432. Hileras

Aran Campos

 

Rosa no podía dormir en la casa de la finca, el calor era aceitoso. Apoyaba la frente contra el cristal, notaba la presión fría y se calmaba. 

La paz se quebró con un aleteo repentino y un golpe sordo: una lechuza se había estrellado contra la ventana. El golpe le retumbó en la frente. Pasó del pájaro contra el cristal al cristal contra ella.

Rosa retrocedió y vio la marca de las alas en el cristal, una silueta blanca más entre tanta suciedad. Ahora, separada de la ventana, pudo ver a través de ella. Primero vio solo la noche, pero poco a poco, cuando se fue acostumbrando a la oscuridad, comprendió de qué huía la lechuza. Una figura alta, encorvada, huesuda, llena de nudos, verrugas y arrugas. Encima llevaba una mata de pelo plateado ralo y desgreñado que se mecía con el viento. Plata, sombra, plata, sombra… Se fijó más, intentando discernir un rostro entre su melena, pero ni siquiera la luna llegaba a iluminarlo.

Apartó la vista un segundo. Al volver a mirar eran cientos, en hileras, ladera abajo. Brujas, fantasmas, espíritus plateados de luna. Fueran lo que fueran, se contorsionaban todas a la vez, mirando hacia ella.

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