414. Tierra somos

Misery

 

Mi abuelo murió de pie.

Eso dijeron en el pueblo.

Yo sé que no fue así.

La mañana que desapareció, lo encontré en mitad del olivar, con los brazos abiertos y la espalda cubierta de corteza. Desde entonces, cada otoño, ese árbol es el primero en llenarse de aceitunas.

Voy a verlo solo.

Apoyo la frente en su tronco y escucho.

No habla. Nunca habla.

Pero algunas tardes, cuando el viento atraviesa las ramas, recuerdo su voz:

—La tierra no se trabaja, niño. Se entrega.

Hoy he vuelto a casa con las manos negras.

Mi madre me ha mirado.

—¿Dónde has estado?

No he contestado.

Debajo de mis uñas había pequeñas raíces.

Y esta noche, mientras duermo, noto que mis pies empiezan a hundirse en la tierra.

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