402. Ramas secas

W. Tregear

 

Antonio, se levantó aquella mañana muy temprano, avanzo lentamente hacia la cocina y se preparó un café y tostadas con lo que le quedaba de la hogaza del día anterior. Su corteza dorada y el aroma inconfundible del aceite de oliva impregnado en su miga interior le trajo los recuerdos de sus hijos y de su amor ya lejano. Camino hacia la mesa del comedor, sentado con la vista al horizonte, comenzó a murmurar – para sí mismo – palabras lejanas que solo el comprendía. 

Esa mañana no iría a trabajar en su hacienda, otro supervisaría el riego del olivar levantando las compuertas que dejarían fluir el agua en cada surco, como cada martes de semana. Brebaje idílico que se funde con las raíces y regala la floración, el tamaño y la producción de aquella maravillosa tierra. Zona bien ganada a punta de sudor, dolor y sentimientos de cada golpe de azadón, en cada amanecida al cuidado de los tallos jóvenes, en cada lucha contra el repilo y verticilosis. Todo aquello pasó como una luz, clara y diáfana, por los pensamientos de Antonio – y a sus ochenta y tantos años – comprendió que ya era tiempo de exigir las respuestas a las tantas preguntas hechas en soledad. Nunca quiso ofender a Dios por el tiempo otorgado, así que tomo su lápiz y comenzó a dejar en tinta sus pensamientos, los mismos que recorrían el papel con una agilidad de la prisa y la sinceridad de una vida.      

“Para todos aquellos que ya vivimos más de recuerdos que de sueños y claramente hemos recorrido – con un alma herida – la esperanza de una eternidad a tu lado…  

Y solo pensé en crecer, recordar y olvidar. Crecer por mis ancestros, aquellos hombres y mujeres venidos de tierras extrañas, buscando un nuevo sentido a sus vidas, una oportunidad que el destino les negaba sintiendo los secretos familiares que los acompañaban. Se asentaron en Cástulo, cerca de Linares, donde los olivos cubrían sus cuerpos del sol y esperaba paciente la mano que abría el surco dejando pasar el agua que cada mañana los alimentaba.  

Mi abuelo me contaba, que algunas noches, cuando el viento atraviesa el olivar, todavía puede oírse el murmullo de quienes caminaron antes que nosotros, de esas almas gemelas que sembraron sueños e ilusiones, levantaron sus casas, enterraron sus muertos y criaron sus hijos al igual que rapas en primavera. Yo nunca supe si era verdad esas historias, pero desde joven recorrí cada acequia en busca de tu nombre, con una ilusión desbordada de campos verdes y comprendí que nuestros destinos estuvieron unidos al momento de tu llegada a mis brazos querida Amanda.

Recordar, donde un mar de hojas se entrelazaba con tu cabello y aquel vestido blanco que rozaba tus pies descalzos, los mismos que apretaban la tierra a su paso en cada brote sembrado. De tus dedos finos en mis manos aferrados como raíces centenarias donde pude posar mi humilde anillo de rama de olivo, que selló – en una mirada juvenil – nuestro destino.  

Nada, nada más suplico verte una vez más y en la sangre de agonía descomprimir mi pecho a tus pies.      

Olvidar, olvidar hasta recordar nuestros momentos, aquellos que no se pueden borrar, aquellos que guardan algo que no podemos comprender y no podemos encontrar entre la niebla de mi memoria. Un rostro, una promesa, una caricia escondida entre emociones que solo esperan una señal para despertar y recuperar el pasado, entendiendo que nunca se fue de nuestro lado. Siempre estuvo ahí para nosotros, los incomprendidos, los desplazados, pero también los enamorados. 

Me dijiste – Antonio, no me veas porque una novia no puede ser vista antes del matrimonio – y tu sonrisa, sencilla y cándida, ilumino tu rostro con una luz cristalina y radiante que logro opacar el sol. En ese instante, comprendí – que mis emociones – ya no me pertenecían, que mi ser no estaba ya en mí, que el mundo ancho, disperso y de rutas sinuosas se había centrado en ti.   

Oculté mis ojos a tu mirada, y mi rebelde corazón se insinuó con el rabillo del pensamiento   al deseo irresistible de retenerte en mi memoria.  

¡Hay Amanda! – cómo te extraño amor – dolor de mañanas y atardeceres sin sentido con tu ausencia.  

¡Hay Amor – como me haces falta!   

