423. El olivo preferido del abuelo

Veguisu

 

Todo presagiaba lo que iba a ocurrir después, pero en el fondo de mi corazón no quería admitirlo. Cuando el teléfono sonó para darlos la terrible noticia de que el yayito había muerto no me lo podía creer, apenas acerté a colgar el teléfono y ni siquiera era capaz de vestirme. Como pudimos nos fuimos para su casa, donde mi madre al despertarse e ir a ver como se encontraba encontró su cuerpo sin vida. Cuando llegamos, necesité verlo para creerlo, y al no escucharlo bromear y decir que era su nieta favorita, me acerqué a darle un beso, en mi inconsciente he de reconocer que lo único que quería era que despertara, pero estaba frio y sus ojos cerrados como si un fuese presa de un sueño agotador.

En el velatorio estuvimos rodeados todo el tiempo de vecinos y amigos, ya que mi yayito, era una persona súper querida en el pueblo, siempre había ayudado a los que menos tenían, ya que él era una persona acomodada y dado trabajo a los que lo necesitaban. Lo incineramos al día siguiente, y esparcimos sus cenizas, junto a su olivo favorito, aquel que nunca quería recolectar porque decía que era el más antiguo y que era mal presagio, con lo que cada año se le hacía una poda superficial y las aceitunas que se caían eran las que usábamos. Cuantas y cuantas tardes nos sentamos mi abuelo y yo sobre el tronco de ese olivo a que me contara historias increíbles de sus tiempos mozos, algunas que aun hoy dudo de si eran verdad o se las inventaba para hacerse el importante.

Pasados unos días quedamos todos los primos, para ir al cortijo de los abuelos, y hablar del tema de la herencia, ya que nuestros padres habían renunciado a ella en favor nuestro. Yo personalmente, hable con mi madre y le dije que no quería nada, que iría y me negaría a que el legado de mis abuelos se despellejara como si de un puzle se tratase. Así que ni corta ni perezosa, empecé mi alegato, hasta que algo llamo mi atención, una caja dorada en la que nunca había deparado, estaba encima de la mesa del abuelo y tenía una cerradura que parecía no haberse abierto desde hacía mucho tiempo. No me pude resistir, interrumpí mi perorata, para aclarar a mis primos que lo único que quería era aquel pequeño baúl, pero mi sorpresa, había alguien en quien yo no había deparado, se presentó diciendo que era un notario, y que mis abuelos habían dejado todo ya preparado para evitar conflictos, que si no quería algo podía venderlo o donarlo, pero que ellos habían decidido, que aquel cortijo, el más grande y productivo de los que tenían fuera para mí. Ante la insistencia de mis primos, accedí más por las ganas de acabar con el trámite que por el hecho de quererme quedar con aquella posesión, cuando ya todo hubiera acabado, ya tendría tiempo de pensar que hacía con todo aquello.

Cuando todos se hubieron ido, y me quede sola en el despacho del yayito, que ahora era mío, cogí enseguida el baúl para ver que había en su interior, pero por más que lo forzaba, e intentaba abrir, no conseguía que cediera. Busque la llave por toda la estancia, por todas y cada una de las habitaciones, cada vez con más curiosidad por saber que habría en su interior tan importante para que mi abuelo lo cerrase con llave.

Al final no tuve más remedio que desistir de mi empeño, y dejarlo donde se encontraba, y volver a casa, ya que empezaba a anochecer y había quedado con mis padres para cenar. Durante la comida pregunté a mi madre si conocía el origen de esa caja, ya que parecía bastante antigua, y yo a pesar de ir casi todos los fines de semana al cortijo, nunca la había visto. Mi madre recordó que era algo que el abuelo siempre guardo con mucho recelo, y cuando se le preguntaba por ella, siempre cambiaba de tema, pero no supo decirme que contenía, ni donde estaba la llave.

Decidí que al día siguiente preguntaría a Roberto, que no era solo su capataz y mano derecha en la tierra, sino que se había convertido en su mejor amigo con el paso de los años, si alguien sabía dónde se encontraba aquella llave o que contenía la caja sin duda sería él. Al preguntarle se hizo el tonto, pero después de tantos años, ya que prácticamente me había criado, yo sabía perfectamente que me estaba mintiendo. Tanto así que seguí insistiéndole, hasta que harto de escucharme y chantajearle diciéndole que tenía derecho a saber que contenía ya que se podía tratar del último recuerdo de mi abuelo, y sabiendo él el cariño que nos procesábamos, cedió solo a decirme que le hiciera una visita a Coco. Coco era el viejo perro de mi abuelo, que siempre lo acompañaba en cada caminata, dormía a su lado, y estaba en sus buenos y malos momentos. Recorrí todo el cortijo llamándolo, silbando para ver si acudía a mi llamada, pero no había ni rastro de él, hasta que cuando pensaba darme por vencida, lo vi acostado al pie del olivo sobre el que habíamos esparcido las cenizas de mi abuelo. Se me heló la sangre al ver aquella imagen, estaba tan triste y abatido, como si su pequeño corazón supiera lo que estaba pasando. Con lágrimas en los ojos, y olvidándome por un momento de la caja, me tumbe a su lado, como hacía cuando éramos los dos pequeños, y empecé a acariciarlo, enredando su pelo en mis dedos. El perro comenzó a darme besos en la cara, como queriendo limpiar mis lágrimas, y fue en ese momento, cuando lo vi, como no me había dado cuenta antes, siempre había estado delante de mis ojos y nunca lo había visto. En su collar, tenía una pequeña y diminuta llave atada con un precioso lazo rojo, mi abuelo cuando le preguntaba por ella, siempre me había dicho que era la llave de su corazón, ya que adoptó este perro poco después de fallecer mi abuela, y a mí siempre me pareció un precioso símbolo de amor.

