426. Olivo en aliño

Luz Montero

 

La noticia del olivo en aliño corrió más rápido que el deshielo del río Genil cerro abajo. Para el viernes, el patio de Manolo ya no era un corral de jubilado, sino un hervidero de vecinos curiosos que no dejaban de asomar las narices por encima de la tapia. Los corrillos se agolpaban junto al portón de madera, comentando el milagro entre risas, escepticismo y un indiscutible olor a pimentón que flotaba en el aire de la calle.

—A mí no me engañas tú, Manolo —le gritaban desde el portón—. Ese olor huele al buen saber hacer de tu Carmen, que en gloria esté. ¿Es que te ha dado por cocinar ahora sus recetas?

—¡Que os vayáis todos, ya! —bramaba el hombre desde el porche—. ¡Andar a trabajar, que buena falta os hace, gandules!

Al otro lado del patio, Manolo, sentado en su silla, miraba de reojo a El Retorcido, el olivo centenario que presidía el corral. Aquel año, por pura pena tras la muerte de Carmen, Manolo no había querido sumarse a la recogida general. Dejó que las aceitunas maduraran en la rama, pesadas y negras como su propio luto. El aroma a pimentón de la Vera, al ajo frotado en mortero de madera y al punto exacto de vinagre de Jerez, delataba sobre la propia rama sin recolectar el sabor exacto al aliño secreto que su esposa llevaba cincuenta años bordando.

—¡Abuelito! —gritó con sorpresa Rocío, irrumpiendo en el corral mientras las gallinas volaban temerosas a su paso.

—¡Pero chiquilla! ¿De dónde has salido tú ahora? —preguntó Manolo, descolocado por la sorpresa y alzando la voz.

Al otro lado del patio, bajo la sombra de la parra seca, Josillo, el único hijo de Manolo, aguardaba el contacto visual de su padre. Tenía el semblante endurecido y la rabia contenida. Había entrado en el corral esperando encontrar decenas de botes de cristal, con el pimentón suspendido en el aceite y las rodajas de zanahoria flotando como monedas de oro, pero en su lugar, tan solo el aire traía consigo de forma casi insultante el aroma inconfundible de la cocina de la difunta Carmen; una paradoja dolorosa que le sacudió la nostalgia de aquellos tiempos pasados, que nunca regresarían.

—Padre —saludó Josillo tajante—. ¿Qué les pasa a los vecinos con tanto alboroto? ¿Es que hoy no se trabaja en el olivar?

Manolo hizo un gesto con la cabeza, dando a entender que de buena gana entrarían a varear el suyo si les dejara. Buscando privacidad frente a los ojos curiosos de la gente, se metieron en el sobrao. En la penumbra, entre las vigas de madera vieja y las paredes de color azafrán, el aire se volvió denso, como el aceite sin filtrar.

No hizo falta mucho tiempo para que la tensión acumulada durante meses estallara entre los dos hombres. Las voces de ambos se alzaron con furia. Josillo, temblando de rabia, sacó de su chaqueta un fajo de folios arrugados y los golpeó contra la vieja mesa del desván.

—¡Firme, padre, por Dios!, no sea testarudo. Hágalo por la familia, sólo falta usted —rugió tendiéndole un bolígrafo Bic azul—. Usted puso esta casa y el corral como aval cuando la cooperativa pidió el crédito. Si el banco ejecuta el embargo general a las seis de la tarde por las deudas contra las macro-explotaciones, nos quedamos todos en la calle.

Manolo, con las manos hundidas en sus pantalones de pana, echaba en falta a su Carmen. Entonces miró a Josillo a los ojos, y vio un reflejo de ella en sus ojos. Fue cuando lo entendió todo: su hijo tenía razón. Conteniendo las lágrimas, garabateó su firma en el papel con un trazo violento, como si quisiera romper el folio. No quería vender su casa a una panda de buitres carroñeros, pero tampoco quería dejar a su familia desamparada.

—Abuelo… —interrumpió Rocío en mitad del comedor—. ¿Cómo lo has hecho? Saben igual que las de la abuela, me recuerdan a ella. La pequeña continuó hablando mientras escupía los huesos en la palma de la mano que le quedaba libre.

—Pruébalas, papá, ven, verás como no miento —insistió la niña, corriendo en dirección a la falda de El Retorcido.

