433. Encantá

Miguel Cáceres Redondo

 

Sonaba todavía el canto de los grillos. Apenas asomaban los primeros rayos del sol.

Sigo siendo jornalero, como lo fue mi padre y el padre de él. A mis sesenta y dos años, voy todas las mañanas a los olivos con mi lámpara de aceite para darme lumbre.  La poso en la tierra y tomo mi pala. Y hoy hice lo mismo.

«Se dice que en las sierras y los bosques de Jaén aparece una mujer…»

Fui amontonando con la herramienta puñaos de aceitunas negras; algunas, aún con hojas, recién cogías, sobre una zanja. La fui rellenando cuando la pala golpeó algo duro, que no eran aceitunas…

«… que protege tesoros ocultos o antiguos enterramientos…»

          Intrigao, me acerqué con la lámpara al montículo de aceitunas y, entre estas, volví a golpear algo. Con la pala aparté la cosecha. Apareció una bota.

Al tirar de esta, le siguió una pierna y…

Entre las aceitunas negras, que se fueron apartando, se reveló parte de un cadáver.

«… quien se atreve a seguirla sin respeto puede perderse en la noche…»

Escudriñé a mi alrededor… Estaba horrorizao, hasta que me pareció ver algo…

Fijé la vista en un punto entre los olivos.

«… los que muestran reverencia pueden recibir algún tipo de fortuna…»

Me santigüé, cagaito de miedo. Entonces oí un CRUJÍO…

Se me cayó la lámpara y eché a andar, alejándome de la finca.

No quería mirar atrás, pero a los pocos metros, me paré y lo hice…

La luz del candil y el amanecer iluminaban poco a poco el cadáver. Era de un hombre. Tenía sangre en la cabeza, con el rostro congelao en una mueca de espanto. Sabía perfectamente quién era. Entonces si que me giré y salí escopeteao.

«… la llaman la Encantá…»

 

Se oye el martilleo de una máquina de escribir. Las teclas van formando en el papel un texto: Golpe en cavidad craneal, de origen desconocido, provoca muerte.

Lo teclea, irritado, un juez, con traje y pelo engominado, sentado junto a un guardia civil, de pie, en uniforme y con bigote. Ambos fuman.

Están en un despacho. Un almanaque tiene solo visible la cifra del año 197…

—¡Me niego a escribir esa superchería! —grita el juez—. No es más que mito que mezcla tradición ibérica, mora y cristiana, que aún cuentan las viejas en las aldeas para asustar a los niños…

—A algunos hombres también —prosigue el guardia—, por lo visto…

Miran, divertidos, a un viejo jornalero de piel curtida por el sol, pero nervioso, sentado enfrente. El pobre hombre pregunta:

—¿¿Qué creen ustedes que le pasó??

—Se caería en la zanja y se partió la crisma —responde el guardia—. Quizá tropezó…

El jornalero, traumatizado, niega con la cabeza.

—Era el dueño de la finca, ¿no? De unos treinta años —pregunta el juez.

El pobre hombre sigue negando con la cabeza.

—¡RESPONDA AL SEÑOR JUEZ! —amenaza el guardia al jornalero.

—¡Sí, señó! —responde finalmente—. Conocía a don Anselmo desde que él era un chiquillo…

—Es raro que, incluso de noche, no supiera moverse entre los olivos —comenta el guardia con el juez, ignorando al jornalero.

—Don Anselmo se había criado en ese cortijo. Desde niño, salía cada noche a pasear… —continua, negando con la cabeza, el viejo—, buscando a la Encantá. Le encantaba esa historia. Decía que ni en los mejores prostíbulos de Jaén, la encontraba…

El juez y el guardia civil cruzan una mirada y ríen.

—Como si necesitará encontrar el tesoro de la Encantá… —prosigue el jornalero—. Acababa de heredar la finca y seguía sin hijos.

—Alguien le golpeó… —dice, analítico, el juez—. Intentó ocultar el cadáver, quizá bajo la cosecha. O tal vez, mientras pensaba como llevárselo, le oyó llegar a usted y, sin tiempo de esconderlo, huyó, dejándolo en la zanja…

—¿No estarán pensando en qué yo…? —pregunta, miedoso, el pobre hombre.

—No, tranquilo —le responde el guardia—. Hay testigos que le vieron llegar poco antes a la finca. Y llevaba muerto al menos unas horas, ya se estaba empezando a pudrir…

—Ya se lo he dicho… Fue cosa de la Encantá… —insiste el viejo—. La vi alejarse entre los olivos.

¡TOC TOC TOC! Unos golpes en la puerta asustan al pobre hombre.

