405. Sangre esmeralda

Luz Alejandrina Liñan Royola

 

En el pueblo antes bullicioso ahora reinaba el silencio. Esmeralda no quería abandonar a sus abuelos, ni a su árbol centenario. En un concurso regional, entre botellas de líquidos dorados, ella colocó el suyo: un caldo denso, opaco, que parecía lodo esmeralda y que los puristas no deseaban catar. Pero al probar el picor persistente y el aroma a aceituna fresca, hizo palpitar con fuerza sus corazones. Era un frutado intenso, salvaje, libre de los defectos de la industria. El primer premio dio valor a esa tierra olvidada. Atrajo a cooperativas de cultivo ecológico; las manos regresaron a injertar, podan y mimar la tierra. El viejo olivo ya no florecía solo, ahora lideraba el renacimiento de un valle.

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