47. Amigos para siempre

Antonio Belizón Reina

Alguien les había comentado en plan de despedida una cosa así como,

¡Que la fuerza os acompañe!

El conductor volvió la cara asintiendo con la cabeza, como dando las gracias, se acomodó el sillón, inclinando levemente un espejo retrovisor y procedió a la ignición de la nave cuyo panel de mando iluminó la cabina con un vistoso colorido.

Se encasquetó una gorrilla en plan capitán de los siete mares del sur y puso en marcha el aparato que con un suave impulso se elevó por los aires.

Se quedaba atrás aquel módulo galáctico, con su atmósfera hidrogenada, con su olor a amoníaco y sus turbulencias brutales a modo de tormentas, aunque también se despedían de una estancia agradable, de unas vacaciones maravillosas, de amigos para toda la vida.

Cuando cogió una velocidad de crucero conectó el ordenador de a bordo, pasando al sistema automático de la nave; a partir de aquí se relajó.

El viaje estaba desarrollándose plácidamente, igual que otras veces. No en vano, su conductor era un buen piloto y tenía toda la confianza de su pareja, sentada holgadamente en el asiento posterior del vehículo, leyendo un poemario de Gustavo Adolfo Becquer, versos que más de una vez, le había provocado unas lágrimas de sentido sentimiento.

Una breve charla entre los dos, inaudible para el oído humano y por los caracteres lingüísticos utilizados, hizo amena la travesía y las millas espaciales se fueron desgranando con relativa calma. Conectó la radio, emisora de frecuencia modulada y se pusieron a escuchar los discos dedicados que era un nostálgico programa musical que entusiasmaba a ambos.

Las baladas de Charles Aznavour y del dúo Dinámico les hacía sentir emociones como si solo tuviesen un solo corazón, preparado para amar de por vida.

En el día de hoy el tráfico era cómodo de sobrellevar y el navegante y su copiloto, en este caso su esposa, se dedicaron a observar el paisaje.

Se notaba a leguas que tenían ascendencias y linajes terrícolas, porque siempre que hacían esta ruta tomaban el atajo de Ganímedes y de ahí hasta Andalucía era todo coser y cantar.

Desde las alturas se divisaban las inmensas filas de olivos, con sus troncos apelmazados, inconfundibles, con sus puntiagudas hojillas que revoloteaban por los alrededores, sacadas de cuajos por la fuerza de la potencia de los motores, que al volar tan bajo, arrancaban aceitunas en el aire, provocando un torbellino que daba la sensación que las olivas estaban bailando sevillanas sobre las copas de los árboles.

Había calma total y el avión planeaba como buscando entre esas hileras, el lugar apropiado para aterrizar, aunque no era necesario tomar tierra, al menos en este viaje que se asemejaba al de la luna de miel, allá por el mar de la Tranquilidad, en aquel resort de quince estrellas, servidos a mesa y mantel por un grupo de alienígenas preparados para hacer confortable tu estancia en el Moon Hotel.

Desde su posición, la esposa tenía una buena vista al exterior y eso le ayudaba a relajarse, ahora más que nunca. Ella estaba en estado de su primer vástago y era algo ilusionante para los dos enamorados.

Excepto un par de turbulencias atmosféricas y algún que otro bache inesperado, el

trayecto se hizo hasta corto y eso que eran bastantes los kilómetros los que ya habían recorrido por la galaxia.

La nave moderó la marcha para que la pareja se ensimismaran con el paisaje de la

tierra del Santo Reino. Habían visto muchos reportajes y documentales sobre ella, sus

gentes, su cultura, su gastronomía, su aceite, su historia.

Pero nunca habían parado por allí. Todavía las diferencias entre planetas no se habían consolidado convenientemente como para solicitar visados para conocer este territorio, esta comunidad y a sus posibles familiares afincados por aquí desde hacía tiempo.

A ellos se les podían considerar como oriundos al lugar, parientes de los que se decidieron tiempo atrás a colonizar parte del planeta azul.

