418. El Olivo Fuente de Rey y Pepe

Agostina Chitti

 

Corre la última semana del noveno mes, de una tarde de septiembre, el sol de medio día calienta a casi unos 30 grados centígrados. El verano se resiste a marcharse.

Las campanas de la torre-espadaña de la iglesia parroquial de Fuerte del Rey acaban de sonar las doce del mediodía, es el toque del Ángelus; retumban y se oyen hasta las jilas aceitunados de la campiña jienense.

Este poblado conserva su arquitectura rural, rica historia cultural e identidad. Mientras los paisaje del “Mar de Olivos” ofrecen a propios y extraños experiencias místicas donde se combinan las actividades de la cultura del olivar, sus aspectos vinícolas y el oleoturismo dirigido bajo iniciativa de una empresa privada.

Los sendero muestran jilas de hileras e hileras de un verde único, ese verde que solo el olivo tiene. Sus tapices simétricos se pueden ver hasta donde alcance la vista.

La luz del día se encarga de armonizar las diferentes tonalidades de los olivos, desde verdes intensos, plateado y tonos rojizos reflejo del atardecer. Las hojas, verdes por un lado y plateadas por el otro, se mecen con la brisa otoñal a la vez un sutil susurro se escucha como si quisiera decir algo.

La hora que marca el medio día, Pepe lo sabe bien por la posición del sol que está sobre su cabeza a medida que sigue paso a paso el trayecto olivarero.

—A este ritmo llegaré antes de que me coja la noche —se dijo a sí mismo, secándose el sudor de la frente con la manga de la camisa—. «Corro, vuela y me acelero.» ¡No hay tiempo que perder!

La juventud tiene un mismo ADN, es dinámica, soñadora e impetuosa. Tras unos kilómetros con paso firme y seguro bajo el sol implacable andaluz, empieza a jalar aire, la boca se le seca y siente palpitaciones en las sienes. Sus fuertes piernas, que al salir de Fuerte del Rey eran ligeras en ese momento se sentían pesadas.

El polvo arcilloso de la campiña se hace notar en las botas de Pepe mientras se aleja de la almazara. Caminar bajo los rayos del sol suele ser abrumador. Y como si la sabiduría de un viejo e indomable olivo supiera del cansancio del intrépido joven…

Pepe frena de golpe mientras fija la mirada a lo lejos, apenas se pueden divisar las escalonadas casas con sus techos de arquitectura tradicional andaluza. A manera contemplativa mira de este a oeste y de norte a sur, anonadado del magnífico panorama pintado todo de verde grisáceo, plateado y ondulante. Curiosamente, Pepe se detiene en la cima del sendero camino a la Guardia de Jaén, el poblado más próximo, tan próximo como a 15 kilómetros. Y por si fuera poco cuando cae en cuenta de toda esa desbordante admiración y contemplación ve que está parado justo bajo unas abundantes ramas de un viejo olivo. Un árbol de tres troncos, pero no es un árbol cualquiera, ¡no! Es un triunvirato de madera, un madero robusto. Un olivo imponente por sus dimensiones, sus raíces ancestrales que brotan hacia la superficie y las miles de hojas que se desprenden de los cientos de ramas, Pepe no titubeó en entender de manera casi mágica el mensaje del viejo olivo…

 

 

El Olivo Fuente de Rey y Pepe

—«Más vale paso que dure y no trote que canse» —dijo una voz. Era una voz paternal y al mismo tiempo con autoridad. Se oía como distante pero muy clara a la vez, como el viento cuando mece las hojas de otoño, serena e inteligente.

Pepe brincó en dos patas, levantando polvo del suelo arcilloso. “Ay, ¡cabrón!” exclamó, miró de un lado a otro, se le fue el color del rostro y hasta se olvidó del cansancio.

Se puso en estado de alerta, pálido, tembloroso y dispuesto a investigar que pasaba.

—¿Quién está ahí? —preguntó con voz fuerte —. ¡Sal si eres tan hombre! No te tengo miedo ¡Sal cobarde!

De pronto un viento suave y rítmico hizo susurrar a las hojas de color plata del olivo; eso fue extraño porque no hacía viento.

—Me estás pisando, muchacho —respondió la voz, salía del mero corazón del tronco—. Discúlpame si te asusté, no era mi intención. Te divisé a lo lejos desde que venías apretando el paso, entiendo, tu fastidio de caminar bajo este sol otoñal.

Pepe dio unos pasos hacia atrás reincorporando su figura, luego miró con detenimiento el ancho tronco grisáceo.

—Tú… ¿tú me estás hablando? ¿Los árboles hablan? Creo que ya me dio un golpe de calor. Sí, ha de ser el calor. Estoy delirando y estoy aquí completamente solo.

—No, no estás delirando, yo soy real, tan real como tú —dijo el Olivo, y las ramas bajas se movieron suavemente, como si el aceituno quisiera saludarlo—. Los seres humanos se creen tanto que no aceptan que todos los seres vivos tenemos voz propia. Pero dime, Pepe, ¿por qué pisas mis raíces con pies de plomo? ¿Qué te he hecho para que me pises asi?

Pepe se llevó las manos a la cabeza. La voz seguía allí, tan real y viva como si fuera una voz de hombre.

—¿El árbol habla? —murmuró, soltando una carcajada burlona—. Debe ser el golpe de calor, estoy alucinando.