—Solo es Consuelo, mi mujer —tranquiliza el guardia al jornalero—. Te trae una tila, a ver si te calmas…

Consuelo, alta y de ojos despiertos, entra con una taza caliente. Hace un gesto con la cabeza para pedir permiso, pero la ignoran. Solo el interrogado le sonríe y va a decirle algo cuando…

—Don Anselmo estaba casado, ¿no? —interrumpe el juez, antes de que el viejo abra la boca—. Vivía solo en la finca, con su mujer. Sin criados. Los dos solos…

Tras servir la taza, Consuelo se queda escuchando.

—Puedes retirarte —ordena el guardia a su mujer.

Ella asiente y se aleja por donde ha venido.

—Sí… Es forastera —responde el jornalero, cogiendo la taza e intentando no quemarse—. La había conocido cuando ella aún era bailarina…

—Un momento… —dice el guardia.

Consuelo se detiene en el marco de la puerta y se gira hacia ellos.

—No es a ti, mujer… —continúa el guardia—. Bueno, ya que estás, tráenos unos cafés para mí y para el señor juez.

—El mío, sin azúcar —aclara el juez, sin mirarla.

Consuelo asiente y sale, mirando de reojo a los hombres.

—Entonces… ¿Le pareció ver a una mujer? —inquiere el guardia al jornalero.

 

En un bello dormitorio, los rayos del sol iluminan el rostro de una joven, tumbada en la cama y dormida plácidamente. Suena el canto de un gallo. Ella entreabre los ojos lentamente.

¡POM POM POM!

Alguien aporrea en la madera de una puerta. La joven abre los ojos por completo.

—¡ABRA! ¡ES LA GUARDIA CIVIL! —se oye.

 

La misma mujer se encuentra en la oscuridad de un calabozo. Sigue en camisón, tiritando. Iluminada solo por un débil y frío rayo de luz que entra por una ventana con barrotes, desde la que se oye:

—¡ASESINA! ¡BRUJA! ¡MUJER DE MALA MADRE!

 

En la calle, siguen los gritos. Consuelo y otra mujer más joven y bajita, Felisa, salen, tímidas y a paso ligero, de un cuartel de la Guardia Civil, donde ondea la bandera rojigualda con el escudo franquista. Miran discretamente a ambos lados de la calle y se alejan, agarradas del brazo.

—Mi marido dice que ella estaba durmiendo… —susurra Felisa, emocionada—, que no sabía nada de la muerte del marido… ¿Tú qué opinas?

—Que tu marido por mucho juez que sea —indica Consuelo cuando se quedan a solas en la calle—, no debería contarte estas cosas… ¿Sabes lo que es el secreto de sumario?

—Yo, de sumar… y restar, lo justito para no equivocarme con las vueltas en el ultramarinos… —responde, confundida, Felisa.

Caminan por el pueblo, alejándose del cuartel cuando se cruzan con un vecino del pueblo que se dirige enfurecido al cuartel.

—Buenos días… —saluda Consuelo, sin esmero, al paisano.

—Bueno, que no se enteren nuestros maridos de lo que vamos hablando… —indica Felisa a su amiga mientras giran una esquina—. ¿Cómo no va a ser culpable? ¿Tú viste lo fría que parece? Que no ha derramado ni una lágrima desde que ha llegado…

—De momento solo es sospechosa porque estaba en el cortijo. Pero no significa que fuera ella —interrumpe Consuelo—. Imagínate si estuvieras encerrada, recién casada, con tu marido muerto, en un pueblo donde no conoces a casi nadie, y lo más bonito que te digan sea «asesina».

—Yo estaría más callaita que en misa —confiesa Felisa, santiguándose y negando con la cabeza.

—Pues igual que ella… —continúa Consuelo—. Me da mucha pena. Ni le dejaron tiempo de coger ropa ni comida…

Doblan otra esquina y…

Se encuentran de frente con el juez y el guardia civil.

—¿Qué hablan nuestras mujeres? —pregunta el juez, sonriendo.

—Nada… Que… —musita Felisa, nerviosa.

—Que esa mujer de la celda tendrá frío y hambre… —logra responder Consuelo, segura.

Felisa la observa, descolocada.

Ellos se miran, pensativos. El guardia se hurga un palillo entre los dientes y comenta:

—Acompañadnos.

—¿A dónde? —dice Felisa, asustada—. ¡No pienso acercarme a la viuda negra ni a nada que haya rozado!

 

Un retrato de boda de don Anselmo y su joven esposa decora un amplio salón. Felisa toca todo mientras comenta, emocionada, como una niña:

—¡Increíble! ¡La casa del crimen! ¡Es como una feria de los horrores!

¡PAF! El juez abofetea la mano de su mujer.

