428. La piscina de las hermanas Serrano

Esther Bengoechea Gutiérrez

 

Solo una noche en su vida sufrió de insomnio. Y no tuvo nada que ver con sus plantaciones ni negocios. Ricardo Serrano, el mayor terrateniente de olivos del país, estuvo en vela todas las horas de la luna al conocer que iba a tener hija en lugar de hijo y no una sino tres. Las trillizas cambiaron la vida de Luisa por completo. La suya, no tanto. Él seguía al mando de la empresa, comprando más terrenos y ampliando plantaciones. Según fueron creciendo, él se encargó de guiarlas por el buen camino o, al menos, por el que él creía correcto. Nada de Historia del Arte o Magisterio. Faltaría más. Sus hijas tuvieron que estudiar Ingeniería Agrícola y completar su formación con Empresariales. Así, él podría dejarles su imperio del aceite de oliva y descansar. Descansó y del todo, antes de tiempo. Su muerte llegó de forma rápida y prematura, y las hermanas Serrano tuvieron que coger las riendas de la compañía al poco de graduarse.

Habían heredado la belleza de su madre y la inteligencia de su padre, por lo que el negocio continuó creciendo, haciéndose cargo cada una de un área concreta. Carmen cogió el testigo de Ricardo Serrano en la dirección, Paula se centró más en el marketing y en las nuevas formas de llegar al público, mientras que Rocío, la que hablaba con los olivos de pequeña y se pasaba horas entre las tierras, se encargó de los cultivos. Así, ellas trabajaban en lo que les habían enseñado a amar desde niñas y, a la vez, podían mantener ese ritmo de vida tan alto que habían llevado siempre. También formaron las familias que habían soñado, con varios hijos, mascotas y un amplio jardín en una urbanización de lujo.

Carmen y Julio se conocieron y se enamoraron en la universidad. Después, fue todo de corrido, noviazgo y boda. Los pequeños llegaron pronto porque era lo que habían decidido y planeado ya en la facultad, ser padres jóvenes. A lo mejor demasiado jóvenes, ya que Julio no supo alejarse de las fiestas de amigos, las cenas informales o los planes locos. Tampoco dijo adiós a las aventuras fugaces y a las citas en hoteles. Carmen tardó demasiado en descubrirlo, en desprenderse de la venda que tanto tiempo le tapó los ojos y no le dejó ver los dos móviles que él escondía, las reuniones que se multiplicaban siempre hasta tarde o la felicidad con la que retornaba de los viajes de negocios. Pero el día que lo supo, le pidió el divorcio. Sin lágrimas, sin reproches. Con el corazón y el orgullo rotos, le echó de la casa que ella había pagado, y mantuvo sola su familia numerosa de tres pequeños y un perro.

Él trató de recuperarla con ahínco, pero los pedazos de su amor ya no pudieron pegarse. Se lamentó una y mil veces de haber dejado escapar a la mujer de su vida, aunque, en realidad, todos sabían que era la cartera de su vida lo que trataba de recuperar. Él no quería perder por nada del mundo la estabilidad económica que Carmen Serrano le proporcionaba, ya que toda empresa que Julio tocaba acababa tan destruida como su matrimonio. Como padre siguió presente en la vida y en la educación de sus hijos, que no podían evitar sentir aversión al acudir a la vivienda de su padre, pequeña, sin ascensor, sin grandes ventanales ni escayola en los techos y sin habitaciones individuales para ellos.

Paula y Juan eran el típico matrimonio que nadie podía llegar a comprender. Una mujer de buen ver, lista, con clase y simpática unida a un hombre más mayor, menos agradable y con más deseos de pasarse el día jugando a golf que trabajando. Pero, a pesar de todo, ellos eran felices y sus dos hijos, también. Cierto es que al estar Paula centrada en el devenir de la empresa, él se encargaba más de los niños, de llevarles al colegio bilingüe más exclusivo, de las extraescolares y hasta de buscarles profesor particular cuando las matemáticas se les atascaban. Así la balanza estaba, más o menos, equilibrada, y ambos aportaban en la familia, aunque el peso económico siempre estuviese sobre la espalda de Paula.

Rocío, por su parte, se enamoró de un artista que quiso pintar primero los olivos y luego a ella. Tras quedarse embarazada, él recogió una noche su caballete y sus pinceles y se fue al alba. Con el padre ya desaparecido, llegaron al mundo los mellizos. Cuando aún usaban pañales y la palabra ‘papá’ aún no había salido de sus bocas, la empresa familiar fichó a Ignacio como responsable comercial. Y Rocío le fichó para pasar con él el resto de su vida. Ignacio se acostumbró pronto a un nivel económico que solo había conocido a través de las pantallas y sus padres estuvieron más orgullosos de este enlace que de que hubiese terminado el grado de Económicas, mientras hacía doble turno en una cafetería.