Cuando él miró por el espejo retrovisor interior y observó la cara de ella, no le gustó nada un gesto que hizo, acompañado de una posición de manos junto a la cadera, signo inequívoco que algo no funcionaba como debía en el vientre de la primeriza.

Sin pensárselo dos veces cambió de rumbo al comprobar en su GPS la proximidad de una ciudad cercana a su ruta y optó por hacer un aterrizaje de emergencia.

Aparcó en un descampado justo al lado de la urbe y se dirigió derecho a un establecimiento que tenía en su puerta una cruz verde parpadeante, ¡era una farmacia!

Al llegar jadeante y sudoroso a la botica, las personas que hacían colas para ser atendidos, lo dejaron pasar, viendo su cara de preocupación y su respiración jadeante.

Pero principalmente por su rostro impenetrable, mimetizado al límite de saturación,

haciendo posible hasta casi convertir su cara de ciudadano de Júpiter, en un humano

andaluz de la Sierra de Cazorla o de sus alrededores.

No dejó hablar al farmacéutico, que lo miraba extrañado como si estuviese viendo a un extraterrestre y cuando cerró la boca del estupor tan solo pudo decir:

– ¿Que desea usted señor, o lo que sea?

– ¡Mi esposa está preñada y creo que tiene fatiga y flato, se nota molestias lumbares, está llena de antojos, lo mismo tiene frío que calor y a veces le aguanto sus cambios de humor y los sobrellevo como puedo! Todo esto lo dijo del tirón, sin respirar apenas.

¡Soy primerizo y estoy lleno de dudas!

Todos los que estaban allí empezaron a cuchichear, cada cual dando su opinión, sobre todo las señoras adultas, que le aconsejaron un paracetamol sabor naranja, o un jarabe relajante, también una tila o tizana con un chorrito de miel.

El señor escuchó atentamente al personal, movió los hombros y miró fijamente al mancebo esperando su resolución, que al fin y al cabo era la de un profesional de la salud y de los medicamentos.

Cuando el boticario volvió a cerrar la boca que había abierto por segunda vez y sus

ojos regresaron a su órbita normal, dejó caer con voz insinuante e incontrolada:

– ¿De cuántos tiempo está su parienta en estos momentos?

– ¡Ya va superando los diez meses y quitando los síntomas que le he dicho antes, lleva el embarazo muy normalito!

-¡Pero que está usted diciendo, señor o lo que sea, diez meses es como si fuese el parto de la burra, su mujer lo va a tener ya mismo!

– ¡No hombre no. Las hembras de Júpiter paren a los veinte meses!

En toda la farmacia se escuchó un !ooohh¡ de tranquilidad y contento, sobre toda de una señora mayor que insistía en llevar a la jupiterina a una matrona que se había encargado de traer al mundo a medio pueblo.

El futuro papá, de línea directa de al fondo de la galaxia, explicó también que su señora iba a dar a luz a una camada, que nunca venía un solo bebé, que de pronto se iban a convertir en familia numerosa de primera categoría y que quiera o que no, le hacía mucha ilusión ser padre de unos pocos de chavales y chavalas así de pronto.

Todo acabó lo bien que se supone que acaban estas cosas de padres primerizos, parto múltiple, gemelos y mellizos y habitantes galácticos por estrenar.

El primerizo se llevó en una bolsa unas pastillas para dilatar la matriz cuando llegase el momento, un compuesto vitamínico que le daría fuerza a ella para empujar a lo que viniese, que seguramente necesitaría fuerza interestelar, unas inyecciones fortalecedora del líquido amniótico, otras pastillas que pidió el señor para fortalecer su potencia sexual y otras distintas y de colorines para su señora, que tenía problemas de aerofagia y se ponía muy molesta y ruidosa cuando le llegaban los gases.

Cuando iba saliendo, ya con la cara más acorde a los resultados obtenidos en esta parada en la madre Tierra, con su bolsita con el anagrama de Farmacia Paqui, Santiesteban del Puerto, una señora de las congregadas en la puerta se acercó al de Júpiter y le dio por lo bajini una botella de aceite virgen extra especial de aquel pueblo

andaluz donde habían aterrizado.

