403. Desgracia
Y su marido cosechaba olivo de la tierra donde sembraba, y hubo un tiempo en que también él extrajo aceite del mismo fruto. Y era aquel un matrimonio feliz, hasta que ella, por un instinto ciego y por un hambre que no era de pan, se acostó con uno de los peones que contrataba su marido. Y el marido se enteró de aquello como se entera la tierra de la sequía, de golpe y para siempre.
Inmediatamente echó al atrevido de sus tierras. Y a la mujer quiso echarla también, con la misma mano airada, pero no pudo, porque esas tierras habían sido del padre de su mala esposa. Y aun con querella judicial, la ley, que a veces no entiende de corazones, la dejó en esa propiedad y no la pudo echar. Y así es que el hombre, herido en su honra, empezó a tomar demasiado licor y a ahorrar su dinero en silencio para largarse lejos. Pero su mujer pecadora le pedía perdón. Y él no lo aceptaba. Y como no lo aceptaba, ella volvió, iracunda y despechada, a meterse con otros peones. Y ya no le importaba lo que le pudiera decir el marido, porque su alma ya se había ido de la casa.
………Cómo no recordarla, si él la siente cada día, como se siente la presencia invisible del viento del atardecer que no se ve y sin embargo mueve el mundo.
Y cuando una hoja, liviana y rendida, es arrastrada hacia sus pies por ese soplo, piensa que es su Abuela quien, desde la otra orilla del río de la vida, donde las almas esperan con las manos llenas, se la avienta como quien arroja una carta sin palabras.
Y esa hoja es su señal, es el manifiesto de su amor que no ha muerto, la prueba de que ella permanece cerca, aunque sus ojos no puedan verla…………
Y tenían una hija ambos, de catorce años, que salía en defensa del padre y decía, con esa claridad que solo tienen los niños, que, si se iba su padre, ella se iba con él. Y la mujer ya promiscua, entre los peones, hizo que le tuvieran cólera al marido. Y una tarde, como una jauría que olvida que es humana, lo agarraron entre todos los peones. Y lo golpearon hasta dejarlo sin conciencia, hasta sumirlo en ese sueño del que no se vuelve. Y luego que cundiera en ellos el horror de un posible arresto y de un posible encarcelamiento, dejaron el cuerpo del hombre con la mujer. Y se fueron. Y solo se quedó con ella, el primer hombre con quien se metió a ocultas de su esposo.
La mala madre le dijo, entonces, a su hija que su cobarde padre se había marchado lejos, a nadie sabe dónde. Y así la mujer empezó a convivir con ese peón de alma narcisista, quien enterró a su jefe, esposo ahora de su mujer, en un hueco que cavó en la misma tierra que les daba de comer. Y la hija nunca supo de esto. Pero el hombre era malo. Y al poco tiempo, le empezó a gritar y a golpear a la mujer, y a la hija también. Y su vida se volvió un infierno sin nombre. Y él dejó de ir a trabajar; y mandaba a la mujer a trabajar el olivo.
….……Pero es cuando camina entre sus huertos, con el paso lento del que peregrina hacia un templo, cuando más cerca la siente, porque en el alma se le levanta entonces ese rumor suave y sagrado del roce de las ramas del Olivo cuando el viento le cae encima como una plegaria.
Y entiende que así, de ese modo silencioso e invisible, a través de las hojas que tiemblan, viene ella a él, no en cuerpo, sino en esencia, no en voz, sino en brisa.
Y el Olivo, que en vida fue su amigo fiel, su compañero de soledad, parece hoy, ahora que ella ya no está en la forma que conocieron, su amante eterno, porque cuando el Olivo arrulla en la tarde, él siente, percibe y advierte, con todo su ser, que el alma de su Abuela no se ha ido, sino que se ha disuelto entre sus huertos y sus campos y sus parcelas y sus cultivos, como la música se disuelve en el instrumento que la amó…………
Y en una de esas tardes, volvió la mujer a su casa y vio, entre gritos desgarrados de la adolescente, cómo aquel hombre abusaba de la menor con esa abominación que no se puede nombrar sin que tiemble la lengua. Y la madre quiso defenderla, pero el hombre la golpeó también. Y ahora las dos eran sus mujeres y las dos debían complacerlo. Pero él se encariñó más con la hija, pues era más jovencita. Y la madre se arrepintió, entonces, tarde, y con el alma rota, de haber hecho lo que hizo con su esposo. Pues tuvo que aguantar esa situación como seis meses antes de perder el juicio por la locura y por el dolor que le había hecho a su esposo.
