43. Primero fueron los olivares
Y.
Primero fue lo tibio.
No un lugar ni un cuerpo: apenas eso. Lo tibio sosteniéndolo desde todos lados al mismo tiempo, envolviéndolo sin borde y sin peso. Después vino el movimiento, un vaivén lento que lo llevaba y lo devolvía como si el mundo respirara alrededor suyo. Y más tarde, mucho más tarde, apareció el golpe manso de arriba, el tambor que nunca paraba.
Entonces el mundo empezó.
Y con el mundo llegó el amargor.
Llegaba de a poco, disuelto en lo tibio, y él lo recibía sin nombre porque no tenía ninguno. No sabía que afuera eso se llamaba aceituna, ni que su madre las arrancaba de las ramas apenas clareaba, antes de que el frío endureciera la tierra y antes de que los ruidos empezaran otra vez en las colinas. No sabía que al principio las había habido de sobra, negras y tensas, cayendo pesadas en el fondo de la canasta. Solo conocía el sabor, y el sabor era bueno, espeso, brillante, y mientras durara el sabor el mundo estaba completo.
Su mundo era ese: lo tibio, el agua que lo sostenía, y el golpe doble y manso que venía de arriba, siempre, el tambor que nunca paraba. No sabía que era un corazón. Para él no era nada, era el ruido del mundo, la prueba de que el mundo seguía ahí.
A veces el tambor se apuraba. Se ponía rápido, fuerte, y entonces lo tibio se llenaba de algo ácido que llegaba como un sabor distinto, áspero, y él se quedaba quieto sin saber por qué. Después, despacio, el tambor volvía a su paso y otra vez aparecía el amargor bueno, y otra vez el mundo entero cabía adentro de lo que él podía sentir.
No había más. Donde terminaba lo tibio, terminaba todo. Él lo sabía con la única certeza que tenía: no existía el afuera. Lo que no se sentía, no era.
Los días no existían para él, pero algo pasaba igual. El mundo se hacía más chico. Antes había lugar para girar, para empujar lo tibio con un pie y sentir que lo tibio le devolvía el empujón; ahora las paredes estaban más cerca y el agua lo apretaba con una mano blanda que no se abría. No lo entendía como falta. Lo entendía como casa: el mundo se ajustaba a su tamaño porque él era el mundo, y todo lo que él era cabía justo.
A veces el mundo se ponía rojo.
No era un sabor ni un ruido. Era otra cosa, algo que entraba desde todos lados a la vez y volvía lo tibio más cálido, más vivo, un resplandor manso que parecía correr alrededor suyo igual que el tambor, como si el mundo entero estuviera lleno de una sangre lenta y luminosa.
Entonces el tambor parecía abrirse despacio y el mundo entero se hacía más grande alrededor suyo, como si hubiera más lugar dentro de lo tibio.
Afuera, su madre había salido de entre los olivos y caminaba bajo el sol abierto, respirando hondo el aire frío de la mañana. El pecho se le llenaba lentamente y cada respiración bajaba hasta él como una ola tranquila que agrandaba el mundo por un instante.
Él no sabía nada del sol ni del aire ni del cielo. Solo sabía que de pronto todo era rojo y encendido, y que estar adentro de ese rojo era lo más parecido a estar contento.
Después el rojo se apagaba.
Volvía la oscuridad de siempre, y él se quedaba esperando, sin saber que esperaba, a que el mundo volviera a encenderse. A veces el rojo tardaba mucho. A veces, cuando el tambor se apuraba con miedo, la oscuridad se cerraba de golpe y se quedaba mucho tiempo, espesa, mientras afuera ella permanecía inmóvil entre la sombra de los muros, conteniendo el aliento, esperando que algo pasara de largo.
El amargor empezó a venir distinto.
Antes llegaba seguido, acompañado por una grasa dulce que flotaba un rato en lo tibio. Ahora pasaban largos espacios sin nada, y cuando volvía venía más seco, más solo, como si hubiera tenido que atravesar mucha distancia para llegar hasta él. Él lo esperaba. Se quedaba atento a lo tibio esperando el sabor, y a veces aparecía y a veces no.
No sabía que afuera los árboles empezaban a vaciarse.
Al principio su madre había comido sentada bajo los olivos, apoyando la espalda contra el muro de piedra mientras el sol calentaba las ramas cargadas. Después empezó a caminar más lejos para encontrar lo que quedaba. Sus manos apartaban hojas duras, tanteaban ramas desnudas, buscaban aceitunas olvidadas entre la tierra húmeda. A veces encontraba unas pocas. A veces ninguna. Entonces se quedaba quieta un rato largo antes de volver.
Él no sabía nada de eso.
Solo sabía que el sabor bueno tardaba más en llegar.
Hubo un tiempo en que el tambor de arriba esperaba algo.
Él no sabía cómo sentir la espera, pero la conocía igual. Venía en ciertos quietos largos, distintos a los del miedo y distintos a los del cansancio. El mundo entero parecía atento a un ruido que no llegaba nunca.
Entonces el tambor se volvía más lento, más pesado, y lo tibio alrededor suyo se llenaba de un silencio pesado.
A veces, después de esos silencios, llegaba agua salada.
Otras veces no llegaba nada.