Con las manos temblorosas procedí a desanudar el cordón y coger la llave, me lleve a Coco conmigo al despacho de mi abuelo y ambos nos sentamos en el suelo al lado de la vieja chimenea que chisporroteaba con la caja en la mano. Ahora que ya podía abrir la caja, no sabía si tenía derecho a hacerlo, por partes quería hacerlo y descubrir que encerraba aquel pequeño tesoro, pero por otras partes sentía que me estaba inmiscuyendo en una parte de la vida del abuelo que si él había guardado con tanto recelo, sus motivos tendría.

Así pase un buen rato, discutiendo conmigo misma, y al final decidí que debía abrir la caja, puesto que debía contener algo importante para el abuelo, y por lo tanto, yo me sentía en la obligación de saber que era. Al girar la llave parecía que hacía mucho tiempo que no se abría puesto que la cerradura estaba dura y la tapa de madera crujió como si llevara años sin usarse. Al descubrir lo que contenía quede perpleja, porque mi abuelo habría guardado unas cartas en el interior de una caja cerrada con llave. Había algunas que mostraban claros signos de haber sido releídas en multitud de ocasiones, sin embargo lo que más llamó mi atención es que entre todas había una que no estaba abierta. El remitente de todas era el mismo, una señora llamada María Luisa Álamos Ruiz, con perfecta caligrafía, y el papel amarilleado por el paso de los años, me dispuse a ordenarlas por fecha cronológica…Empecé por la que se escribió primero, y al comenzar a leer, mis ojos no podían creer lo que estaban viendo. Se trataba de cartas de amor, ella le contaba que entendía perfectamente que la hubiera dejado, que sabía que lo habían obligado a estar con otra persona, que en los tiempos que corrían el amor era algo secundario, y debían de mirar por intereses mayores, y que la deuda de su padre era la única forma que tenía de pagar. Todas eran cartas de ella, le decía que entendía que no hubiera respuesta por su parte, por lo arriesgado de la circunstancia, pero que ella siempre lo seguiría amando a pesar de su abandono, y así una detrás de otra durante doce cartas, una por semana, siempre los domingos, como especificaba en las cartas era el día que se la daba a una amiga en misa para que se la diera al cartero y no levantar sospechas…y así llegue a la que tenía la fecha más reciente, casualmente unos días antes de la boda de mis abuelos, y era la única que no estaba abierta…con las manos temblorosas, y un poco de miedo por ser la primera persona que leería esa carta después de tantos años, me dispuse a rajar el sobre y ver su contenido. En esta ya no había tanto cariño como en las otras, había rencor, explicaba que se había enterado por los periódicos que se casaba, ella que pensaba que volvería a su lado, y le contaba además que estaba embarazada y que él era el padre. Tuve que releerlo en varias ocasiones para creerlo…eso significaba que mi abuelo se había muerto sin saber que tenía un hijo de otra mujer y mi abuela ¿sabría toda esta historia? Todo parecía una película, y yo no podía contarle a nadie lo que acababa de descubrir para no empañar la memoria de mi abuelo, el cual se había casado con mi abuela por interés y no por amor. Ellos siempre nos habían transmitido el amor por sus tierras llenas de olivos, desde pequeños lo primero que nos daban a probar sólido era pan con aceite, cuando íbamos creciendo las aceitunas que ellos mismos preparaban… pero además siempre nos educaron en la cultura que no vale más el que más tiene sino el que menos necesita, y nunca nos ocultaron los orígenes humildes del abuelo y adinerado de la abuela…pero de ahí a esto…no sabía cuál sería el siguiente paso que debía seguir, así que me deje guiar por el instinto más básico y me puse a investigar en la hemeroteca del pueblo sobre esa señora y su familia. Solo encontré una noticia en la necrológica, se había suicidado estando embarazada y la fecha coincidía con la boda de mis abuelos.

Al saber esto, yo que ya me disponía a buscar una segunda familia, llena de tíos y primos, decidí cerrar la caja guardando en su interior todas y cada una de las cartas que había encontrado, le até la llave a Coco a su cuello, hice un hoyo bajo el olivo donde estaban las cenizas de mi abuelo y entre lágrimas le dije que su secreto seguiría a salvo mientras yo estuviera viva. De pronto un viento cálido agito las hojas del olivo y dejo caer una aceituna, siempre pensé que era mi abuelo dándome las gracias desde el cielo por respetar su memoria.

 

 

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