—¡FELISA, NO TOQUES NADA! —le amenaza, con la mano levantada.

Ella le mira atemorizada hasta que Consuelo se acerca a su amiga, mirando con dureza el juez. Finalmente, este baja la mano.

—Nosotros vamos a buscar… —continúa el juez, sosegándose— pruebas por el salón… y las habitaciones. Algo habrá que sirva para inculpar a esa desgraciada.

—Hay que cogerle algo de ropa de abrigo… —añade Consuelo, cogiendo la mano de Felisa.

—Vosotras id a la cocina. Buscad algo de comer para llevarle. Pero si os aburrís… No os pongáis a guisar, eh —dice el guardia, sonriendo.

—¡Ni a limpiar! —finaliza, riendo, el juez.

 

En la cocina, se oyen pasos y ruidos desde el piso superior.

—¡Ay, es el fantasma del marido! —susurra Felisa, asustada.

—¡Anda ya, mujer! —responde Consuelo—. Son Roberto Alcázar y Pedrín… Subieron a la planta de arriba a… investigar.

—Huele fatal, ¿no? —comenta Felisa, olisqueando.

—A podrido… —añade Consuelo, también olisqueando.

—¡A ver si a ser el cadáver de algún amante de ella! —explica Felisa, emocionada—. ¡Que lo descuartizó y cortó a cachitos!

—Felisa, deja de leer novelas baratas —responde Consuelo, buscando por los muebles.

—Lo siento… Es que nunca he estado en casa de una asesina…

—No hables así de ella. Dicen que solo es reservada, pero muy buena mujer: limpia, ordenada y guisa de maravilla —expone Consuelo, intensificando la búsqueda—. Mira esta cocina… ¡qué bien la tiene! Habría que tener muy buen corazón para aguantar a Anselmo. Era un mal bicho… Para echarle de comer aparte.

—¡Lo encontré! —interrumpe Felisa.

—¿Qué pasa?!

—El origen del mal olor —responde Felisa, orgullosa, abriendo la papelera.

Unas moscas revolotean en la cocina. Felisa se tapa la nariz.

—¿Querías que también le hubiera dado tiempo a tirar la basura antes de que se la llevaran al cuartelillo? Cierra eso —pide Consuelo.

—Uy, aquí hay unas lentejas… —comenta Felisa, con la voz taponada al hablar con los dedos en la nariz—. Se le habían quemado. ¿No cocinaba muy bien? —pregunta, destapándose la nariz.

—Es verdad. Qué raro…

—También hay unos garbanzos mal cocidos. Se le quedaron duros. Qué desperdicio… Esta mujer no estaba muy centrada estos últimos días… —añade Felisa.

—Quizá pasó algo… —divaga Consuelo.

—Oye… Aquí hay algo más… enterrao —añade Felisa, metiendo la mano en la basura.

—¡No seas gorrina! Busquemos algo de comida para llevarle y salgamos de aquí.

Felisa saca algo sólido, cubierto de pringue de guisos. Lo limpia con sus propias manos y lo muestra a Consuelo.

—¡Ugh…! ¿Qué es eso? —pregunta esta, asqueada

Es una estatuilla de una figura femenina, sin cabeza, en pose de ballet.

—Anda… ¡Esa mujer fue bailarina! —señala Felisa.

—Parece que la rompieron… ¿Y la cabeza? —indica Consuelo.

—Espera… —dice Felisa, rebuscando en la papelera—. La cabeza está hecha añicos en el fondo del cubo… Oí que al marido no le gustaba que bailara —dice mientras consigue sacar unos restos—. Cuando la conoció en Madrid, ella era una gran bailarina de ballet. Pero, cuando se casaron, él la obligó a dejar el baile. Decía que era cosa de… —prosigue, bajando la voz, avergonzada—: furcias…

—¿El marido le rompió esta figurilla? —pregunta Consuelo.

—Si yo fuera ella, me habría enfadado mucho… Le destrozó la cabeza —afirma Felisa—. Sería uno de sus pocos recuerdos de su pasión. Había dejado toda una vida atrás para casarse y vivir en… este pueblo, en… esta apartada casa…

—¿Cómo para devolverle el golpe y romperle el cráneo a él? —insiste Consuelo.

—Pero ¿no decías que ella no lo mató?

—Pues esto lo explica todo. Apostaría a que sí lo hizo… —responde Consuelo, dubitativa.

Unos pasos y golpes se oyen en la planta superior.