Solo el vacío, como si al mundo le faltara un movimiento que antes había existido.
Y una vez, hace mucho, después de uno de esos quietos, había llegado el amargor más intenso de todos. Espeso, brillante, lleno de calor. Después de eso el tambor había corrido alegre durante mucho tiempo, como si el mundo hubiera recuperado algo perdido.
Hacía mucho que ese sabor no volvía.
Pero hubo también otro tiempo para el tambor de arriba.
No era el galope del miedo. Era un apuro cálido, desordenado, y después el mundo entero parecía aflojarse alrededor suyo, como si lo tibio respirara contento. En esos momentos llegaba más calor y el agua lo sostenía mejor, suave y abundante.
Hacía mucho que eso no pasaba.
Ahora el tambor tenía silencios extraños entre golpe y golpe, pausas llenas de algo pesado que él no podía entender. A veces llegaba agua salada a lo tibio. Muy poca. Apenas un gusto nuevo, parecido al mar escondido dentro de las aceitunas, pero más triste. Él no sabía que existían las lágrimas ni que podían caer hacia adentro de alguien. Solo conocía el sabor nuevo y el temblor lento que venía después.
Entonces el tambor parecía escuchar algo lejano.
A veces el tambor llegaba cansado, golpeando fuerte después de largas sacudidas que hacían arder lo tibio alrededor suyo. Entonces aparecía gusto a humo mezclado con el amargor, y durante mucho tiempo el mundo entero olía a tierra mojada y miedo.
A veces el cuerpo que lo rodeaba se endurecía de golpe, inmóvil, como escondiéndose. El tambor dejaba de sonar un instante —apenas un instante— y afuera llegaba un ruido sordo que hacía vibrar el agua alrededor suyo. Después venía el galope desesperado, el miedo bajando caliente hasta lo tibio.
Él no sabía qué era el miedo.
Solo sabía que el mundo entero podía temblar.
El calor empezó a irse de a poco. No de golpe: apenas un frío suave que hacía que él se juntara contra sí mismo buscando lo tibio que quedaba. Tampoco el tambor era igual. El golpe manso de fondo, el que nunca paraba, se puso más débil. Latía igual de seguido pero con menos cuerpo, como si viniera desde más lejos.
Él no supo que su madre tenía hambre.
No supo que el hambre de ella era el frío de él.
Para él solo había menos: menos sabor, menos calor, menos tambor. El mundo seguía siendo todo lo que había, pero todo lo que había se estaba volviendo poco.
A veces el ruido volvía.
Llegaba desde ningún lado y desde todos, un golpe enorme que hacía temblar lo tibio y apuraba el tambor allá arriba hasta volverlo loco. Después venía el silencio largo. En esos silencios no aparecía el sabor bueno. El mundo se quedaba quieto, escuchando algo que él no podía escuchar.
Una vez el mundo se cayó.
Fue de golpe. Lo tibio se sacudió, se ladeó, y él rodó dentro del agua sin nada donde agarrarse porque nunca había habido nada de qué agarrarse, nunca lo había necesitado. El tambor se disparó arriba, furioso, y un ruido nuevo entró —no un sabor esta vez, un ruido, sordo y enorme, que no venía de adentro y por lo tanto no podía venir de ningún lado, porque afuera no existía—.
El ruido entró igual.
Atravesó lo tibio y lo sacudió por dentro, y por primera vez en toda su existencia él supo, sin palabra y sin idea, que algo lo tocaba que no era él.
Duró un instante.
Después el mundo se enderezó, el tambor siguió galopando un rato largo, y muy despacio todo volvió a estar quieto.
Él no entendió nada. No tenía con qué. Pero algo se le quedó del otro lado de esa quietud, una pregunta que no era una pregunta porque no tenía forma: por un segundo había habido un afuera.
Y el afuera lo había tocado.
Después el mundo se fue poniendo manso.
El sabor ya no vino. Él lo esperó un tiempo —ese quedarse atento que era lo más parecido a un pensamiento que tenía— y como no llegaba dejó de esperarlo, sin tristeza, porque tampoco sabía qué era perder.
Lo tibio se fue enfriando despacio, de un modo parejo, sin sacudidas, y él se juntó contra sí mismo igual que siempre, buscando el calor que quedaba.
Todavía quedaba un poco.
Pero el rojo no volvía.
Y algo en lo tibio empezó a dolerle sin nombre.
El tambor se hizo lento. No se apuró nunca más, ni se asustó: solo se fue volviendo más espacioso, más lejano, un golpe y después un rato y después el otro, como si viniera caminando desde el fondo de algo y cada paso lo diera más despacio.
A él no le pareció mal.
Le pareció que el mundo encontraba por fin su tamaño justo, el de él, sin sobras, todo cabiendo en todo.
El lugar se hizo pequeño y bueno. Ya no había adónde girar y no hizo falta. Estaba completo. Era el mundo entero y el mundo entero era tibio y era suyo y no terminaba en ningún borde porque no había nada del otro lado, nunca lo había habido, él lo sabía con la única certeza que tuvo siempre.
El golpe de fondo se demoró.
Él esperó el próximo, atento, en lo tibio que se aquietaba, seguro como había estado seguro de todo, de que el mundo seguía porque el mundo era él.
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