39. Tu almazara
Por eso recuerdas ahora, tras leer esa noticia, su acento suave, como filtrado por la brisa del mar que llegaba hasta el olivar de sus antepasados. Ella siempre se remontaba más lejos, te enseñaba las piedras, las ruinas, los vestigios de aquellos tiempos remotos que tú sólo conocías por los libros. Nombraba lo antiguo y te llevaba a ver las pozas excavadas en la piedra viva donde fermentaban los salazones fenicios, te pedía que tocaras las piedras cónicas muy pulidas del molino en la que los griegos prensaban las olivas, os sentabais junto a los símbolos mágicos donde los supervivientes Tartessos recordaban la Atlántida perdida o sus ciudades arrasadas por el maremoto; y te dejabas besar, cuando las chicharras recogían sus carracas, recostado en los cimientos restaurados del pequeño templo romano, con los ojos cerrados, la cabeza apoyada en su muslo y la boca muy cerca del origen del mundo.
Te contaba todo aquello de los antiguos aceituneros como si hablase de abuelos cercanos con los que hubiera paseado cogida de la mano junto al muro de piedra que rodeaba la finca. Los nombraba a todos, a los remotos, a los antiguos, pero también a cierto comerciante árabe, amigo de Ibn Jaldún, que tuvo allí su casa y al último judío que escapó entre las sombras del arroyo lindero durante la última de las cien persecuciones o al pastor que le enseñó a su padre los secretos remotos de inventar el mejor aceite del mundo. Me nombraste también a una madre inglesa y buceadora temeraria que robó al Mediterráneo ánforas y monedas de plata que duermen hoy en el museo de la capital mientras ella reposa en lo profundo del mar.
Habías gastado todo en la finca, vendido herencias y casas, ahorros de trotamunda y créditos de usura por los que gustosa hubieras vendido tu alma si el bancario hubiera encontrado en el contrato la cláusula adecuada. Nada valía más que tu pequeño cortijo, la almazara nueva con su almacén, su laboratorio, su envasadora y los dos mil centenarios olivos que te convertían en una treintañera terrateniente o mejor, aceitunera altiva, porque nadie podría distinguirte, en tiempo de cosecha, del resto de jornaleros que colocaban redes, vareaban como se hacía antes o acarreaban cestas llenas de olivas lechín y picual. Habías nomadeado por el mundo en busca de quién sabe qué tesoros y fuiste durante un tiempo una conocida botánica experta en yagés y cocas, discípula de Schultes y amiga de Davis, pero nunca olvidaste el aceite, ni la locura de tu padre, empeñado, en los tiempos del reinado del aceite de girasol y de las venenosas margarinas, en recuperar el oro líquido con el que se ungían los atletas, los guerreros, las diosas libertinas, los heridos, los dioses rabiosos, los poetas lúbricos o los niños espartanos de aquella antigüedad de cuento que me susurraste tantas veces al oído. Él fracasó, no pudo ver este éxito, pero tú lo lograste y tu aceite de agricultura biodinámica produce un orgasmo en la campanilla resabiada de los gastrónomos más eminentes y sádicos, perfuma las mesas y los guisos tecno emocionales de los chefs más ilustres y deleita el descanso de tu gente sobre un tomate rajado y una rebanada de pan tostado al fuego. Me contabas que ya solo consumíamos trece litros de aceite vegetal por persona y año, un setenta por ciento de oliva y un treinta de girasol, que solo nos ganaba Grecia en consumo de aceite de oliva per cápita. Y yo te dije que el psicólogo Edwin Boring definió el famoso “mapa de la lengua” en 1901 plagiando una investigación alemana. Cada parte de la lengua detecta lo “dulce”, lo salado”, lo “ácido/agrio” y lo “amargo”. Pero en 1908, el químico japonés Kikunae Ikeda definió y añadió el sabor “umami”. Faltaría el “picante” de la pimienta negra y del pimiento, también el raro picante de la pimienta de Sichuan que es un ligero y agradable “hormiguillo”. Tu me replicaste con una sonrisa que falta un noveno sabor: el “grasoso” y que aún no sabían bien qué nombre definitivo poner a esa sensación palatal que aludía al pringoteo de tu aceite con un poco de pan o también cuando nos comemos un torrezno de Soria. Luego fuimos a coger unas aceitunas y yo elegí las más gordas. Me querías enseñar a endulzar unas olivas, como cuando los griegos, como cuando los pelasgos, como mucho tiempo atrás y aún más allá. Y luego aliñarlas con su orégano, ajos, sal, cáscara de naranja, romero, pimentón… Puedes comprar una lata, claro. Pero no es lo mismo. No está en la lata el tiempo que “perdiste” en este afán ni tampoco la mínima ciencia, el