400. La sombra bajo los olivos marchitos
A través de la ventana le llegó el olor, una nota herbácea y frutal, y Alba reconoció que ese aroma existía en dos niveles diferentes: el que emanaba de los árboles cuyas copas ya se perfilaban en el horizonte, y el que era solo un recuerdo olfativo, un legado de tiempos mejores, de cuando ella era pequeña. Esa añoranza súbita le trajo, de manera irremediable, la certeza de que algo había cambiado.
Quizás era el propio olor que, lejos de replegarse en los recovecos de la memoria, ganaba tonalidades y matices con el paso de los años, mil veces decorado por la pérdida, la nostalgia y el cariño. Ahora podía reconocer que, además de dulce, tenía un deje de amargor de fondo. Fue consciente de que el retablo de sombras entrecortadas que nublaban su visión eran proyectadas por los viejos olivos, por lo que ya no le quedaba mucho. Creyó ver troncos nudosos y ramas retorcidas como dedos artríticos que buscasen algo en el viento. ¿Siempre habían sido así? Era otra cosa que no recordaba, o que prefería no hacerlo.
El pueblo permanecía agazapado tras el follaje en la forma de un conjunto de tejados polvorientos. Nadie en las calles, nadie en los portales; Las Almas siempre había sido un lugar silencioso, pero ahora el silencio tenía una cualidad distinta. Parecía condensarse en algo casi físico, capaz de comunicarse con ella. En ese momento giró en la última curva y vio la casa.
Allí estaba. El hogar de su infancia. Más vieja, con la pintura algo descascarada y las ventanas tapiadas. Creyó que la estructura misma parecía hundirse bajo su propio peso. Aquella era una casa vencida, cansada de existir. Detuvo el motor del auto y volvió a ser consciente del silencio que la rodeaba; respiró hondo, sin atreverse a salir todavía. Desde su posición distinguió el olivar que rodeaba la propiedad. Al descender, casi se sobresaltó cuando sus botas aplastaron hojas secas y tierra quebradiza; aquellos sonidos, en apariencia fortuitos, tenían algo familiar. Era como si la propia casa, los olivos, le diesen la bienvenida.
De cierta forma, aquello la hizo sentirse bienvenida, aunque no de la forma en que esperaba. El primero de los pilares que sustentaban su concepción del mundo, forjado durante la infancia, era el olivar alrededor del que había gravitado toda su estirpe. Otra vez vino el recuerdo, ahora en forma de las manos ásperas de su abuelo le enseñaban a palpar las aceitunas perfectas, aquellas que algún día se convertirían en oro líquido. Se rascó la muñeca izquierda, atenazada por una irritación momentánea. Respiró y cerró los ojos antes de estar lista. Cuando lo estuvo, puso una mano sobre el picaporte y lo hizo girar lentamente.
La puerta se abrió, dejando ver el recibidor.
La luz era extraña, y fue lo primero que les llamó la atención. La mitad de la sala mostraba una iluminación cálida, amarillenta, y la otra estaba en penumbra. Era por un haz que entraba por un hueco de las ventanas tapiadas: un círculo casi perfecto, proyectado contra la pared y parte del techo. Casi perfecto porque una sombra se interponía, creando una figura estridente y esperpéntica. Alba chasqueó los dientes: era solo una rama nudosa que había crecido sin que nadie la podara y ahora amenazaba con penetrar en la casa. Casi como si la naturaleza reclamase el espacio que otrora le perteneció.
Dio un breve paseo por la planta baja, y luego recorrió las habitaciones superiores. Tendría mucho trabajo por delante si quería tener todo listo para enseñarle la casa a uno de los posibles compradores, un inversionista que pasaría a verla en tres días. Aunque los pocos muebles que había estaban embalados, el polvo cubría cada una de las superficies visibles con una pátina gris. Con todo, pudo adecentar un poco su vieja habitación, y aunque no creía conciliar el sueño tan rápido, un sopor profundo se apoderó de ella en cuanto su cabeza rozó la almohada.