El rostro de Josillo se volvió un poema al comprobar lo que decía Rocío. Lejos de encontrar el latigazo amargo y áspero del fruto crudo, ese rechazo natural que te obliga a escupir, sus ojos se cerraron complacientes. Sintió la pulpa deshaciéndose en su paladar con una precisión asombrosa, desprendiendo el sabor al ajo, el Jerez y el pimentón típicos de su tierra.

—¡Padre, esto es increíble! No abra la puerta a nadie. Voy a buscar al primo Alberto—dijo mientras se alejaba corriendo.

El pueblo entero llevaba una semana sabiéndolo, pues en aquel rincón de Los Montes de Granada era imposible guardar secreto alguno. Todo había estallado debido a la vieja inercia del campo. Pues, aunque Manolo estaba jubilado y encerrado en su luto, los agricultores locales seguían buscándolo cuando las cosechas venían torcidas; el respeto al antiguo capataz que jamás se jubila.

El vecino de la linde de abajo había entrado en el corral con el sombrero en la mano para pedirle consejo sobre el jopo del olivar. En un descuido de Manolo, el hombre, por puro instinto agrícola, se había acercado al centenario, tan majestuoso, lo sedujo de tal forma que no pudo evitar arrancar un fruto para calibrar su dureza. Fue cuando se dio de bruces con el sabor al aliño con el que Doña Carmen deleitaba siempre a sus visitas. Conocía tan bien ese sabor, que le era imposible explicar aquello que él mismo estaba paladeando.

En menos de lo que canta un gallo, gracias a la Paqui y a su tienda de comestibles, el resto del municipio ya sabía que en el corral del capataz la tierra obraba milagros.

Pero la Paqui no solo se quedó con el chisme. Aquella mujer, a la que las malas lenguas tildaban de chismosa aunque ella prefería definirse como una persona “bien informada”, al ver el coche de Josillo salir del corral, cruzó la plaza del pueblo sin ni siquiera poner el cartel de cerrado en la puerta de la tienda. Frente a la mesa, adoptó ese aire pillo y picantón que le salía natural. Don Primitivo no podía dejar de mirar la gruesa medalla de la Virgen de la Cabeza que llevaba al cuello, balanceándose sobre el escote de su blusa mientras ella se inclinaba para hablarle en confianza. El director, con sus ojos de cuervo carroñero, se debatía incómodo entre tasar los gramos de aquella plata vieja y dejarse distraer por la sonrisa de reojo de la mujer. En su soberbia, interpretó aquel salero como el descaro de una viuda buscando favores para su tienda. Fue justo en ese instante de provechosa distracción cuando la Paqui le soltó el anzuelo con voz misteriosa:

—Deje las deudas de las tierras y corra para el corral de Manolo. Esa casa que tienen ustedes hipotecada como aval esconde el árbol de los huevos de oro; empiece el embargo por ahí y se harán ricos en la capital.

A las doce en punto, justo cuando las campanas de la iglesia tocaban a misa, el motor de un todoterreno negro rugió frente al portón. Don Primitivo bajó con la carpeta judicial de ejecución hipotecaria. Se movía con la frialdad de un cuervo carroñero al que no le importaba la vida de la gente humilde; su mirada solo medía el dinero que había en la bolsa de cada uno. Antes de entrar, miró el reloj y advirtió con tono amenazante:

—El contrato de vencimiento figura para las 18:00h del día de hoy. Les aconsejo que piensen en la oferta de venta forzosa y dejen las plegarias a la virgen para otros menesteres— dijo señalando con sorna al pequeño altar de la Virgen de la Capilla que mantenía una vela encendida en el porche a modo de devoción.

Detrás del banquero venía la Paqui fingiendo agitación. Al cruzarse en el camino con Josillo, éste le guiñó un ojo con complicidad absoluta. La Paqui se llevó dos dedos rápidos a los labios, tocó la medalla de plata de la Virgen de la Cabeza como quien sella un juramento y le devolvió el guiño con una sonrisa pilla antes de poner cara de falsa preocupación.

