409. Vicente y su gran olivo

Francisco Cuadros Lozano

 

Como cada mañana, Vicente atraviesa el endeble puente de madera sobre el riachuelo que baja casi seco por la escasez de lluvia de los últimos meses. Levanta la cabeza, sonríe y admira esa estampa en lo alto de la colina.

Allí está su blanco cortijillo, como a él le gusta llamarlo, con sus puertas y ventanas de color azul cielo y al lado su majestuoso y robusto olivo más alto que la propia vivienda, cargado de aceitunas, aún verdes.

Está amaneciendo y los rayos de sol del otoño comienzan a pintarlo todo en tonos anaranjados y amarillentos.

Continúa caminando lentamente, algo encorvado. Su aspecto es impecable; gafas de pasta gruesa, bigote canoso, boina inglesa, abrigo largo y su inseparable bastón.

No pierde de vista el terreno que pisa, oyendo el crujir de la hojarasca y parando a menudo para recuperar el aliento.

Ya tiene ochenta y dos años y cada vez le cuesta más trabajo recorrer el camino que separa su casa del pueblo, en la que convive con su hija, del cortijo en el que nació, creció y jugó sin parar con sus seis hermanos cuando era un niño. El último tramo es el más empinado.

Al llegar está exhausto, pero repite su rutina diaria. Abre la vieja puerta y arrastra hacia fuera su mecedora de mimbre.  Antes de sentarse, abraza el tronco grisáceo y retorcido de su querido olivo.

Es un árbol excepcional que fue plantado por su abuelo Anselmo y al que se siente muy unido. Ha estado ahí junto a su cortijo y junto a su familia durante al menos ciento cincuenta años. Tiene unas dimensiones fuera de lo común, si se lo compara con los otros olivos de la zona. Su corteza agrietada por el paso del tiempo se asemeja a la arrugada cara de su abuelo Anselmo, de su padre Luis y ahora a la suya propia. Ronda los ocho metros de altura y las ramas principales, ya arqueadas, soportan una copa frondosa espectacular a la que han escalado todos los miembros de la familia de niños.

En esta ocasión el abrazo es más prolongado que de costumbre. Sin soltarlo y con su cara apoyada en él, le susurra unas palabras:

-Pronto estaremos juntos.-

Tras abrazarlo se coloca bajo la sombra de su árbol y mira al horizonte divisando aquel idílico paisaje. Desde allí puede ver parte de su pueblo y el mar de olivos perfectamente alineados. Se acerca la época de la recogida de aceituna y un año más, los campos se llenarán de jornaleros de la zona y forasteros que llegan con la esperanza de trabajar varios meses.

Por encima de los olivares se asoman majestuosas tres grandes montañas. Una está coronada por un castillo y las casitas blancas del pueblo vecino; otra, más cercana, luce densos pinares de un verde intenso; y, por último, la más alta se atisba en tonos azulados por estar a mayor distancia.

Vicente siempre ha sido un hombre amante de su tierra, sus raíces, su comarca y su pueblo de toda la vida, ese que tuvo que abandonar durante muchos años en busca de un mejor porvenir. Lo hizo casi obligado por las circunstancias y, sobre todo, por sus padres que no podían mantener por más tiempo a sus siete hijos. Le tocó emigrar en la posguerra, como a tantos hombres y a tantas mujeres de la zona.  Y es que el olivar no daba para mucho en esos años y apenas había otros trabajos en aquellas sierras jiennenses. Los grandes ricos de la época, terratenientes con pocos escrúpulos, explotaban y pagaban miserias a los campesinos que trabajaban de sol a sol. Largas y frías jornadas de recogida de la aceituna y trabajos muy laboriosos con los rudimentarios medios de la época. Todo a mano y con la única ayuda de los tozudos burros para destallar, abonar, labrar y podar enormes fincas de olivos y malvivir con sueldos escasos. Salarios que apenas llegaban para mantener a la familia, la mayoría de ellas con al menos cuatro o cinco vástagos.

De joven le tocó vivir toda serie de vicisitudes, lejos de sus raíces y de su gente. Tras varios años como peón de obra y gracias a su esfuerzo y buen talante logró un buen empleo como capataz de la construcción, lo que le permitió salir adelante holgadamente.

También tuvo suerte al conocer a una formidable mujer, Ángela, que fue su esposa hasta su desgraciada y prematura muerte. Con ella tuvo un hijo y una hija, Luis y Matilde, que son su mayor orgullo.

Tras muchos años viviendo en la ciudad volvió a su pueblo en cuanto pudo y prometió que jamás volvería a marcharse. De esta forma pudo, de nuevo, disfrutar de su familia, sus amigos, sus paisajes y de los largos paseos por los senderos rodeado de pinares y sobre todo olivares.