Esa noche durmió poco y mal. Soñó con una figura que deambulaba entre los olivos, que les pertenecía. La sombra la llamaba por su nombre, le imploraba algo que ella era incapaz de descifrar. En algún momento de la madrugada despertó, sobresaltada, empapada en un sudor frío y espeso; estaba segura de que la habían llamado con un susurro de hojas marchitas. El recuerdo de la Alba niña jugando entre los árboles se abrió paso a través de sus escudos como un cuchillo al rojo vivo atravesando mantequilla. Se escondía tras los gruesos troncos e intentaba encontrar algo, o alguien. Luego un pintor malévolo cubría de blanco el lienzo para que no siguiese recordando.
Al amanecer se dirigió al pueblo para comprar algunos útiles de limpieza. En la calle, las luces de las farolas, encendidas a pesar de la hora, cimbreaban como las llamas danzantes de una hoguera. Le sorprendió que hubiese tan poca gente en las calles; aunque silenciosos, los habitantes del pueblo siempre aprovechaban el día para realizar sus quehaceres y muchas de las tiendas de aceitunas y sus derivados recibían a los clientes que solían demandarlas. Ahora, en cambio, necesitó recorrer varias cuadras de la calle principal solo para encontrar un comercio abierto. El vendedor, hosco, le arrebató los billetes de la mano y, en cuanto salió con las pocas cosas que pudo encontrar, cerró la puerta y colocó el cartel de cerrado.
El resto del día lo dedicó a limpiar y organizar algunas habitaciones. Apiló un buen montón de bolsas de basura en la entrada y solo se detuvo para tomar un refrigerio. El tiempo se escurrió casi sin notarlo, hasta que se descubrió realmente cansada, ella no era de tomar siestas, pero aun así se tumbó sobre el viejo sofá que acababa de limpiar. Cuando abrió los ojos, ya era de noche, aunque no debía de ser muy tarde.
Salió al exterior, apenas iluminado por el resplandor de la farola del porche y una luna llena y soporífera. El olivar era un sepulcro, y no sólo por la ausencia casi total de sonido, sino también por el frío, inusual en esa época del año. Las copas de los árboles dejaban pasar el resplandor lunar a duras penas, conformando un damero de luces y sombras sobre la hojarasca que cubría la tierra fértil y oscura del suelo. La visión le hipnotizó, y casi sin darse cuenta avanzó hacia en su dirección; el crujido de sus pasos era un contrapunto inquietante al silencio.
Siguió por un pequeño sendero, en desuso desde hacía tiempo. En muchos tramos desaparecía de la vista haciendo casi imposible seguirlo, pero de alguna manera incomprensible, Alba parecía seguir su trazado sin problemas, y después de unos metros, el camino terminaba siempre por reaparecer. Las sensaciones que la arboleda le transmitía le traían ecos del pasado. De su niñez. Sin embargo, ahora percibía un cambio tan notorio que no entendía como nadie más no se había dado cuenta: un líquido negro se filtraba por la corteza de los troncos, denso y oscuro como sangre antigua.
Entonces lo vio. Allí, a poca distancia, entre los árboles, lo divisó; una visión que le pareció extraña. Curiosa. Fuera de lugar.
—Alba… —el susurro llegó hasta sus oídos, acariciándolos.
Se detuvo, tambaleándose; parecía que iba a caer al suelo cuan larga era. No respondió, sin embargo… podía sentir que algo ocurría alrededor, aunque no supiera qué. Era una especie de malestar físico, algo que le llegaba a la sangre y se convertía en un síntoma: un mareo súbito que iba in crescendo apoderándose de ella.
Dio un pequeño grito; algo acababa de rozarle el hombro. Cuando se dio la vuelta para mirar, segura de que encontraría alguna abominación surgida del infierno, se descubrió mirando a un hombre de rostro arrugado y barba canosa y alborotada. Sus ojos despuntaban como dos huevos duros en su rostro pálido.
—Hola, niña —dijo.
Necesitó un momento para enfocar, deslumbrada de repente por un solitario rayo de sol. Había algo en las facciones del hombre que le era familiar, pero no lograba ubicarlo.
—¿Lo conozco? —Alba retrocedió unos pasos. Sintió rechazo, y también miedo, sobre todo porque estaba sola y lejos de cualquier otra presencia humana. El pueblo había crecido, pero siempre en dirección opuesta al olivar.
—Deberías, alguna vez te llevé en mis hombros —el viejo esbozó una sonrisa—, y porque soy el único que aun trata de cuidar estos árboles que, a fin de cuentas, son tuyos.