mínimo arte y cuidado que pusiste en ellas. Eso me dijiste. Entonces se acababa otra vez un año entre dudosos temores de nuevos virus mutantes, apagones distópicos, guerras cercanas, apocalipsis climáticos y sutiles hermanastros orgwelianos. Pensábamos que nos salvaba el progreso, los nietos de Fleming, Pasteur y Yersin, el robot aspirador y el termomix, acceder a todo el saber del mundo con dos click en una IA, ver series de doscientos episodios las tardes de domingo, elevar alambradas afiladas en la frontera, tener la certeza que sueñan los androides con ovejas eléctricas enviadas por Amazon o salvar al mundo o construir uno nuevo con similar esfuerzo que echarnos un Fortnite. Pero no. Entonces recuerdo que me dijiste que nunca estamos a salvo. No lo estuvimos nunca. Vivir sin dolor, miedo, frío o hambre es una cosa reciente, extraordinaria, lograda anteayer gracias a las ciencias y las luchas, las utopías y a los padres y las madres que nos quisieron sanos y mejores. Nunca estamos a salvo. Nunca lo estuvimos. El grito de Salud y Libertad nació como sueño y contraseña de anarquistas ilustrados y siempre perseguidos, en un mundo en el que la esperanza de vida de un trabajador o una trabajadora no pasaba de los treinta y cinco porque te morías en el parto o por un rasguño infectado o por respirar carbonilla y bacilos de koch o por comer cada día almortas y pan duro. Las jornadas laborales cubrían más de diez horas y la libertad prometida solo estaba en un dudoso cielo alcanzado tras días de resignación y rezaduras. Nunca estamos a salvo. Nunca lo estuvimos. La vida entre dos pestes o entre dos cataclismos, guerras, sequías y exilios eran tiempos escasos, una ilusión adulterada de la historia, una alivio muy breve hasta que llegó este milenio cálido y recién inaugurado. Dices que ahora nunca nos conformamos, deseamos vivir cien años, tener un Tesla y colonizar Marte, pero vivir más de setenta con salud, comida, abrigo, amigos, libertad y conciencia de estar todos en la misma galera que vaga por el espacio-tiempo de la Vía Láctea es un logro gigante. Y aspirar por hermandad a que todos disfrutemos de esto sin agotar la tierra, el agua, el aire o la paciencia del azar no es demasiada ambición.
Sí, recuerdo el acento de tu voz, pero también tus formas: el perfil griego de tu culo, las redondeces árabes de tus pechos, las suave ola de tu vientre romano y el negrísimo pelo de tu venus que no me importa de quién heredaste. Lo recuerdo bien porque no hubo lugar de tu cuerpo por el que no pasase mi lengua mil veces saboreando el aceite con el que nos acariciábamos. Elegías el mejor para el amor, de variedad lechín, que me sabía a manzanas verdes o a hierbaluisa con miel o tal vez eras tú quien daba ese sabor. Los atardeceres de abril y de mayo, cuando el sol comenzaba a enredarse en el horizonte verde del olivar, por los ventanales de tu buhardilla abiertos de par en par, entraba una brisa que llegaba del mar a veces caliente y a veces muy fresca. En el suelo antiguo que cubrías con una sábana de lino gozoso, nos embadurnábamos la piel de ese aceite precioso. Y con hambre, luego, tras la llamarada del goce, nos chupábamos las gotas del aceite que hacían relucir nuestra piel e intercalábamos los lametones nutricios con unos picos de pan que tú habías colocado cerca en un plato de vieja porcelana y nos refrescábamos el alma con buenos tragos de fino que bebíamos a morro de una botella que descansaba sobre una cubitera inglesa, de plata, lo único que no fundiste de tu herencia.
Hoy he sacado de mi memoria todos esos días mientras revisaba en las estadísticas con las que trabajo las pocas toneladas de aceite que se han producido este año y también al verte en una gran foto en la prensa, en una esas revistas presuntuosas de gastronomía, lujo y arrogancia. Recogías el premio al mejor aceite de Europa, tu cabello ahora es blanco, no te tiñes, pero podía imaginar perfectamente cada centímetro de piel que se escondía detrás de la seda negra de tu vestido. No me fijé entonces y ahora me doy cuenta, mirando de cerca una de las fotografías de la revista, que el color de tus ojos no era el verde de los olivos ni el marrón claro de tu tierra sino ese color cambiante de las aceitunas casi maduras. Uno se da cuenta después, destilando la vida en la almazara de la memoria, de lo que fue sólo hojarasca, alpechines, huesillos, orujo y lo que era de verdad oro líquido, rico aceite y tiempo precioso, dichoso, gustoso. Contigo.
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