Con un guiño arqueando la ceja derecha, señal inequívoca de los nacidos en ese planeta tan especial, la señora le recomendó que echase un chorreón en la ensalada del mediodía y unas gotitas en el chupete cuando llegara la prole esperada.

Total que llegando a su nave, con una sonrisa que tan solo los de allí saben mostrar y para tranquilizar a su pareja, se encontró con un agente de tráfico que le estaba multando por mal aparcamiento. Cuando se dio con el agente cara a cara, saltó una vez más el guiño repentino de paisano a paisano e inmediatamente los lazos consanguíneos resplandecieron en el ambiente, las miradas cofraternizaron, chocaron los cinco dando un buen palmetazo e inmediatamente la sanción quedó anulada y olvidada.

El agente observó enseguida que llevaba las botellas souvenirs que se le solían regalar a los forasteros y comentó con él, el detalle de Lola, la señora del pueblo encargada de regalos y dádivas. El señor guardia municipal aconsejó al jupitano hacer buen uso de aquel fluido terrenal, con todas las propiedades habidas y por haber, intercambiando algunas frases ininteligibles para el humano de a pie y acabaron la conversación tocándose las narices, a modo de los hombrecillos azules.

– ¡Dele usted a sus futuros hijos, cuando sea necesario, con una gasa suave y este líquido verdoso por el culete después de que hayan hecho sus deposiciones y verás como al minuto los tienes durmiendo como angelitos!

La sonrisa de despedida y gratitud duró hasta que el aparato volvió a elevarse dejando atrás aquel acogedor simpático pueblo de la geografía jiennense.

La nave surcó el espacio sideral buscando la ruta 777, la que lleva directamente al cuerpo celeste mas grande del sistema solar y doña alienígena se alivió con un buen trago de aquel zumo de aceitunas.

Cuando pasaban cerca del astro rey, ella se embadurnó su rostro con aquel aceite tan especial y se dejó llevar, esperando que aquel líquido hiciese los efectos de cualquier crema y dejase morenita y brillante su cara, algo deteriorada por los rigores de tantos meses de embarazo.

Ella, acomodada a todo lo largo en el asiento de atrás, con su cuerpo translúcido, le comunicaba extra sensorialmente a su pareja que había recibido cientos de patadas en

su interior uterino y se lo transmitía con una sonrisa que tan solo las medusas de

Júpiter son capaces de expresar parapsicologicamente. mandándole a su esposo cientos de besos con sus manos, que él recogió al vuelo sin que se le escaparan ninguno.

A vista de pájaro, desde la Tierra, más concretamente desde cualquiera de los pueblos de la provincia de Jaén, se contemplaba la estela luminosa de aquella nave que se iba alejando en el universo, haciéndose más pequeña cuanto más se alejaba.

Muchos de sus habitantes terrícolas, poniendo a gran potencia su capacidad sensorial de su oído interno, podían escuchar la melodía que en aquel momento papá y mamá jupiterinos escuchaban en los discos dedicados en la frecuencia modulada de la galaxia que decía:

¡ Se nos rompió el amor! de una tal Rocío Jurado.

Ellos se miraban y estaba claro que la letra de aquella canción no encajaba en su mundo interior, a la Jurado se le rompió y para ellos todo estaba empezando.

Aprovechando la linea celeste del horizonte, donde los vehículos espaciales navegan sin tener que ser conducidos por ningún piloto, el capitán de la nave se acercó a su copilota y le extendió por su rostro unas gotas del líquido elemento por antonomasia de aquella región y dejó hacer al sol para que la cara de la parturienta tuviese un brillo especial.

La mirada entre los dos fue de las de cine clásico y por aquellas cosas del querer que nunca entenderemos de los habitantes de otros planetas, les sobrevino un orgasmo súper especial con besos de tornillo incluido.

¡¡El amor no tiene edad ni entiende de galaxias ni planetas, ni aquí ni en el universo!!

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