387. Las vacaciones de diciembre

Sebastián Bocanegra

En la almazara el alpechín empezaba a oscurecer el suelo. El olor era denso, intenso. Subido en la aleta del tractor, el niño, con la ropa llena de barro y las manos ateridas, cantaba para dentro una canción:

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos.

El remolque ya había vomitado su carga.

—Vámonos —dijo su padre.

Mientras, el niño, cansado, seguía cantando:

Decidme en el alma: ¿quién,
de quién son estos olivos?
Andaluces de Jaén…

Ya en casa, cena y brasero; más tarde, cama.

Mañana, otra vez frío, dedos congelados y sabañones en las orejas.

Y en la almazara un niño sentado en la aleta de un tractor cantará versos esperando que su padre diga:

—Vámonos.

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