Justo en ese instante, Josillo apareció en el corral acompañado de Alberto. El estilo peculiar del primo, con sus pantalones vaqueros y americana informal, no le daba aspecto de Director de Innovación de una importante productora de aceite de la comarca, pero su cara de empollón daba el pego que no veas. Venían sofocados, portando bajo el brazo una carpeta rígida con los sellos de la cooperativa que Josillo le había dejado firmados en la oficina a primera hora de la mañana al funcionario de turno.

Padre e hijo se pusieron a explicar al primo Alberto la historia milagrosa de las olivas. Gritaban tanto que nadie pudo dejar de seguir la conversación. Incluso Don Primitivo, fingiendo que hablaba por su teléfono móvil, tenía la oreja puesta al otro lado de la tapia.

El primo Alberto desplegó su equipo al pie del árbol y, en menos de dos horas, el corral del abuelo se convirtió en un laboratorio improvisado. El joven ingeniero tomó muestras de las hojas, de la corteza y del sustrato del subsuelo, colocándolas minuciosamente en los tubos de ensayo. Gracias a un par de oficiales de su confianza que excavaron bajo el árbol, las raíces quedaron prácticamente al descubierto, y la magia botánica que ocultaba el árbol poco a poco se fue desvaneciendo con cada exclamación del primo Alberto. Lo que en principio apuntó a un milagro mariano, acabó resuelto por la pura física.

—¡Eureka! —celebró con alboroto al ver el resultado en la pantalla del ordenador portátil.

Josillo, Rocío y el abuelo se acercaron a aquel desastre. Ni un meteorito caído del cielo hubiera hecho semejante agujero en ese periodo tan corto de tiempo. Le dieron las gracias a Pepiño y a Kikín por el brío de darle a la pala. Los peones habían tocado hueso al dar con una de las tuberías de plomo que, por lo visto, habían sido las protagonistas de tanto misterio.

—¿Lo veis? —dijo el primo Alberto entusiasmado mirando hacia el interior—. ¿Veis esa raíz? ¿La más profunda, que atraviesa justo por ese tubo de plomo que da a la casa? Esa es la artífice de todo esto.

El primo Alberto explicó que en realidad, la magia botánica en el árbol existía, y que por lo visto, unas cantidades ingentes de vinagre, salmueras concentradas, aceites esenciales y pimentón vertidas por el pozo ciego de las aguas grises de la cocina durante años, había dado como resultado lo acontecido.

Seguramente, Doña Carmen compraba de forma compulsiva los ingredientes con los que siempre preparaba el manjar que servía como aperitivo, vaciándolos después por el sumidero sin explicación aparente. El Retorcido, sediento por la sequía de los Montes, repetida consecutivamente durante los últimos años, se había alimentado durante estos de los restos de la memoria de su dueña, estabilizando el aliño en su savia.

—Tonterías— dijo incrédulo aún Don Primitivo, que ávidamente arrancó una aceituna para llevársela a la boca.

—Me da igual si es física o milagro—dijo finalmente con una sonrisa de triunfo en la cara manchada de pimentón.— Como esta casa es el aval del crédito impagado de las tierras, a las seis de la tarde,  hora que precisamente figura en el documento y en mi reloj, ejecuto la hipoteca. Me quedo con la finca familiar y con el olivo. Añadiendo al banco como dueño de la patente—

Manolo miró al director de la sucursal, luego a su hijo, y finalmente a las raíces desenterradas de El Retorcido, que sostenían los muros de carga de la vieja cocina de color azafrán. Su mente voló hacia los recuerdos pasados, y un chispazo avivó sentimientos aletargados que afloraron con fuerza.

—¿Quiere la casa hipotecada y el árbol de los huevos de oro, Primitivo? —dijo el viejo capataz con una sonrisa helada—. Pues todo suyo. Se va a cobrar la deuda de la cooperativa con estas piedras, pero se ha equivocado usted de ventanilla.

Con un movimiento rápido que nadie esperaba por los años que cargaba a sus espaldas, Manolo agarró el hacha de cortar leña que descansaba junto al pozo y la hincó en la boca de tres bidones industriales de lejía pura y sosa cáustica que guardaba tras los sacos de abono. Con la rabia desbocada, de una patada volcaó el líquido abrasivo directamente sobre la cepa principal del olivo haciendo que la tierra excavada y el suelo rugieran al unísono con él. El líquido tóxico quemó las raíces en segundos, inutilizando la variedad genética para siempre y provocando el colapso inmediato de los cimientos de la vivienda avalada.