Alba sintió un clic en el interior de su cabeza; aquel anciano, en aquel entonces con menos arrugas, le había hecho compañía durante años, siempre explicándole los mil y un detalles de la capacidad productiva de la aceituna y sus variaciones de una campaña a otra.
—¿Gabriel? —preguntó al fin.
—Una parte de él —el jardinero sonrió a su vez, con amargura—, lo que han dejado los años. Y lo que pronto dejará de ser, cuando por fin vendas esta propiedad.
—Vaya… —Alba parpadeó un par de veces. Parecía confundida, como si acabaran de sacarla de un profundo sueño—. Los abogados no me dijeron nada de ti. Pensé que ya no trabajabas aquí, o que habías…
Se mordió un labio. No le parecía bueno hablar de algo, aunque fuese tan natural como la muerte, en un lugar así.
—Ya no importa —Gabriel se frotó la nariz—. Hace mucho que me gano la vida de forma, y este lugar no tiene salvación —se adelantó y la rozó en un brazo—. Pero no podía irme sin verte, me alegra que hayas crecido para convertirte en una mujer de bien; tu padre estaría orgulloso. Por eso también te advierto, Alba, que desistas de vender este lugar. Da la vuelta y regresa, aquí hace mucho que no hay nada para ti, para ninguno de nosotros.
—Gracias por la recomendación —se escuchó decir—, y lamento que nos hayamos reencontrado en estas circunstancias. Me duele ver el olivar —hizo un gesto vago con sus manos—, así. Pero la decisión está tomada, yo…necesito…no lo entenderías.
Gabriel le dedicó una última sonrisa apagada y regresó por donde había llegado. O eso le pareció a ella, pues hasta donde sabía su residencia ya no estaba ubicada dentro de los límites del olivar. Entonces hizo lo único que parecía sensato en ese momento: dar la vuelta y salir de ese lugar.
Sin embargo, a medida que caminaba entre los olivos, sintió una sensación extraña. Deslizó una mano ante su rostro, como si estuviera retirando una venda de los ojos, y miró. Tardó unos segundos en comprender, pero cuando lo hizo, le sorprendió no haber reparado antes en ello.
Ahora que su mente lo había registrado, resultaba incluso dañino a la vista; tenía que bizquear para poder asimilar la incoherencia. Eran las sombras, no había dudas: funcionaban mal. El sol del mediodía brillaba con fuerza en el cielo sin nubes, pero las sombras de todos y cada una de las cosas que le rodeaban se prolongaban y proyectaban hacia ella, formando una suerte de constelación demente. Cada roca, tronco, arbusto y matorral lanzaba una oscuridad delirante y alargada hacia su posición. Tuvo que sentarse en el suelo, sobre las hojas mustias que contrastaban sobre la tierra oscura. Era incapaz de sostenerse en pie.
Casi podía sentir el aire a su alrededor, pesado y asfixiante, como si fuera mucho más denso. Solo mover los brazos le costaba un esfuerzo importante, y eso, unido al picor en su muñeca izquierda y a la sensación de malestar detrás de los ojos —los sentía llenos de arena— le provocó un ataque de nauseas. Y luego estaba ese cuchicheo interminable. Allí, entretejido en el silencio, un murmullo ininteligible. La mayor parte del tiempo era ruido, como el frufrú de las sábanas cuando se mueven las piernas en sueños. O como el sonido de un sudario cuando tiras de él y resbala por la piel muerta de su propietario.
Ladeó la cabeza, intentando enfocar. El viento susurraba entre los olivos con un murmullo vivo, un eco que parecía arrastrar palabras viejas, olvidadas, enterradas en la tierra reseca bajo las raíces. El claro le pareció apenas una frontera entre el mundo real y otro más antiguo, uno que había estado esperando su regreso. Y en el centro de aquel espacio que las sombras evitaban, estaba él. Era inclasificable. A simple vista, parecía un niño, pero uno al que la piel le quedaba demasiado pequeña, con los ojos hundidos como pozos ciegos, la silueta hecha de recuerdos rotos. Y una marca en su barbilla, pulsando con luz tenue, la última chispa de algo que alguna vez estuvo vivo.