Nuestras manos conocerían el trabajo de la tierra, la siembra de nuestro olivar y de fragancia llenar capazos de picual eternos a tu lado. Nuestras manos formarían los injertos, paciente unión de la pequeña rama con la fuerza milenaria del ancestro. Así veríamos crecer a nuestros retoños – primavera tras primavera – sus ramas se desplegarían al universo hasta ver el nacimiento de las pequeñas flores que darían lugar a la perla negra que acompañaría nuestra mesa o irían a la almazara donde daríamos vida al liquido dorado que descansara en la espera de las festividades.   

Y en ese pasó de los años, la arboleda, alineada como guardianes del pasado seria nuestros custodios al altar, donde nuestras emociones solitarias se unirían definitivamente ante Dios. Avanzarías lentamente, en un sendero de hojas a tus pies, con el corazón latiendo nerviosamente al lado de tu padre y yo,… yo te esperaría de pie erguido, orgulloso de nuestro amor y el aroma de mi botón de rosa atraparía nuestras miradas dejando en silencio nuestros temores y miedos al futuro.  

Así imaginé, nuestro momento mágico que estaba pronto a llegar, así soñé despierto cada instante de nuestra unión, así fue como mis sueños de juventud fueron olvidados en el rincón de cada día.  

¡Hay Amor – porque te fuiste y me dejaste aquí! “ 

Así finalizaba la carta encontrada en las manos de Antonio aquella noche cuando encontraron su cuerpo – ya sin vida y muchos años después del accidente de Amanda – entre los olivos más centenares de su hacienda y al lado de unas ramas de olivos semejando una corona deshojada.  

Hay historias que tienen un comienzo, pero sin final ya que este trasciende tanto en el tiempo, que es imposible saber si ya es parte de otro inicio, y Antonio siempre estuvo consiente que en algún momento esto ocurriría, que podría volver a ver a Amanda y quizás ya no habría preguntas ni respuestas, ni rencores ni odios, ni razones de los destinos – que por el momento – tuvieron que ser separados.   

Nunca nadie comprendió que impulso a Amanda – el día de su boda – caminar vestida con su flamante traje de novia blanco, su velo al viento y la corona de hojas de olivos, visitar la Iglesia de San Marcos a las afueras de la ciudad. Un trayecto de peregrinaje para la fiesta religiosa que comenzaba antes del amanecer donde las primeras luces apenas se le insinuaban al rocío de las hojas del olivo.  

Su trayecto – de doce kilómetros – acompaño a otros tantos feligreses en su procesión movidos por la fe de la sanación, las promesas cumplidas o simplemente para agradecer y compartir felicidad con lo que uno más ama. Su caminar, lento, distraído como de ensueños la mantuvo ausente de lo que ocurría en su entorno, del desplazamiento acelerado vehicular y de aquella curva que la golpeo sin darle oportunidad de despedirse de aquellos que la esperaban en la ceremonia.   

Se escucharon voces pidiendo ayuda, voces de oración, voces de despedidas, pero Amanda – lo que más sentía – era saber que no escucharía la voz de Antonio, y que no podría explicar la razón de su camino de iniciación. Trato de gritar con todas sus fuerzas, pero ya no era posible, no escapaban sonidos de sus labios, se debilitaba y nublaba su mundo terrenal y así como vida comienza también se termina. Y para Amanda, sus horas finalizaron aquel día.  

Luego, la leyenda habla de la Novia del Olivar, donde en noches sin luna, ni estrellas se les presentaba a los caminantes – vestida con su impecable traje blanco – y acompañaba aquellas almas más desconsoladas que vagan sin rumbo, por una ruta equivocada guiándolos a un remanso de paz hacia su destino. Los lugareños contaban que al llegar la madrugada y escuchar el sondar de las cofradías dejaba escapar unas hojas de su corona de olivo y se marchaba tan silenciosamente como a su llegada. Sus almas aliviadas ya no necesitaban mayor redención y muchas ya no terminaban su recorrido y regresaban a casa con el consuelo de haber cumplido o con la respuesta a sus plegarias.  

Antonio, nunca la pudo encontrar, a pesar de que recorrió ese sendero cada noche obscura con la esperanza en su alma de verla nuevamente. Su existencia se había convertido en un perpetuo deambular entre las sombras del olivar y los ecos perdidos de los bailes religiosos, que no lograban consolar su espíritu desgastado por la ausencia y cada vez se aferraba a la quimera certeza de que la mística Novia del Olivar se materializaría para él y devolverle la paz que la muerte le había arrebatado.      

Y desde el tiempo agotado de Antonio y en su partida, ya la Novia del Olivar no ha vuelto a ser vista y entre amores sin tiempo ni olvido, han de continuar eternamente unidos.

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