Los vecinos de la tapia saltaron hacia atrás espantados mientras el corral entero y la casa se venían abajo en un estruendo ensordecedor de vigas rotas, cal y polvo blanco. Cuando la nube se disipó, Don Primitivo, cubierto de yeso, contempló el desastre: el banco se había cobrado la hipoteca de un solar lleno de escombros inutilizables y una tierra estéril declarada en cuarentena medioambiental. Un definitiva, un activo tóxico ruinoso.

—¡Estás loco, viejo! —bramó el banquero tosiendo por el polvo—. ¡Has tirado tu casa y destruido el árbol! ¡Pero me da igual! ¡Al ejecutar esta garantía, las tierras del pueblo y la cooperativa pasan a ser propiedad del banco! ¡Son las seis de la tarde! Y eso no lo podéis cambiar.

Josillo se adelantó, sacando del abrigo el fajo de folios sellados que su padre había firmado en el desván mientras fingían discutir para ganar tiempo.

—Se equivoca, Primitivo. Lo que mi padre firmó en la mesa del sobrao, y lo que Alberto ya traía ratificado por todos los cooperativistas en su carpeta rígida desde las diez de la mañana, no era una rendición. Era un contrato de arrendamiento rústico blindado. La cooperativa del pueblo tiene la explotación exclusiva de cada olivar de este término municipal por un euro al año durante los próximos cincuenta años. Cobren la hipoteca quedándose con este suelo lleno de escombros, y disfruten de sus títulos de propiedad sobre las lomas del pueblo; no van a poder tocar ni un solo olivo hasta mediados del siglo que viene, ¡Mire, aquí bien claro lo pone,  estamos protegidos por la ley de arrendamientos!

El abogado del banco revisó los papeles con el rostro pálido y asintió en silencio ante un Don Primitivo fuera de sí. El banco se había quedado con una casa derruida y podrida por la sosa, y con unas tierras nominales que no podía rentabilizar ni vender. Habían sido limpiamente derrotados en su propio tablero legal.

Fue semanas después, cuando la polvareda judicial se hubo asentado, cuando la verdadera naturaleza del milagro se desveló por completo en la taberna de la cooperativa. Sentados junto al fuego de la chimenea, al abrigo del invierno que ya acechaba los Montes, Manolo, Josillo y el primo Alberto compartían un chato de vino blanco con Pepiño, Kikín, el vecino de la linde de abajo y la propia Paqui. El ambiente olía a sarmiento quemado y a una victoria limpia. Josillo se puso en pie, alzó su vaso de barro e interrumpió el murmullo de las brasas:

—Familia, hagamos un brindis por los vecinos de este pueblo, que han demostrado ser unos excelentes actores además de los mejores agricultores de la provincia. Brindo por el paisano de la linde de abajo, que con su huida fingida y su cara de espanto al probar la primera oliva. Por la Paqui, por hacer correr el falso bulo y su magistral interpretación de mujer bien informada en el banco. Un chin chin, primo Alberto y tu papel de físico ilustrado. Olé ese Pepiño y Kikín, que además de doblar el lomo con la pala, la madrugada les sorprendió trepados a las ramas de El Retorcido, inyectando con jeringas el aliño. Y un redoble final, ¡por y para mi padre!, el viejo capataz, que sacrificó su propio tejado para proteger las lomas de todos.

Los vasos chocaron en un estruendo de barro y risas. La gran verdad quedaba al desnudo: no existió el milagro, ni la mutación de plomo, ni Carmen alteró jamás la botánica. Todo fue un sabotaje perfecto nacido de la miseria compartida y la inteligencia colectiva. El pueblo entero comprendió que el sistema financiero solo retrocede cuando se le ciega con su propia codicia. Todo lo demás sobraba.

Manolo se ajustó la gorra, miró por la ventana el mar de olivos tradicionales que seguía perteneciendo a los suyos, a su familia, a su tierra bonita, y se metió una aceituna en la boca. El banco se había quedado con los escombros de una mentira; pero el pueblo, unido en un boicot perfecto desde las entrañas del sistema, se había asegurado cincuenta años más de dignidad, tierra y trabajo. Y eso, pensó el viejo capataz, era el único milagro verdadero que merecía la pena cultivar.

 

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad