada medida rozaba lo indecente. Blanca leyó el asiento, cerró el volumen, apoyó las manos en la cubierta y se quedó quieta. Luego lo abrió otra vez por la misma página, como hacen los médicos cuando el análisis devuelve algo que no debería estar ahí y lo primero es comprobar que no se han cruzado las muestras.
Aquella tarde pidió el coche del servicio y bajó al valle. Durante unos kilómetros la acompañaron las hileras de olivos de producción, todos puestos a compás, todos iguales, con una disciplina que cansaba la vista. Más abajo el camino se fue deshaciendo. Salieron surcos, las ruedas empezaron a buscar dónde meterse y los olivos injertados dejaron sitio a acebuches torcidos, cada uno a lo suyo. Blancа apagó la radio cuando una tertulia se puso a gritar como si el país dependiera de cuatro voces peleándose por turnos. Se quedó un momento al volante, con la camisa pegada a la espalda, y siguió la referencia del mapa antiguo hasta donde el coche dejó de tener sentido.
Caminó el último tramo con la mochila al hombro, la libreta, los tubos de muestra, una cantimplora y la navaja que llevaba años cargando más por costumbre que por esperanza. El calor le iba apretando en la nuca y en los riñones, pero al meterse en la cañada el aire cambió de golpe y el cuerpo lo notó antes que la cabeza: costaba un poco más llenar el pecho, la boca dejó de pedir agua cada dos pasos, el sudor se quedó un instante quieto sobre la clavícula. Luego vino otra cosa. Los insectos seguían sonando alrededor. En un tramo corto del barranco, no. Ahí se apartaban. No era una señal bonita. Era una señal útil.
El acebuche estaba encajado entre dos paredes del tajo. No levantaba gran altura, ni falta que le hacía. El tronco abría una base enorme, cerrada sobre sí a golpes de tiempo, y de las ramas bajas colgaban aceitunas pequeñas, duras de ver. El suelo de alrededor aparecía libre de broza, cubierto por hojas que cedían bajo la bota sin terminar de deshacerse. Blanca dejó la mochila, se secó la frente con el antebrazo y fue rodeando el ejemplar con despacio. La muñeca seguía avisando. La espalda pegó un tirón al inclinarse.
La hendidura principal estaba a media altura. De allí salía una gota clara, retenida en el borde, quieta de una manera que no parecía quietud de líquido. Tenía el mismo tono que había visto sobre la tabla bajo la ultravioleta. Ni parecido. El mismo. Blanca acercó el índice y tocó.
La sustancia quedó apenas en la yema. No ensució. No tiró. La miró un segundo y se la llevó a la boca antes de darse opción a ordenar el gesto. Entró con una nota breve de hinojo y algo de tierra recién abierta. Lo demás fue el cuerpo. La punzada de la espalda aflojó sin ceremonia. La vibración de la mano desapareció. Blanca abrió y cerró los dedos. Flexionó la muñeca. Apretó con el pulgar sobre la base del índice. Esperó el retorno. Nada.
Fue a sentarse en una piedra con musgo y sacó la libreta.
No apuntó una palabra.
Desde allí veía el árbol, el recorte del barranco y un trozo limpio de cielo. Pensó en la tabla. En la mujer pintada de espaldas. En el cuello guardado. En la falta de rostro. No había nada que explicar; lo que había era esa clase de evidencia que una no discute porque se le ha metido ya en la carne. Si Anaya había pintado aquello, si había sabido lo que estaba pintando, enseñar los ojos habría sido demasiado.
Se quedó allí el tiempo suficiente para que las consecuencias fueran colocándose solas. Muestra. Laboratorio. Comité. Llamadas. Madrid. Gente hablando de conservación, de patrimonio, de líneas de estudio, de proyección internacional, de colaboración público-privada y toda la basura bien peinada que se usa cuando se va a reventar un sitio sin nombrarlo. Blanca había visto antes cómo desaparecían las cosas de mejor manera: primero llega el interés, luego la foto, después el dinero, y al final solo queda el expediente. No necesitaba imaginarlo mucho. Le bastaba recordar.
Volvió a Baeza de noche. En varias puertas ya habían sacado sillas a la fresca. Un perro levantó la cabeza al verla pasar y decidió ahorrar fuerzas. Entró al taller sin dar la luz general, se lavó las manos, preparó barniz reversible en una cubeta pequeña y fue cargándolo con pigmento oscuro hasta dejar una mezcla opaca, aburrida, justo lo bastante fea para no despertar ningún entusiasmo. Mientras removía pensó en la cantidad de informes redactados para proteger una obra y en la facilidad con que un informe podía hacer exactamente lo contrario.
Trabajó sin pausa.
La brocha fue cubriendo la espalda de la mujer, el cuello, la zona del vestido donde la materia se mantenía fuera de fecha. Cubrió, niveló, volvió a pasar. Lo singular quedó debajo de una apariencia cansada y defendible, un deterioro bastante vulgar, de esos que nadie pelea. Cuando terminó, dejó secar, recogió el material y se sentó ante el portátil con la mano derecha firme por primera vez en meses.
El informe salió limpio, seco, burocrático: degradación irreversible del aglutinante, probable afección fúngica local, ausencia de interés técnico reseñable, recomendación de depósito provincial. Lo leyó entero. Quitó un adjetivo. Imprimió.
En el baño del sótano abrió el grifo y dejó correr el agua sobre las muñecas. El fluorescente del techo zumbaba a intervalos. Se acercó al espejo hasta casi dar con la frente en él, observándose las manos. Luego volvió al taller porque había visto una burbuja mínima en el borde del barniz. La pinchó con la uña. Arriba sonaron las campanas de la catedral. En la mesa, junto al informe, el vaso seguía sin tocar. Blanca lo apartó un poco para no golpearlo al inclinarse otra vez sobre la tabla y, justo cuando iba a enderezarse, notó que la figura no conservaba ya la misma inclinación del cuello.
No mucho.
Lo justo.
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