438. Cuando cuaja la rapa
El sol del verano ya se sentía en Jaén; las chicharras anunciaban la estación calurosa, mientras las hierbas verdes que crecieron con fuerza en primavera habían comenzado a marchitarse. El olivar ya había pasado la época de la rapa y tenía sus frutos cuajados, así que los hombres se dedicaban al trabajo de fuerza, desvaretando árboles y trabajando con animales en el arado o el rulo, mientras que las mujeres y los niños se dedicaban a arrancar malezas y hacer el desvareto más fino, entre otras cosas. La gente se movía sin descanso, sin importar cuán duro pegara el calor sobre sus cabezas.
Ya a la hora del mediodía, un carruaje se detuvo en el camino y una joven descendió de él.
—¡Ah! ¿Qué molesto es todo esto? ¿Dónde estamos? ¿En el desierto? Hace mucho calor y todo está seco. Este camino es puro polvo, casi no me deja respirar —dijo la joven agitando su abanico con exagerada violencia mientras inhalaba aire—. ¿Y estos son los olivos? Pensé que eran más verdes. Además, son pequeños, rechonchos y aun así no dan ni sombra.
Todo el pueblo miraba cómo esa forastera de apariencia refinada, pero lengua filosa, se quejaba frente a ellos y denigraba a los árboles que ellos cuidaban y que permitían su sustento.
—Señorita María del Pilar, la sombrilla, no se vaya a asolear de más y termine enferma —le señaló su criada mientras le ofrecía sombra.
La joven miró para todos lados y caminó con dificultad por el terreno, mientras la sirvienta la acompañaba de cerca dándole la mano para que se le hiciera más fácil avanzar. Llegaron frente a los trabajadores y le susurró algo a la criada, quien lo comunicó:
—Dice la señorita María del Pilar que ha venido en representación de su tío, el dueño de este campo, don Félix, para cuidar del negocio mientras él no está —les pronunció con voz fuerte.
Cuando escucharon esto, los trabajadores comenzaron a murmurar entre ellos. Entonces, se les acercó el manijero, el hombre a cargo de la cuadrilla, se sacó el sombrero, sosteniéndolo con cierto nerviosismo entre sus manos, y les dijo:
—El patrón nos advirtió que no estaría y que enviaría a alguien de su familia, pero… jamás pensamos que fuera una mujer —les hizo saber con respeto, aunque se podía notar lo extrañado que estaba ante la declaración de las muchachas, bajo la mirada curiosa de los jornaleros.
María del Pilar se sintió abrumada y avergonzada. Recordó la charla que había tenido con su tío, quien, al no tener herederos varones y sabiendo que ella era su única sobrina, le pidió que se hiciera cargo de las labores que corresponderían a él. Desde muy pequeña le había hablado del olivar y de lo hermoso que se veía el campo con esos árboles de donde se extraía el oro líquido, por lo que siempre le tuvo curiosidad. Además, cuando vio en esa propuesta que podría salir del encierro que le suponía estar en casa y que, sumado al pensamiento popular de lo que otros llamarían “conocer el mundo”, no lo pensó dos veces y aceptó encantada. Sin embargo, le pareció extraño cuando pidió el permiso de su padre alegando que podía hacerlo y que necesitaba independencia, puesto que este no se negó en ningún momento ni cuestionó que no fuera trabajo de mujer: simplemente soltó una gran carcajada y le dio su venia. Ahora que sentía que nada era lo que imaginaba, comprendió que su padre no la había detenido simplemente porque sabía que se estrellaría sola contra esa ilusión.
—Bueno, pero soy mujer y estoy aquí; sea como sea me haré cargo como prometí —exclamó resuelta, sin darse cuenta de que lo había dicho en voz alta. Al notarlo, se le encendió el rostro, se giró, volvió tan rápido al carruaje como el calzado se lo permitió y, junto al cochero y su criada, partieron rumbo a la casa principal.
