391. Romance de las aceitunas
Al poco de salir de La Colonia, el Buick descapotable en que nos llevan —un vehículo lujoso, de un rojo cereza extravagante; un color festivo que hace que todo esto que me está ocurriendo resulte, si cabe, aún más absurdo— se echa a un costado y se detiene en la cuneta. Entre gritos y empellones los hombres que nos escoltan nos ordenan bajar de él. Estamos en algún lugar en medio del monte, en el camino que baja de Víznar hasta Alfacar. Es de noche y tengo miedo.
El resto de la jauría sale del otro coche que integra la comitiva y se arremolina en derredor nuestro. Hablan a voces y se azuzan los unos a los otros, como lobos excitados por el olor de la sangre que está a punto de derramarse. Una sangre que no es otra que la nuestra. A golpe de culata, nos hacen formar una fila y nos obligan a adentrarnos en los olivos por la pendiente que desciende al barranco. Un maestro, dos banderilleros y un poeta caminan por un olivar en mitad de la noche. Si no fuera porque nos van a matar a los cuatro, bien podría ser el comienzo de un chiste.
Nuestra marcha resulta penosa, y no solo porque conozcamos de sobra el destino ominoso al que nos conduce. Dióscoro, el maestro de escuela, ya no es joven, arrastra además consigo el peso muerto de una prótesis, secuela de un accidente de juventud en el que un tranvía le arrancó la pierna izquierda a dentelladas. Los dos banderilleros y yo nos turnamos para ayudarle ofreciéndole el sostén de nuestro hombro, en un intento de suplir en lo posible el apoyo de la pierna que le falta. A pesar de nuestros esfuerzos, hay ocasiones en las que el maestro tropieza con una raíz o una piedra y cae al suelo. Cada vez que esto ocurre, la decena de hombres que nos escoltan se ríen a carcajadas. Nunca conseguí entender qué regocijo encuentran las almas mezquinas en el mal ajeno, qué veneno es ese que les corre como hielo espeso por las venas y les enjalbega las paredes del corazón de escarcha.
Joaquín y Francisco —los dos banderilleros a los que les ha tocado en suerte acompañarnos al maestro y a mí en esta danza macabra— caminan con zancadas amplias y elásticas, el cuerpo bien erguido y la frente siempre alta. Viéndolos marchar así, haciendo alarde de una entereza infrecuente en un trance como este en el que nos hallamos, dirigiéndose con paso firme al encuentro del que será sin duda nuestro final, me pregunto por qué el miedo no les pesa sobre los hombros de la misma forma terrible en que a mí me pesa. Reconozco en su mirada la expresión de calma concentrada que veía cintilar en los ojos de mi buen amigo, Ignacio Sánchez Mejías, justo antes de entrar al ruedo, las tardes en que iba a verlo torear. Tal vez para Francisco y Joaquín esta muerte, zaína y astilarga, que viene echándonos su aliento caliente en la nuca desde que nos bajaron del coche, no sea diferente a las otras muchas muertes con las que tuvieron que lidiar en la plaza. Quizá hasta a la cercanía de la mismísima Parca sea capaz de acostumbrarse un hombre si anda en tratos con ella el tiempo suficiente. ¡Qué sabré yo de estas cosas si solo soy un poeta!
Un viento caliente se levanta en mitad de esta noche de verano. Caracolea nervioso, molesto por saberse atrapado, prisionero entre las paredes del barranco. En su desasosiego, se enardece, resopla irritado y hace bailar con su resuello las hojas en las ramas de los olivos. Inesperado, llega hasta mis oídos un murmullo de oleaje, el rumor que provoca el vaivén de todo ese verde que se cimbrea a merced del aire en las copas de los árboles. Transformado en un insólito mar de secano, el olivar me arrulla con una música que me trae recuerdos de aquel otro mar que escuché tantas veces desde las calas de Cadaqués, en aquellas dos ocasiones en que fui invitado a la casa de los padres de Salvador. Éramos muy jóvenes entonces y todo se nos antojaba posible. En aquellos días felices de baños en el mar y sol, no había nada lo suficientemente grande en este mundo como para que no tuviera cabida en el territorio que abarcaban nuestros sueños.
Ahora las cosas son muy distintas, tan siniestras y sombrías si se las compara con aquellas vacaciones resplandecientes que pasé en la Costa Brava. ¡Qué falta más grande me hace en estos momentos toda aquella luz! Desearía que en esta noche la luna fuera como la que hice bajar a la fragua con un polisón de nardos, solo por darme el capricho de que un niño pudiera mirarla y mirarla a su antojo. Quisiera para mí en esta noche una luna grande, blanca y redonda, que me contemplara desde lo alto con su único ojo de lumbre y bañara los olivos con una pátina de plata bruñida. Pero ni en eso ha tenido a bien sonreírme la fortuna en esta noche aciaga. Esta noche el firmamento luce de un negro absoluto, más oscuro incluso que la brea que calafatea el envés del alma de los hombres. Ayer, 17 de agosto, hubo luna nueva. La escuálida hendija, el rasguño mínimo abierto en el cielo por la luna incipiente que nos correspondería ver hoy, frágil e inmaculada como la uña de un recién nacido, hace ya tiempo que se habrá ocultado tras el horizonte. Si la luna estuviera llena esta noche, al menos mis compañeros y yo tendríamos el consuelo de un final argénteo, de una muerte clara y refulgente, como espolvoreada de harina de lirios.
