425. Los volvedores

Gabriel Quinto

 

Cada invierno, cuando la última partida de aceite ya dormía en los depósitos, los de Peñahonda subían al olivar con las tijeras de podar y cortaban los chupones, que ellos llamaban volvedores. Eran los brotes que nacían al pie de cada olivo, finos, de un verde más crudo que el de la hoja, y crecían rectos como tubería. Se cortaban todos. Nadie explicaba por qué. Otra cosa sí, y se decía sin darle importancia: aquellos olivos eran injertos. Hacía siglos que alguien había clavado una púa de olivo bueno en un acebuche, el árbol bravo del monte, y los viejos lo llamaban el patrón, o el de abajo. Era conocimiento de agricultores, como el precio del agua. Las abuelas decían que un olivo bien desbrotado tenía la cabeza tranquila, y con eso el asunto quedaba zanjado.

Ceferino, el padre de Antonio, había desbrotado cuarenta inviernos con la misma camisa de cuadros grises. Distinguía un brote sano de uno enfermo sin medir nada: miraba, tocaba y cortaba. Antonio lo había visto hacerlo cientos de veces, sentado en el suelo, mirando desde abajo, y nunca le preguntó qué era lo que cortaba. Al morir, Ceferino le dejó unas herramientas, una parcela heredada del abuelo y la camisa, con las mangas cortas. Antonio la usaba ya sin acordarse de que había sido de otro.

Del aceite de Peñahonda solo se sabía que ningún panel de cata había logrado explicarlo. No tenía defecto alguno, ni atrojado ni borras, pero eso era lo de menos. Quien lo probaba recordaba algo. Nunca nada grande: la habitación de una casa, una voz que llamaba a bañarse en el río, el olor a cena caliente, una tarde de lluvia sobre leña mojada. Los vecinos lo sabían y no lo contaban fuera. Sabían también que el aceite seguía la vecería del olivar, ese ritmo por el que un año los árboles cargan hasta doblar las ramas y al siguiente descansan. En los años de vacío el aceite salía escaso y sin memoria. No los llamaban años de olivo sino años de olvido.

Hasta que llegó una empresa de oleoturismo.

Compró la almazara con su muela de piedra y sus capachos de esparto, replantó el olivar en hileras para que entrara la maquinaria y puso a la entrada un cartel: “Una cata que devuelve la memoria”. Los visitantes vareaban un rato, veían el batido de la pasta y la decantación, y terminaban con la copa azul entre las manos. Se les enseñaba a calentarla con la palma, a taparla, a oler antes de beber y a sorber con un ruido que al principio daba risa y después ya no.

Funcionó. Una mujer recordó a su padre, enorme, visto desde muy abajo, con las manos ocupadas en algo que ella no alcanzaba a ver. Su padre había sido un hombre bajo, pero no lo dijo. La empresa imprimió varios testimonios en las contraetiquetas, junto al sello de la DOP: Aceite de oliva virgen extra de cosecha temprana. “Volví a escuchar la voz de mi padre”. “Por un instante tuve ocho años”.

Antonio había pasado de podar a guiar porque el sueldo era mejor, y repetía cada mañana el guion. Decía: “Cierren los ojos y esperen a que algo suba”. Al final de la cata miraba las caras. De vez en cuando alguien dejaba el pan sobre la mesa y lloraba sin saber por qué. No lloraban por lo que decía el folleto. Lloraban por algo que se les había quedado del otro lado de la lengua.

Ese otoño tocaba año de olvido. La empresa no lo aceptó. Regó los olivos en pleno agosto, los abonó con lo que vendían los catálogos y evitó el descanso a base de agua y de prisa. Los viejos del pueblo dijeron que los árboles necesitaban parar, y nadie les hizo caso. Con el primer balance, además, la empresa descubrió que el desbrote costaba doscientas jornadas y lo suprimió. Pasaron herbicida al pie de cada tronco y, donde el herbicida no alcanzó, una desbrozadora. El día que la pasaron por el lindero de su parcela, Antonio estaba en la sala de cata. Oyó el motor a lo lejos, un zumbido de avispa grande, y vio que la copa de un visitante temblaba sin que nadie la tocara. Nadie más se dio cuenta. Los olivos parecían más ordenados. Los turistas fotografiaban las raíces.

El año de olvido no llegó. Los depósitos se llenaron hasta el borde y el aceite salió más verde que nunca, denso, con un picor de garganta riquísimo. Los viejos lo probaron en la almazara, de pie, uno por uno, sin decir nada, y dejaron la copa boca abajo sobre la mesa. Esa noche ninguno se acordó de lo que había soñado.

Al año siguiente, la cata cambió. Una visitante probó el aceite y dijo:

—Recuerdo este olivar.

—¿Había venido antes?