Y -trastornada, -ida, – lo más cuerdo que le pudo decir a su hija, como una última oración, fue: “vete, María, de aquí, lejos y no vuelvas, ve a la ciudad, a Barcelona o donde tú veas, que no te alcance esta tierra maldita”. Y la niña, llorando, se fue también con el poco dinero que le dio su madre en ese momento.
………Su Abuela conocía el alma del Olivo, porque ella sabía que el Olivo no quiere ser mimado con agua abundante, sino que quiere sed, como el alma quiere anhelo.
Y que pide una tierra pobre y calcárea y pedregosa, una tierra que no retenga, que no ahogue, una tierra libre donde la raíz pueda buscar lo profundo, pues el Olivo es hijo del sol que arde y del invierno que purifica con su frío.
Y por eso ella lo sembraba en el otoño, cuando la tierra guarda todavía el recuerdo del verano.
O al despertar el invierno, abriendo con sus manos un hoyo más hondo que la propia raíz y depositando en él, como una ofrenda, un poco de guano, sin prisa, sin exigirle fruto, porque sabía que el Olivo, como el amor verdadero, tarda un año en arraigar, tres en ser árbol y siete en entregar su fruto.
Pero que después entrega su aceite por cien años, por toda una eternidad, como lo hace el corazón de una abuela.
Ella no lo podaba con violencia, sino solo lo justo para que la luz, como la verdad, entrara hasta su centro y el aire pudiera circular libre entre sus ramas.
Y en el mes de noviembre, cuando las aceitunas colgaban negras y llenas de noche y de aceite, las recogía a mano, extendiendo una manta bajo su sombra y golpeando las ramas con ternura, como quien despierta a un amado que sueña…………..
Entonces, al amanecer de ese día, la madre ya no fue a trabajar, sino que en un acto de justicia ciega y de locura acumulada, golpeó a ese hombre en la cabeza con un madero. Y lo dejó sin fuerza, sin poder levantarse más. Y en vez de enterrarlo, en su mente extraviada, creyó que debía darle el mismo tratamiento que le daba al olivo recién recolectado. Y creyó convertir su cuerpo en aceite. Y de aquel delirio nació un aceite rosado y sanguinolento que juntó en una botella y que ponía bajo su cama, como quien guarda un secreto que no la deja dormir.
Y digo que lo ponía bajo su cama, pues desde ese día, continuando con la siembra, a todo peón que venía para trabajar, su tierra, y que intentaba propasarse, en su delirio lo hacía desaparecer, pero antes, por una hambre vieja y enferma, se acostaba con él.
…………..Y cuando cae la tarde y el viento, fatigado de su largo viaje por el mundo, deja por fin de arreciar y el huerto queda en silencio, siente que su Abuela se retira, pero solo por unas horas, porque en la noche ella parte hacia su morada sin forma.
Y es que solo de día, y sobre todo en esas tardes luminosas y melancólicas en que la luz es oración, se percibe su éter, su alma, su presencia infinita en medio de las ramas del Olivo del que extrajo, durante toda su vida, ese aceite verde, amargo y sagrado, con olor a tierra y a eternidad, que vendía a sus conocidos como quien reparte bendiciones en botellas humildes.
Y ese aceite era ella. Y ella es ahora el Olivo. Y el Olivo es ahora el viento que no cesa de llamar……………….
La abuela de este cuento es ella. Y no es tan dulce como pensáis al principio cuando la sentíais en el viento. Al contrario, si alguna vez pasas por alguna tierra donde se siembra olivo, y no ves sino allí, a una mujer mayor, como dueña y jefa de peones, y sientes ese viento que parece que te llama, lárgate de ahí, porque acabarás embotellado dentro de una botella y con el alma atrapada bajo esa cama.
Y ese aceite rosado que juntaba después de destilarlo en su locura, se lo vendía a sus conocidos, quienes enfermaban y morían sin saber nunca que habían bebido la historia de una desgracia.