Algo dentro de mí se rebela. En este mundo, hermoso y terrible a un tiempo, en el que con demasiada frecuencia se desata el caos y campa a sus anchas la sinrazón, siempre aspiré a que, al menos en la pequeña parcela de él que dependía de mi voluntad, cada una de mis acciones estuviera guiada por un ideal de justicia. En esto que me ocurre ahora no hay nada de justo, sin embargo. Un poeta no debería morir jamás rodeado de oscuridad, no después de haber dedicado una vida entera a tratar de sacar a la luz las palabras que se esconden tras las cosas, a traducir a un idioma que resultara comprensible para el resto de mis semejantes el lenguaje arcano con el que el universo me susurraba sus misterios.
De improviso, siento una efervescencia que me trepa por el pecho como una marea de lava, una fuerza generadora que brota en lo más hondo de mis entrañas y se me sube a la cabeza, cálida y acariciadora, como los vapores de un licor dulce. Noto cómo mis sentidos, anestesiados hasta hace tan solo unos instantes por el miedo, se reavivan y se vuelven afilados. Reconozco este cosquilleo interno que me recorre el cuerpo; es el mismo que, de estar ahora —como solía hacer cada verano— en nuestra casa de la Huerta de San Vicente, me haría correr a sentarme en mi escritorio, coger la pluma y clavar su extremo afilado en la negra pupila del tintero. Tengo la necesidad apremiante de componer un poema, de morirme haciendo la única cosa que he deseado hacer desde que tengo uso de razón, aquello para lo que vine al mundo.
No me resulta difícil encontrar el tema idóneo para el que será por fuerza mi último poema: las aceitunas. Miro a mi alrededor y me parece verlas fosforescer en lo oscuro del barranco, como una miríada de luciérnagas apostadas en las ramas o un universo entero de planetas diminutos orbitando en torno a mí. Todavía les deben de faltar unos dos meses para estar maduras. Necesitarán de ese tiempo para enverar; para que la tez de sus rostros pase del verde intenso al verde amarillento, para que después sus mejillas se arrebolen y se cubran de un tono rosado que dará paso al rojizo, al morado y, finalmente, al negro. Yo no estaré ya aquí para ser testigo de esa metamorfosis, ni alcanzará tampoco mi boca a disfrutar del sabor de su carne en sazón ni de la caricia líquida de su sangre de ámbar. Estoy a tiempo, no obstante, de rendirles mi pequeño tributo, de sacarlas de su existencia anónima para convertirlas en protagonistas de mi último romance.
En esta noche sin luna, dejo que las aceitunas me hablen, que se abran a mí y me cuenten la historia que atesoran en sus duros corazones de hueso. Pongo toda mi atención en ello; mis cinco sentidos y mi ser entero se vuelcan en escucharlas. Oigo entonces una voz que recita en mi cabeza, una voz que no es exactamente la mía, sino otra aún más clara, una voz que cuando se decide a hablar no sabe decir otra cosa que no sea la verdad. El primer verso resuena nítido en mi mente:
«Por el barranco del alba»
Ahora viene la parte más difícil; aquella en la que tengo que estar alerta para no perder la estela, el rastro que han dejado tras de sí esas cinco palabras que inauguran el poema. Si afino el oído y me concentro, el segundo verso no se hace esperar:
«lloran olivos de plata»
A partir de aquí todo fluye sin esfuerzo, con la misma naturalidad con la que el aire entra y sale de mis pulmones cada vez que mi pecho se hincha y se vacía al respirar. Lo único que tengo que hacer es abandonarme a la cadencia de los octosílabos, permitir que sea el poema el que se vaya construyendo a sí mismo, que las palabras se busquen y se engarcen las unas con las otras como eslabones de una cadena. La rima asonante tampoco debe preocuparme, sé que acabará brotando sola, empujada por la propia inercia del poema, para ir a ocupar el lugar que le corresponde al final de los versos pares. Esto que ahora haces, Federico, es lo que mejor se te da hacer; hilvanar palabras, irlas ensartando como cuentas de un rosario en el hilo candente de tu pensamiento. Cuando quiero darme cuenta, el poema ya está terminado.
«Por el barranco del alba
lloran olivos de plata.
No quieren ver el espanto
de la sangre derramada.
Miro sus frutos, aún verdes,
con una mirada larga.
Tienen el alma de piedra
escondida en las entrañas
y un zumo que es todavía
pura hiel de rabia amarga.
¡Ay, aceitunitas verdes,
que engordáis entre las ramas,
no habré de veros maduras
cuando los mozos os caigan!
Avispas de frío plomo
ya me buscan la garganta.
Se quedan las aceitunas,
mi cuerpo se vuelve nada.»
Todavía no ha acabado de reverberar el último verso en su cabeza, cuando el poeta escucha ladrar los fusiles como perros rabiosos en la noche. Todo ha ocurrido por la espalda y sin que medie advertencia previa.
Federico se desploma, primero de rodillas y después de bruces. Sus labios dejan la estampa de un beso de sangre en la piel de la tierra. Siente que las fuerzas se le escapan, que la conciencia se le apaga despacio, como un candil al que apenas le quedaran ya unas gotas de aceite. Junto a su mente preclara, se desvanecen en la oscuridad de la noche los versos de su último romance, una docena de poemarios, cuadernos repletos de dibujos y un sinfín de obras de teatro; mundos enteros que podrían haber sido, prodigios nacidos del genio extraordinario de un hombre que se nos va demasiado pronto.
Luego todo es silencio.