383. Los olivos que susurran

Yeni Díaz Conde

 

Siempre desde niña había escuchado hablar de las olivas, hasta en un libro de cuentos de pequeña las veía. Pero fue al llegar a España cuando descubrí realmente su belleza.

Ante mis ojos aparecieron campos repletos de olivos, árboles majestuosos de hojas verdes, extendidos hasta donde ya no me alcanzaba la mirada. Me sorprendió contemplarlos alineados en hileras, formando un paisaje que parecía un enorme salón de baile.

Con el viento, sus ramas se movían suavemente, como si cada árbol danzara en silencio. Hasta llegué a coger una oliva y morderla, sin saber que no se comía así y aunque amarga pude apreciar su sabor natural directamente del árbol.

Después descubrí todo el proceso que había detrás de aquel pequeño fruto. También conocí el aceite elaborado de forma casera y comprendí el valor del aceite de oliva Virgen Extra.

Tiempo después, al visitar un Castro Celta en Galicia, me impresionó descubrir antiguos vestigios relacionados con la extracción del aceite. Entonces comprendí que el olivo no era solamente un árbol: era historia, cultura, tierra y tradición.

Desde entonces, cada campo de olivos me parece una danza ancestral que la naturaleza lleva siglos representando

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