—No alucinas, Pepe —replicó el Olivo, provocando que el muchacho palideciera al escuchar su nombre—. Ustedes los humanos no armonizan con la madre tierra porque sus oídos no escuchan, sus ojos solo ven lo que quieren ver y viven sus vidas como si mañana se fuera a acabar el mundo. El ritmo de la vida moderna los tiene atontados. Pero yo, ¡mírame! Aquí estoy desde hace más de 300 años. He visto pasar a varias generaciones, he sufrido embates de todo tipo, así como la bonanza de los días bellos.

El joven, recuperando el aliento tomo una postura de ¡No me digas…! ¿En serio?

—Puede que lleves aquí todo ese montón de años, pero este mundo en el que me tocó vivir avanza sin dar tregua y no me puedo dar el lujo de dormirme en mis laureles.

Los avances tecnológicos, económicos y sociopolíticos avanzan en un abrir y cerrar de ojos. Por lo tanto, mi «amigo», tu sabiduría de raíce centenarias no me sirve de mucho.

Las hojas perennes y lanceoladas se movieron sutilmente en señal de contradicción.

—El derrotero que están tomando parece ser la razón por la que van de un lado a otro muchacho, de modo que es fácil de perderse, —dijo el árbol—. En este momento te veo vulnerable, estás aquí, necesitas de mi sombra para recuperar fuerzas que el paso a paso durante unas horas te robó.

—¡Me echas mucho rollo! —replicó Pepe, mostrando su altivez—. La cosa es que yo voy rumbo a Jaén, tengo que comprar unas boquillas y difusores al ritmo de ¡ya!

Lo mejor será que siga mi camino, ya se me quitaron las ganas de descansar. No tengo tiempo para contemplar tu vieja anatomía y seguir escuchando discursos de filosofía barata. Además, estás muy fregado, das lástima. Apenas te puedes mantener de pie.

—Estoy fregado, como dices —dijo el Olivo con tal tranquilidad dejando sin palabras a Pepe— solo puedes verme por fuera, no tienes idea de lo que he vivido: inclemencias del tiempo, divisiones entre pueblos y todo lo que olivos como yo tienen que hacer para llegar a vivir hasta 300 años como yo lo he hecho. «Como te ves me vi, como me ves te verás»

Según Pepe estaba de afán, pero el intercambio de palabras entre los dos personajes se prolongó. El Olivo ancestral, intuyó la prisa del joven.

—Bueno, basta de sermones —exclamó Pepe, mirando su reloj—. Me has hecho perder demasiado tiempo debatiendo, yo solo me detuve para tomar un descanso. El sol ya empieza a perderse en el horizonte, debo apresurarme antes de que me agarre la noche. ¡Ahí te ves!

El Olivo vio alejarse a Pepe mientras un viento suave acariciaba la ancestral anatomía.

Pepe retomó su camino, todavía le quedaba un buen para llegar a su destino.

De pronto, empezó a soplar el viento con más fuerza, unas nubes cargadas de agua aparecieron de la nada —era como si una reacción térmica estuviera a punto de ocasionar una tormenta eléctrica en la provincia— Pepe miró a su alrededor, estaba en medio de la nada. Aún estaba lejos de Jaén. Amenazaba una fuerte tormenta y para su desgracia no estaba bajo las ramas del olivo ancestral. Sin querer, rumio las palabras que le había dicho el aceituno, le cayó el veinte cuando le dijo que los humanos veían lo que querían ver. Si hubiera consultado el pronóstico del tiempo antes de salir de Fuerte de Rey, no estaría bajo esa tormenta, solo y sin ayuda.

Miró hacia atrás, a pesar de la poca visibilidad por la tormenta, los relámpagos y el viento, divisó a lo lejos la silueta monumental del olivo. En ese momento deseó ser cobijado por el aceituno, que, aunque viejo todavía da muy buena sombra.

Para su fortuna, en la cima de la campiña había unos encinares y matorrales muy propios del mediterráneo y podían servir para proteger a Pepe de la tormenta. Ahí pasó un buen rato, luego el cielo se despejó, los últimos rayos del atardecer brillaron de una manera espectacular. «Después de la tormenta viene la calma».

La oportunidad que tuvo Pepe de cobijarse entre los matorrales la tomó como un gesto protector del viejo olivo. —Gracias… —susurró con una emotiva voz—. De hoy en adelante seré más benévolo con la naturaleza y con todos los que me rodean. Que feo es sentirse solo y desamparado, en medio de la nada.

¡Hoy he aprendido una gran lección!

—No olvidaré este mediodía de septiembre, —el joven se prometió a sí mismo—.

Pepe se removió el lodo, escurrió un poco sus ropas y retomó la vereda en marcha hacia Jaén. El sol ya oculto en el horizonte solo se podía ver el cielo pintado de unos bellos tonos rojizos y anaranjados. El caminante daba pasos firmes y serenos. La imagen que mantenía en su mente era la silueta del viejo olivo, ahora su amigo.

 

 

La juventud es apasionada, impredecible, y vigorosa como una tormenta eléctrica, mientras la vejez es el otoño del paso del tiempo donde la fuerza física se ha transformado en madurez y sabiduría. Como las puestas del sol que traen consigo momentos de paz, reflexión y tranquilidad. El pasado del viejo es el futuro del joven.
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