411. El último trayecto

Leonardo Caleca

 

Una ambición recurrente lo abordó aquella tarde cuando el sol, tímido y silencioso, elegía rendirse en el final de otro día colmado de desesperanzas. Andariego y perspicaz, esparció en la cofradía de sus campiñas preferidas, solo una pizca del inquebrantable afán por andar.

—¡Yo, que me he guarecido en el llano de Maipú, que he navegado la marea verde de Jaén! ¡Yo, que he presenciado la recolección de la preciada perla en la isla de Paros y también, he asistido a rendir homenaje al olivo sagrado de la Acrópolis!: vengo a desandar mi último trayecto, el más anhelado, el más postergado, el que deja al descubierto el arte de santiguarse ante el preciado néctar esmeralda.

Apoyó su oreja sobre la corteza del más longevo, en Vouves, y pudo oír que la vida no claudica, sino que se transforma de manera torrencial en algo que flota de pradera en pradera, que vaga sin prisa y por instinto, que fluctúa ondulada en el tibio aliento de la incipiente primavera.

Aquí está resguardada la energía ofrendada por el sol, atraída por sus estilizadas hojas y puesta a merced de las cetrinas gemas que penden como gotas de un rocío milagroso.

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