Alba se obligó a levantarse y dio un paso hacia él. No porque quisiera, sino porque el mundo parecía moverse a su alrededor, acercándola como si fuera una pieza que debía encajar en un mecanismo inevitable.
—Has regresado —murmuró la criatura, y su voz no fue más que el roce de hojas secas en el suelo.
De pronto estaba junto a ella, mirándola de manera inquisitiva. Alba percibió su aliento cálido y muerto, una mezcla de imposibles. Entonces sintió su muñeca pulsar como un segundo corazón dentro de su piel. Al mirar, casi contra su voluntad, descubrió una marca similar a la que exhibía el engendro, una media luna diminuta que ardía desde su interior. Todo había llevado a este momento: la casa, los recuerdos, las pesadillas, los susurros de los olivos.
Sintió que le sobrevenía un acceso de vómito, pero lo reprimió. Y con el espasmo, vino el recuerdo, ese que había reprimido en lo más profundo de sí misma.
Fue treinta años atrás, en un verano abrasador. En Las Almas todos decían que, para garantizar la fertilidad de la tierra y la prosperidad de la cosecha, los dueños de un olivar debían sellar un pacto ancestral con los espíritus de la tierra. El supuesto sacrificio debía portar una marca —una media luna— símbolo del vínculo sagrado. Durante aquel fatídico verano de 1995, ella y un grupo de niños, impulsados por una mezcla de curiosidad y superstición, intentaron recrear ese rito como si fuese un juego. En aquel atardecer, se reunieron en el olivar centenario de su familia y escogieron a un niño al azar —el portador de la misteriosa media luna, en realidad un dibujo que ella misma le hizo en la barbilla con un marcador permanente, semejante a la marca de nacimiento casi invisible que ella misma tenía en la muñeca— y pronunciaron las palabras antiguas que los adultos repetían cada vez que contaban la historia.
La creencia era que, cuando el “sacrificio” se consumara, los viejos dioses otorgarían bendición a la tierra. Sin embargo, el ritual estaba plagado de reglas intransigentes: el elegido debía permanece quieto, sin pedir clemencia, y jamás apartar la mirada, pues romper el silencio supondría desatar la ira ancestral. Era la parte que más le atraía del juego, la idea de permanecer en silencio y aguardar, a la espera de que sus compañeros cometiesen un error para reírse de ellos.
Como si esperasen eso de él, cuando se encontraban a mitad de la invocación, el niño titubeó y miró a su alrededor. Entonces algo sucedió. Después… a pesar de todo no podía recordar con claridad los detalles de lo sucedido. Si forzaba su mente, era capaz de captar flashazos: un cuerpo infantil sacudido por un relámpago invisible, los árboles sacudiéndose, un grito de pánico y dolor, el sonido de sus pies golpeando el suelo durante el escape frenético, y el olvido. Ni siquiera podía recordar su nombre. No fue la única. La tragedia fue silenciosamente encubierta: los adultos, temerosos, optaron por callar y enterrar la verdad, dejando que el dolor se escondiera bajo las raíces de los olivos.
Nunca supo por qué. Nunca supo si ese niño tenía padres o familiares que lo llorasen. Poco después, su familia abandonó el pueblo, dejando atrás la única vida que conocía y sus propios recuerdos.
Cerró los ojos. Podría haber corrido. Podría haber gritado. Pero el pacto no aceptaba dudas ni negaciones.
Entonces lo entendió.
No había regresado para recordar. No había vuelto para enfrentarlo.
Había vuelto para quedarse. De cierta forma, una parte de ella misma permanecía en aquel eco, a un recuerdo de una cosa que fue y que la impregnaba sin remedio. Al darle la espalda, selló su condena para siempre.
Cuando abrió los ojos, los olivos se cerraron sobre el claro, sus ramas oscureciendo la luz de la luna como dedos entrelazados. La criatura dio un paso hacia ella. Algo frío recorrió su espalda, como el aliento de la tierra misma. Alba no tembló.
El viento se alzó con un sonido nuevo, un suspiro largo, profundo, como la exhalación de un mundo que había esperado demasiado tiempo.
Y en la última brisa de la noche, los árboles susurraron un nombre.
Ya no era Alba.
Ya no era nadie.
Solo el pacto. Solo el olvido.
Solo la sombra bajo los olivos marchitos.