46. Aceite puro de verde vida

J. Encinar

 

Recuerdo a mi vecino Juan sentado sobre la gran piedra que servía de trono, en su reino de olivos y de linde medianera. Juan, hombre viejo bueno. El viento movía las ramas que, como brazos, quisieran abrazarlo. Sacó su petaca, encendió su cigarro y fumó despacio; el humo también lo envolvía mientras entornaba los ojos, cegados por la luz vespertina.

Parecía mirar más allá de donde miraba; veía vida en su mirada perdida. La vida de aquellos viejos olivos heredados de su padre, que heredó de su abuelo y que el abuelo de su abuelo ya había visto antes. Pensó en cuántas aceitunas habían pasado por sus ramas, desde las de un verde más tierno hasta las de un negro más duro; iguales que los tonos de su propia vida.

Supo que él pasaría, como antes lo hicieron los suyos, pero también que el olivar, siguiendo, se reinventaría en cada nueva historia de relaciones que se cruzan, en cada nueva gota de aceite puro de verde vida.

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