427. Aniversario

Patricia Collazo González

 

El olivo estaba ahí, esperando que, como cada veintidós de septiembre, Ana y Pedro regresaran. Que buscaran sus nombres deformados pero legibles en el tronco cada vez más ancho, se sentaran a sus pies y se abrazaran. Que compitieran a ver quién recogía la oliva más grande. Que observaran las nubes a través de sus ramas e inventaran figuras imposibles. Que rieran, que se amaran o que discutieran cuántos años llevaban juntos. Habían venido cargando niños que tiempo más tarde se habían convertido en adolescentes taciturnos y luego otra vez llevando de la mano otros niños de risas límpidas a los que les permitían treparse a sus ramas: los soñados nietos.

Esperaba verlos girar el recodo del camino parapetados tras sus bastones, con los ojos nublados pero las sonrisas intactas. Por eso, cuando Pedro llegó solo y encorvado, no lo reconoció. Si no fuera porque sus dedos temblorosos acariciaron las letras talladas, nunca hubiera sabido que era él.

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