—No. Recuerdo un muro que ya no está y un pozo tapado.

Todo era cierto. Con cada cosecha el recuerdo retrocedía: a la almazara antes de la restauración, al pueblo sin carretera, a los primeros olivos plantados sin orden. Una pareja aseguró haber visto, durante unos segundos, un olivar que no aparecía en ninguna fotografía del pueblo. Otra visitante dejó la copa y preguntó:

—¿Este olivo estaba aquí antes de que hicieran la carretera?

Antonio no supo qué responder. Las personas ya no parecían recordar sus propias vidas. Parecían recordar el lugar.

La empresa lo bautizó “Viaje a la memoria del olivar” y subió un poquito la entrada. La gente empezó a venir precisamente para recordar algo que no sabía que había olvidado. Los catadores del consejo regulador, que habían llegado a comprobar si el aceite conservaba su calificación, escribieron en el acta que el perfil sensorial era “atípico, sin defecto, con persistencia inexplicada” y se fueron sin firmar nada más. Uno de ellos volvió al día siguiente sin uniforme y compró una botella al precio de tienda. La pagó en efectivo y no quiso bolsa.

Antonio empezó a caminar solo por los olivares, fuera de horario. Miraba los troncos, las cicatrices de las podas, los sitios donde alguna vez había nacido una rama y ya no quedaba más que una marca. Al pie de los olivos donde el herbicida había fallado asomaban chupones de dos y tres años, altos, con la hoja plegada. Fue a ver a Remedios, la más vieja del pueblo, que ya no salía de casa, y ella respondió antes de que terminara la pregunta.

—Se cortaban para que se durmieran.

—¿Los olivos?

—Lo que hay debajo. Un árbol que se acuerda de todo no da aceite, hijo. Da otra cosa.

—¿Mi padre lo sabía?

—Tu padre no preguntaba. Cortaba. Es lo mismo que saber, hasta que dejas de cortar.

—Y no lo inventamos nosotros —añadió ella—. El olivo ya sabía qué había que dormir antes de que hubiera tijeras. Nos lo enseñó él.

Aquella noche buscó en una caja de su padre y encontró una fotografía de la parcela. El olivo más viejo aparecía todavía pequeño, y más abajo, casi escondido entre la hierba, se distinguía otro tronco, más oscuro, más retorcido. Debajo de la fotografía, en la misma caja, había un cuaderno de tapas grises: cuarenta filas, una por invierno, con la misma palabra escrita en cada una. Dormido. Antonio acercó la fotografía a la lámpara. Conocía lo que el pueblo sabía sin decirlo: el olivo que da aceite es un injerto de púa sobre un acebuche cortado, y cada brote al pie es el acebuche de antes intentando volver. Por eso se desbrotaba. Por piedad o por miedo; ya nadie recordaba cuál de las dos. El olivo era una forma conservada a fuerza de cortar.

Una forma aprendida.

Un ocaso de diciembre, cuando el último grupo se marchó, fue al acebuche del lindero, el único del término que nadie injertó y al que Ceferino, aun así, le había cortado los chupones cada invierno. Recogió un puñado de aceitunas pequeñas y duras y las prensó a mano contra una piedra. Salió apenas lo que cubre el fondo de una copa, un jugo verde feo, casi negro. La calentó con la palma y la tapó. Olía a hierba, y debajo había algo que ya conocía: savia recién cortada, el sudor de un hombre.

Bebió.

Recordó desde abajo unas manos que subían por un tronco y se detenían a la altura de sus ojos. Recordó el frío de una hoja de acero sobre algo que era suyo y que dejaba de serlo, y luego el alivio, largo y tibio, como cuando se saca una espina. Cada invierno, durante mil años, alguien decía en voz baja, para nadie, una palabra que no era una palabra sino un tono. Y una camisa de cuadros grises se inclinaba sobre él, con las mangas cortas.

Salió al olivar con las tijeras en el bolsillo, que llevaba sin saber por qué, y buscó al pie del olivo más viejo el brote del año. Le llegaba a la rodilla. Tenía la hoja plegada, como mano lista para saludar.

Antonio se agachó hasta quedar a su altura. Desde allí vio lo que el brote veía: un hombre enorme, de espaldas al cielo, con las manos ocupadas y una camisa de cuadros grises.

Durante un instante fue su padre. Recordó que había visto ese gesto cientos de veces y que nunca había preguntado qué cortaba. Tampoco a quién.

Abrió las tijeras.

El brote volvedor no se apartó. Nunca se había apartado.

Bajó las tijeras. Miró el brote.

—Tranquilo —dijo Antonio, en voz muy baja, para nadie—. Tranquilo.

Dejó las tijeras en la tierra.

A la mañana siguiente, las encontró donde las había dejado. El volvedor había desaparecido.

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