415. La musa romana

Carla Bautista Rodríguez

 

Exigía a sus hombres que la trataran con suma delicadeza, prohibiendo cualquier rudeza que pudiera magullar su piel perfecta. Dorada y salvaje. 

En sus escritos, confesaba una devoción febril y veneraba su perfume embriagador, capaz de someter la voluntad de imperios enteros.

—Reclama devoción absoluta y caricias expertas, pero a cambio te entrega la eternidad —susurró la voz grave.

Hubo un leve clic.

Martina se quitó los auriculares y parpadeó, deslumbrada por la luz del mediodía. Frente a ella no había senadores ni togas, sino un mar infinito de árboles retorcidos bajo el sol andaluz.

—¿Qué le ha parecido la introducción a nuestra ruta? —preguntó el guía de la finca, acercándole una copa de cristal azul—. Son palabras de Lucio Columela, un agrónomo romano nacido en Gades, la actual Cádiz, en el siglo I. 

Martina sonrió mientras el aroma a hierba recién cortada ascendía de la copa. Acababa de descubrir uno de los secretos mejor guardados de la cultura del olivar: el gran romance de la Antigüedad no había sido con una emperatriz romana.

Su musa eterna seguía allí. Frente a ella. Dorada y salvaje.

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