La mañana siguiente, María del Pilar, determinada a cumplir con su misión, se levantó temprano y, tras desayunar, comenzó a alistarse para ir a supervisar el olivar. Ya sabía que debía prepararse bien esta vez para moverse con mayor soltura en el campo, así que se vistió con una tenida más cómoda y, acompañada de su criada, se dispuso a recorrer el predio.
—Señorita, no vaya tan rápido, que se puede caer o ensuciar —le advirtió la sirvienta, tratando de seguirle el paso.
—Apúrate, tengo que llegar temprano para recibir a los trabajadores. Debo demostrarle a mi padre y a todo el mundo que soy capaz. No permitiré que otra vez dañen mi orgullo —contestó María del Pilar, aumentando la marcha.
Al llegar al sitio, notó que todos los obreros ya estaban allí, entregados a sus labores con mucho ahínco, lo que la asombró.
—¡Buenos días, señorita! —la saludaban todos cuando la veían.
Entonces, la joven le encargó a su criada preguntar desde que hora estaban trabajando, pues le parecía muy extraño que, aunque ella a sus ojos había madrugado, los obreros habían llegado antes.
La sirvienta averiguó con rapidez y al volver le comentó que los jornaleros estaban allí desde que aclaró el alba, pues había mucho por hacer preparando el suelo y los árboles para el invierno. Sin embargo, María del Pilar no lograba entender por qué las personas ponían tanto empeño en su labor e hizo que se sintiera presionada a subir también el ritmo, para no quedarse atrás y demostrar su habilidad.
En ese instante llegó el manijero a caballo, desmontó a prisa para saludar a la joven con respeto e informarle de que la cuadrilla ya estaba designada a sus labores. La joven lo miró de reojo y, al verlo tan eficiente, pensó que si imponía su autoridad sobre el hombre que ordenaba a todos, demostraría de una vez por todas lo competente que era.
—Quiero que mandes a algunos a cortar… ese olivo de allá— le exigió al manijero señalándole un árbol, ante la mirada atónita de los jornaleros.
—Con mucho respeto, señorita, pero ese de ahí es uno de los olivos que más produce en este olivar —le contestó nervioso el hombre, esperando que ella cambiara de opinión.
Entonces, María del Pilar, indignada, recogió su falda para avanzar rápido hacia un obrero y le quitó de las manos la primera herramienta que vio; una azuela, imaginando que con ella tumbaría por lo menos una rama del árbol. Con mucha dificultad la llevó donde estaba el olivo, mientras su sirvienta la seguía haciéndole ademanes para que no fuera a dañarse. Levantó la herramienta a fin de propinarle un golpe certero al árbol, pero al no haber hecho trabajo manual alguno en toda su vida, el peso de la azuela la venció y terminó fallando su objetivo bochornosamente.
Por eso, se quedó un rato con la cabeza gacha, de espaldas a la gente, pues la vergüenza no le permitía ni moverse. De repente, mientras todavía se encontraba así, sintió un pequeño jaloncito en su falda; miró para ver qué era y se dio cuenta de que se trataba de una niña pequeña que la observaba.
—Oiga, usted tampoco tiene fuerza para usar la azuela. ¿Por qué no nos ayuda a sacar mamonas y la hierba mejor? Mire, allá estamos nosotras —le dijo la niñita, mostrándole donde estaban las aceituneras.
La joven la miró asombrada, pero antes de que pudiera hacer algo, llegó una mujer que cayó al suelo sujetando a la niña y con voz temblorosa se dirigió a ella:
—Señorita, por favor, disculpe la insolencia de mi hija. Se arrancó de mi lado en un descuido, por favor, perdónenos —le rogó entre sollozos, mientras protegía a la pequeña.
María del Pilar, que estaba extrañada y asombrada por lo que estaba pasando, le preguntó:
—¿Por qué estás aquí con una niña tan chiquita? Una niña así debe estar en casa con una institutriz, jugando o cazando mariposas, no en un lugar como este.
María del Pilar no preguntaba para causar daño ni con ironía; ella había nacido en “cuna de oro” y realmente no entendía por qué un niño pequeño podía estar en un lugar donde se trabajaba como en el olivar.