—Pobre mujer… —comenta Felisa, en voz baja—. Golpeó a su marido en venganza por destruir su sueño… Anselmo no era precisamente un buen hombre, pero a ella nadie le puso una pistola para casarse con él…

—Ay, Felisa, ni a ti tampoco, hija… —susurra Consuelo—. La chiquilla estaba sola. Las mujeres creemos que el mundo puede cambiar… pero somos nosotras las únicas que cambiamos…

Se oyen pasos bajando unas escaleras.

—¡Ya bajan! —murmura Felisa, intentando no gritar—. ¿Qué hacemos? Si ven esta basura, tendrán el motivo por el que esa pobre lo mató… ¡La mandarán al garrote vil!

—Tschhhh…. ¡Tenemos que esconder todo esto…! —susurra Consuelo.

—Pero ¿dónde? ¡No tenemos tiempo…!

A Felisa se le resbala la estatuilla de las pringosas manos y cae de nuevo en el cubo. El pringue mancha el suelo.

—Le tenía que haber preparado algo en mi casa… y no hubiéramos venido —asegura Consuelo, apenada.

Se agachan de rodillas, apresuradas, para limpiar el suelo con un trapo cuando… sus maridos entran en la cocina.

Las observan, sorprendidos y…

—¡NO ME LO PUEDO CREER! —grita el guardia civil.

—Ay… Las mujeres no pueden evitarlo… —añade el juez.

—¡¿Pero no os dijimos que, si os aburríais, no os pusierais a limpiar? —regaña el guardia.

—Estaba esto… puerquísimo… —se excusa Consuelo, fingiendo.

Los hombres se acercan a la basura.

—¡Cuidado, que os vayáis a manchar! —recalca Felisa.

Ellos se quedan mirando los guisos y la basura. La estatuilla queda oculta entre le pringue y los restos de comida.

—¡Qué asco! Recoged eso y tiradlo —ordena el guardia.

—¿Habéis… encontrado alguna… pista? —pregunta, con falso interés, Consuelo.

—Solo el testamento de don Anselmo… —responde el juez, decepcionado—. No le dejó nada a ella. Todo lo heredaban unos sobrinos de él, de Córdoba.

—Por lo que no hallamos motivo para que ella pudiera querer matarlo… —añade el guardia.

—Entonces… ¿la van a dejar… libre? —consulta Felisa, con timidez.

—Hasta que rellenemos el papeleo, no… —responde el juez, con malicia—. ¿Encontrasteis comida para llevarle?

Las mujeres se miran, confundidas, sin saber qué decir, hasta que Consuelo arranca:

—¡Qué va! La viuda era un desastre. En casa le hago algo calentito y se lo llevo a la celda…

—¿Y vosotros le habéis encontrado algo de ropa para que se ponga? —añade Felisa.

Los hombres muestran lencería de mujer.

—¿Eso se va a poner la sospechosa? —matiza Consuelo.

Los hombres farfullan algo incomprensible.

—Nosotras subiremos antes de tirar la basura y le cogemos algo de abrigo —señala Felisa.

Ambas mujeres pasan entre ellos con el cubo de la basura. Las maridos se apartan, asqueados, para no mancharse.

 

En la celda, Consuelo y Felisa traen comida y abrigo a la joven, cansada y asustada.

—Estuvimos en tu casa y te tiramos la basura —expone Consuelo—. No tienes de qué preocuparte…

—Muy pronto te sacarán de aquí… También te hemos traído algo que te gustará. Estaba al fondo…  —añade Felisa, guiñándole un ojo a la viuda—, de tu armario… Escondido.

 

Al atardecer, Consuelo y Felisa caminan por el pueblo, con una bolsa, en dirección a la sierra.

«Se dice que en las sierras y los bosques de Jaén aparece una mujer…»

 

En la celda, la joven viuda desempaqueta unas viejas zapatillas de ballet.

Al verlas, sonríe.

 

En el bosque, la figurilla de ballet, sin cabeza, es enterrada y cubierta de tierra en un solitario paraje.

«… que protege tesoros ocultos o antiguos enterramientos…»

 

En el despacho del cuartel, el juez saca de la máquina de escribir un folio escrito, lo arruga y lo tira. Irritado, martillea las teclas, formando un texto: Sin culpable. Accidente mortal a causa de paseo nocturno buscando leyenda local, cuya posible aparición causa…

«… quien se atreve a seguirla sin respeto, puede perderse en la noche…»

 

Al anochecer, en el salón de la casa, la viuda calza las zapatillas de ballet.

Hace unos pasos de danza.

Al finalizar el baile, se inclina con gentileza.

«… los que muestran reverencia pueden recibir algún tipo de fortuna…»

 

En el campo de olivos, el sol se oculta. Apenas se perciben sus últimos rayos en el cielo.

Las voces de Consuelo y Felisa resuenan en la sierra:

—… la llaman la Encantá.

FIN

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