389. Nidos

Pantumaca

 

Las primeras flores llegaron a finales de abril. En el suelo permanecían los restos de aceitunas pisadas por los niños de la casa, acostumbrados a jugar alrededor del árbol. Ahora ya no eran tan pequeños; él sabía que el columpio pronto quedaría abandonado hasta la llegada de la siguiente generación. 

Con el paso de los años aprendió que el tiempo vence a los humanos y que las cenizas de los mismos sirven para fortalecer sus raíces.

 

Fue hace bastantes veranos que pereció el ruido. Un día cantó el gallo pero nunca sonó un despertador. Desde entonces son solo los animales que sacan provecho de sus frutos o que de vez en cuando enriquecen sus ramas con un cantar.

 

El molesto pitido asustó a los pájaros lejos de los nidos de paja que resguardaba. Aunque no se rompieron con el primer desprendimiento de tejas, ninguno resistió la caída del gran nido vacío, el único construido con ladrillo, que llevaba más tiempo cuidando.

 

Los pedazos de sus raíces que no soltaron el suelo cuando extirparon el robusto tronco se perdieron junto a varios añicos de arcilla granate. Pronto, ambos quedaron sepultados bajo la misma tierra a la que habían dado la vida.

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