Pero todo lo que habían creado, construido, por lo que habían trabajado tanto durante generaciones, se convirtió en cenizas aquel 17 de julio. Un rayo, un maldito rayo, fue el origen. Y el fuego no se detuvo, a pesar de que la corteza de los olivos mantiene cierta resistencia a los incendios. Las altas temperaturas y la vegetación del suelo hicieron que prendiera de forma inmediata, que su paraíso de color verde, en pocos minutos, estuviera naranja, como un campo de llamas, como si del infierno se tratase. Los aspersores de emergencia y los cañones de agua tardaron en activarse y los bomberos, en otro suceso en ese preciso instante, tardaron en actuar. Las tres hermanas fueron llegando, sin joyas, sin maquillaje, sin tacones y con el rostro desencajado. Gritos, chillidos y lamentos. Su latifundio de olivar se tiñó de gris y de negro, casi como su alma.

Protagonizaron noticias locales, nacionales y hasta internacionales. La prensa les perseguía para conseguir declaraciones o una entrevista. No les bastaba con el comunicado que, al día siguiente del siniestro, emitió la familia Serrano. Las pérdidas eran millonarias, los seguros lentos. La capacidad de hacer brotar esos árboles castigados por las llamas fue limitada. La primavera siguiente descubrieron que los brotes de los poco troncos sanos eran demasiado débiles. Había que partir de cero. Volver a empezar de la nada para llegar al todo.

Tuvieron, con suma tristeza y el peso del mundo sobre sus hombros, que reducir gastos ante los quejidos de sus hijos. Todos podían vivir sin el club de campo, sin los viajes en yate, sin las clases particulares de pádel o sin las compras desenfrenadas, pero nadie quería. También sin las criadas, que manos tenían todos. Tocaba apretarse un cinturón que nunca antes habían conocido. Adiós a las mejores cremas y perfumes, a las ostras para cenar y al atún rojo crudo para picar con un buen vino. Adiós también a la felicidad y a lo que siempre habían deseado y tenido hasta el pasado 17 de julio.

Carmen se ha puesto su vestido de seda. Paula ha ido el día antes a darse mechas, mientras que Rocío se ha maquillado más que nunca. Las tres desayunan juntas con la vajilla de porcelana y la cubertería de plata. Hoy toman pan de semillas con su mejor oliva virgen de la añada anterior y el último, claro. Añaden un poco de salmón ahumado noruego con caviar por encima. Lo degustan lentamente y en silencio, disfrutando de cada segundo, de cada momento. Sustituyen el té grey por una botella de Dom Pérignon, bueno por dos, que hoy no importa la resaca ni las calorías de más. Un día es un día y, sin duda, hoy es el día. Brindan por primera vez desde que el fuego colapsó sus vidas.

Cuando ya han comido y bebido todo lo que pueden y un poco más, llega el momento de la música. Han trasladado el equipo a la zona de la piscina. A todo volumen, comienzan a bailar, saltar y a cantar con total libertad, sin pudor ni vergüenza. Cada una ha creado una lista con sus cinco canciones favoritas. Las escuchan por orden de la mayor a la menor, aunque entre las tres se lleven poco más de cinco minutos. Concluidas las melodías y la fiesta, se miran y comienzan a desvestirse en silencio. Saben lo que deben de hacer. Ya lo tienen todo acordado. Las tres estrenan ropa de baño. Carmen y Paula llevan sendos bikinis de Dior, mientras que Rocío, la más distinta de las tres, ha escogido para la ocasión un bañador palabra de honor, que realza su busto. Coquetas hasta el final.

Se meten en el agua sin prisa, grabando cada instante. Se abrazan entre sí y comienzan a temblar. ‘Es lo que tenemos que hacer’, afirma Carmen con voz profunda. ‘¡No, yo no quiero morir!’, grita de repente Rocío, que se arrepiente de la decisión e intenta zafarse de los brazos de sus hermanas. ‘Tenemos que hacerlo juntas. No podemos dejar cabos sueltos’, replica muy seria Carmen. Se estira con rapidez y tira del cable del equipo de música, que cae al interior de la piscina.

Unos días más tarde, las cinco naves de la catedral se quedan pequeñas, mientras decenas de personas se agolpan en las escaleras de entrada. ‘Vaya tragedia’, dicen unos. ‘Qué lástima más grande’, opinan otros. ‘Parece que celebraban un nuevo comienzo’, se aventuran algunos. ‘Todas gozaban de un seguro de vida millonario’, susurran los más chismosos, que afirman que sus familias lo cobrarán al haber sido un accidente.

Desde la última fila de la seo, dos hombres trajeados observan la escena. Son los agentes Maldonado y López, encargados de investigar el triste suceso de las hermanas Serrano. López está convencido de que fue un lamentable percance y quiere cerrar el caso. Maldonado, no. Sigue obsesionado con un detalle, las marcas que el equipo de música dejó en el suelo antes de perderse en la piscina.

 

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