—Señorita, trabajamos para vivir —le contestó la madre de la chiquita con tono de clemencia, pues temía algún castigo por parte de la joven—. Mi niña también ayuda con los quehaceres del fundo, hace lo que puede o lo que la mandan a hacer. Trabajamos todos juntos para poder comer, así que, por favor, señorita, no nos eche —suplicó entre lágrimas.
María del Pilar, impactada por lo que acababa de escuchar, levantó su vista y notó a todas las personas que están trabajando allí. No solo era esa la madre de la pequeña: había otras mujeres, niñas y niños, hombres, jóvenes e incluso ancianos. Nunca se había detenido a mirarlos de verdad desde que llegó; solo había fijado su vista a la tierra y en los árboles. Y si bien sabía que estaban ahí, jamás los había visto como en ese momento ni había pensado con tanta seriedad por qué esa gente estaba ahí: lo hacían para poder vivir.
La experiencia que vivió María del Pilar esa mañana conmovió profundamente, pues hizo que ver el mundo, y así misma, de manera diferente. Había llegado allí buscando alcanzar metas y ambiciones vanas, solo para demostrarle cerrado al círculo que frecuentaba que ella podía hacer lo que quería, mientras que para otras personas el único deseo era tener qué comer cada día.
Fue así como empezó a ver la oportunidad que se le había dado de manera diferente: aprendería más del olivar, de los árboles y la tierra, pero también de su gente. Por eso, durante los días siguientes, se esforzó por llegar mucho más temprano para observar el trabajo de los jornaleros: cómo usaban las herramientas, para qué servía cada una, cómo empleaban los animales para despejar el terreno y cuál era el rol de cada trabajador en el cuidado del olivar. Incluso admiró la destreza que manifestaban al tejer el esparto, fabricando ellos mismos utensilios y hasta su calzado. Pero, sobre todo, pudo ver cómo se cuidaban entre ellos, las canciones que cantaban para animarse sin importar lo dura que fuera la jornada y cómo parecían una verdadera y numerosa familia.
Sin embargo, el recorrer y exponerse tanto al sol, la cal y al polvo, empezó a afectar su apariencia. Su criada, al notar lo dañados que lucían su piel y su cabello, comenzó a manifestarle su preocupación, pero a ella eso ya poco le importaba, pues había volcado todo su empeño en el olivar.
Un día por la tarde, llegó ante ella una aceitunera y, pasándole un frasquito a su sirvienta, le pidió que se lo diera. La criada algo desconfiada, no estaba segura de entregárselo, puesto que la mujer le había dicho lo que era y le parecía inapropiado y muy poco probable que una trabajadora pudiera darle algo bueno a su ama.
María del Pilar, que había visto lo ocurrido y los gestos de la aceitunera indicándola a ella, se apresuró a pedirle el recipiente y que le explicara para qué servía, pues ya conocía a su sirvienta desde hacía mucho tiempo y podía leer sus intenciones. La empleada, frustrada, al no quedarle más remedio, se lo entregó y le explicó:
—Señorita María del Pilar, no creo que usted debiera usar estas cosas. La mujer me dijo que era un frasquito con un poco de aceite de rebusco y que podía ayudar a curar su piel y su cabello —le hizo saber con suspicacia—. Pero no es bueno para usted, porque hasta donde yo me enteré, las aceituneras no reciben nada del aceite de oliva tan fino que usted suele consumir, y lo hacen ellas solo de lo que queda en el campo y eso es lo que usan con sus familias.
Al ver el esfuerzo y lo difícil que era para los trabajadores tener su propio aceite, y que aun así lo compartieran con ella, María del Pilar se sintió profundamente conmovida por la preocupación de la mujer y se le acercó para expresar su gratitud. Sin embargo, la aceitunera, que jamás esperó un trato así, se disculpó llena de temor por haberla incomodado.