Sentado en su mecedora se balancea lentamente y nota el frescor de la suave brisa matutina en su rostro.  Cierra los ojos con una mueca de satisfacción en su arrugada cara, apoya la cabeza y resopla dejando salir el aire por su prominente nariz.

Le embargan los recuerdos en aquel lugar, casi todos ellos felices. Recuerda los juegos infantiles con sus hermanos y hermanas, escalando las ramas del olivo, escondiéndose tras su tronco, las carreras por el campo, las sonoras risas y el olor del pan recién horneado por su madre.

Rememora la primera visita al cortijillo acompañado de su esposa.  Los torpes pasos de sus hijos entre la maleza descuidada de la finca y sus caras de asombro al ver el gran tamaño de aquel árbol. El orgullo que sintió al enseñarles todos y cada uno de los rincones de su tranquilo pueblo y su pintoresca sierra y la inmensa satisfacción que experimentó al ver que a ellos también les gustaba aquella tierra a la que tanto echaba de menos.

También llegan a su desgastada mente imágenes borrosas de los duros jornales de aceituna, acompañado de sus padres y hermanos, para varear sus trescientos veintiocho olivos. Revive el cuidado y el mimo con el que vareaban al gran olivo, que siempre se dejaba para el final, y que año tras año no defraudaba, proporcionando una cosecha abundante de más de cien kilos.

Con el fin de la recogida se hacía una comilona familiar, en el porche del cortijo, con los productos caseros elaborados en la matanza. Solía montarse una gran algarabía, porque a pesar de los tiempos tan difíciles que les tocó vivir, era una familia muy alegre y divertida. Se contaban todo tipo de anécdotas sobre la campaña de ese año, reían a carcajadas y brindaban con vino. En la sobremesa los mayores tomaban café de puchero y echaban animadas partidas de cartas mientras que los jóvenes y niños jugaban y cantaban haciendo corrillos alrededor del gran olivo.

Con el paso del tiempo se mantuvo la tradición de aquel remate de la aceituna.  Por ley de vida, cada cierto tiempo faltaban algunos a la cita, que se habían ido para siempre, y llegaban otras criaturas que aportaban savia nueva e ilusiones renovadas.

Hoy a Vicente no le viene ningún mal recuerdo a la cabeza y habría tenido para escoger porque su vida no fue nada fácil y estuvo salpicada de sucesos muy dramáticos y complicados de superar. Su actitud optimista y vivaracha y el hecho de haber podido regresar a su tierra, hicieron que, a pesar de todo, él siempre fuera y se sintiera dichoso.

Esos recuerdos junto al embriagador aroma de su olivo, un silencio casi absoluto, solo perturbado por el alegre canto de los estorninos y por el sonido atenuado del agua del riachuelo a lo lejos, es todo lo que él necesita. Son momentos de paz, armonía y plena felicidad. Abre los ojos y mira a su alrededor sonriendo durante un largo rato, fijándose en cada detalle.

Las nubes cada vez son oscuras y el aire más húmedo. A lo lejos se escucha el sonido de algún trueno.

Ahora Vicente se siente muy cansado. Acomoda su cabeza en el cojín de la mecedora y se queda profundamente dormido.

A mediodía su hija Matilde sube a buscarlo para comer y acompañarlo en la bajada, como suele hacer casi a diario, por miedo a que resbale. Además, se avecina tormenta y ha cogido dos paraguas, por si acaso. Al cruzar el puente no le sorprende verlo en su mecedora dormido. Se acerca, se agacha a su lado, lo llama con delicadeza y acaricia su brazo al mismo tiempo. Pero su padre no despierta.

No despertará nunca más.

Matilde llora desconsoladamente y lo abraza con fuerza, casi con rabia.

De pronto comienza a llover. El viejo olivo cobija a su difunto dueño y a su hija, dejando pasar diminutas gotas entre sus afiladas hojas, como si a él también le brotaran lágrimas.

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Días más tarde Matilde y su hermano Luis aparecen junto al cortijo cogidos por la cintura, con los ojos enrojecidos e intentando reprimir su llanto. Matilde apoya su cabeza en el hombro de su hermano y observan el leve vaivén de la vieja mecedora, ahora vacía, movida por la suave brisa de la mañana.

Luego esparcen las cenizas de su padre alrededor de su querido olivo cumpliendo con su última voluntad y su mayor deseo.

Vicente siempre pensó que de esta forma permanecería allí eternamente,  fundido con su árbol, en su lugar favorito del mundo.

 

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