La joven, al verla tan temblorosa, tomó un poco del contenido del recipiente y lo esparció por sus manos, demostrándole que de verdad valoraba el regalo y que lo usaría. La mujer levantó la mirada y la observó mientras ella continuaba aplicándose el aceite y sonriendo, lo que hizo que se sintiera más tranquila y le devolviera la sonrisa. Las aceituneras, que habían estado observando en silencio, también pudieron relajarse y volvieron a sus tareas acompañando con cantos sus quehaceres.
Una noche, mientras se preparaba para dormir, María del Pilar pensaba lo mucho que había aprendido de esta experiencia que estaba llegando a su fin. Había cambiado mucho desde su llegada a Jaén: ya no era esa chiquilla caprichosa y quejumbrosa que criticó el olivar y a su gente en cuanto bajó del carruaje. Ahora amaba y valoraba cada olivo, no solo por la belleza que ahora sí podía ver en ellos, también porque sabía lo que significaban para las personas que allí trabajaban. Esa misma gente que le había enseñado que existía un mundo más amplio que el que ella había conocido toda su vida, demostrándole la calidez de una comunidad, que sin conocerla y a pesar del miedo que sentía por las diferencias sociales, se había preocupado por ella.
Tendría mucho que informarle a su tío sobre cómo marchaban las cosas en esta temporada de verano que también llegaba a su fin, pero también muchas sugerencias de lo que ella creía que debía él cambiar. Sin embargo, sentía que aún le faltaba por experimentar antes de partir.
Entonces recordó lo que la niñita le había sugerido en aquella ocasión y que nunca había hecho. Sabía que no sería fácil, tras presenciar el duro esfuerzo que conllevaba, pero quería que la pequeña conservara su inocencia y comprendiera que su trabajo era muy importante y valioso; tanto, como para que ella, siendo la figura de más autoridad en ese momento, también se sumara a hacerlo.
Meditó sobre la labor que se hacía bajo los árboles y cómo todas iban preparadas, así que, dejando todo listo para la mañana y pensando que si le contaba su plan a la sirvienta se horrorizaría, se hizo cargo de todo ella misma. De forma sigilosa fue a sacar uno de los delantales de las cocineras de la hacienda para tener algo que protegiera su ropa, pero no tenía nada que le cubriera la cabeza. Pensando en qué podría usar y al no haber encontrado nada parecido, se le ocurrió una idea y, sin dudarlo, sacó uno de sus vestidos de fiesta, tomó unas tijeras y lo cortó, sacando de ahí lo que le faltaba para estar en condiciones.
Al día siguiente, el ver un vestido tan caro hecho jirones, puso pálida a la sirvienta; sin embargo, lo que estuvo a punto de desmayarla por la conmoción fue ver luego a su señorita vestida como una obrera. A pesar de la escena, María del Pilar estaba resuelta, así que tomó sus cosas y partió. Al llegar al tajo, todos la miraban asombrados. Ella se limitó a encontrar a la niña, quien, al verla allí vestida como otra de las mujeres, corrió hacia ella y le rodeó las piernas con un abrazo. María del Pilar le sonrió y le contó que estaba allí para que trabajaran juntas, lo que hizo que la pequeña se llenara de alegría.
La madre de la niña, asustada, observaba desde cerca, pendiente de que la niña no fuera a ofender a la señorita, mientras la criada corría de un lado a otro atolondrada sin saber qué hacer. Entonces, la pequeña se la llevó bajo un olivo y le enseñó a limpiar el lugar. La joven se agachó a su lado y, mientras arrancaba las malas hierbas, comenzó a entonar una de las canciones que había oído durante su estancia en el olivar. Todos estaban consternados, porque nunca habían visto a alguien de alta cuna agacharse y trabajar así, pero la sonrisa confiada de la niña y la canción de la muchacha los animaron a continuar con sus labores y unirse a la canción.
Allí, bajo la sombra plateada de los olivos y la cadencia de las voces, María del Pilar sintió una conexión con la tierra y con la gente. Sabía que su estadía estaba llegando a su fin; sin embargo, lo que sentía era tan reconfortante para ella que prometió volver otra vez al olivar, pues ahora no era una extraña en ese lugar: ahora se sentía una aceitunera más.