38. Herencia sin raíces

Avil

 

En Ibros, las mañanas de la aceituna siempre empezaban igual. En diciembre todavía era de noche cuando la gente salía de casa. El frío se metía por la ropa y la humedad se quedaba pegada a las manos. La niebla cubría las lomas y desde algunos caminos apenas se distinguían los olivos más cercanos. El olor a leña quemada llegaba desde el pueblo y, cuando el aire estaba quieto, también se notaba el olor de la tierra mojada por el rocío. Los trabajadores iban llegando poco a poco. Unos aparecían andando. Otros en bicicleta. Los más afortunados tenían una vieja moto o compartían coche con algún vecino. Nadie hablaba demasiado a esas horas. Los saludos eran cortos.

—Buenos días.

—Buenos días.

—Hace fresco hoy.

—Y mañana más.

Era la misma conversación de todos los inviernos. Cuando estaban todos, se acomodaban en el remolque. Algunos seguían medio dormidos. Otros aprovechaban para encender un cigarro antes de empezar. Sabían que en cuanto comenzaran a varear entrarían en calor y el frío dejaría de importar.

Rafael llegó algo más tarde, como casi siempre. Subió por el carril con su Land Rover verde levantando polvo. Aparcó cerca del tajo y se quedó un momento dentro del coche. Después salió despacio y observó a la cuadrilla. Había heredado aquellas tierras de su padre. También la casa, el coche, una empresa de textil y muchas cosas más. Pero cualquiera que lo viera entendía enseguida que no era un hombre de campo. Su padre sí lo había sido. La gente todavía hablaba de él. Decían que conocía cada olivo como si fuera una persona. Sabía cuándo podar, cuándo abonar y cuándo había que tratar contra la mosca. También sabía cuándo era mejor esperar una semana antes de recoger porque venían lluvias. Rafael nunca aprendió nada de aquello. No porque fuera mala persona. Simplemente había vivido de otra manera. En la cuadrilla nadie se metía con él. Cada uno tenía su sitio. Y el suyo era mirar cómo iban las cosas y llevar el remolque a la cooperativa cuando estaba lleno.

Quien realmente llevaba el trabajo era Miguel. Siempre había sido así. Miguel había trabajado primero para el padre y después para el hijo. Llevaba más de treinta años entre aquellos olivos. Era un hombre pequeño y fornido. Tenía las manos llenas de grietas y la cara marcada por el sol y los inviernos. Siempre llevaba una gorra vieja y una chaqueta de pana que parecía tener tantos años como él. Conocía todos los árboles. Sabía cuáles daban más y cuáles menos. Sabía dónde había piedras escondidas bajo la tierra y qué ramas convenía cortar al terminar la campaña. Pero también conocía a las personas. Sabía quién trabajaba mejor. Quién necesitaba que le dijeran las cosas dos veces. Quién estaba pasando un mal momento en casa. Y quién venía con ganas de trabajar o con ganas de perder el día. No necesitaba levantar la voz. Con una mirada bastaba.

Aquella mañana caminaba entre los mantones observando cómo empezaban.

—Vamos, que el día es corto —dijo—. Hay que aprovechar la mañana.

Pedro ya estaba preparando la vara. Tenía una costumbre que nadie conseguía quitarle. Antes de empezar a trabajar tenía que cantar. Era algo que hacía desde joven. Algunos se reían de él, pero todos sabían que cuando Pedro empezaba con Antonio Molina era porque la jornada había comenzado de verdad.

—¡Soy minero y templé mi corazón con pico y barrena! —cantó con la voz fuerte.

Andrés soltó una carcajada.

—Pedro, cualquier día te fichan para la radio.

—Y a ti para el Real Madrid —respondió él.

Las risas se extendieron por la cuadrilla. Andrés era el más joven. Tenía veintitrés años y solo hablaba de fútbol. Mientras recogía aceitunas discutía alineaciones, árbitros y fichajes.

—Este año subimos seguro.

—Eso dijiste el año pasado —le respondió Pedro.

—Y el anterior —añadió Pura.

—Pues este año sí.

Todos se rieron. Aquella conversación se repetía todos los inviernos.

Carmen trabajaba unos metros más allá. Era una mujer fuerte. Tenía los brazos anchos y una manera de varear que llamaba la atención. Al principio algunos hombres habían puesto mala cara cuando Miguel la colocó con la vara.

—Eso es trabajo de hombres —había dicho uno.

Pero Miguel no discutió. Simplemente la dejó trabajar. Al cabo de dos días nadie volvió a abrir la boca. Carmen tiraba más aceitunas que muchos de ellos y rompía menos ramas. Desde entonces, su sitio nunca volvió a ponerse en duda.

Antonio y Cecilio venían de un pueblo cercano. Eran amigos y llevaban años trabajando juntos. Siempre estaban bromeando y tenían un acento diferente que hacía gracia a los demás. Andrés se metía con ellos.

—Hablad más despacio, que no os entiendo.

—El que no entiende eres tú —contestaba Cecilio.

Pero todo quedaba en risas. Pura, mientras tanto, seguía recogiendo aceitunas en silencio. Era una mujer de mediana edad que hablaba poco. Escuchaba mucho más de lo que decía. Pedro solía decir que Pura sabía más de la vida que todos ellos juntos.

—Porque las personas que hablan poco son las que más se enteran —decía.

Los días fueron pasando, uno detrás de otro. Las conversaciones eran siempre las mismas. El precio del aceite. La lluvia. El fútbol. Las elecciones. Las pensiones. La hija de uno que se había ido a Jaén. El hijo de otro que estaba trabajando en Madrid. Y las placas solares. Ese tema salía cada vez más.

—Han arrancado otros cien olivos por la carretera de Baeza —comentó Pedro una mañana.

—Eso dicen —respondió Miguel.

—Dicen que pagan bien.

Miguel no contestó.

—Al final aquí van a quedar más placas que olivos —dijo Andrés.

—Mientras quede trabajo, a mí me da igual —comentó Antonio.

Miguel siguió callado.

Aquella misma semana ocurrió algo extraño. Subió temprano a la parte alta del olivar para ver qué árboles tocarían al día siguiente. Entonces se detuvo. Había algo raro. Aquellos olivos estaban demasiado limpios.

Se agachó y observó el suelo. No dijo nada. Regresó al tajo.

—Pedro, ven conmigo.

Los dos desaparecieron entre las hileras de árboles. Media hora después volvieron con un saco lleno de aceitunas. La noticia corrió enseguida.

—Nos están robando.

—Maldita sea.

—Cada año pasa igual.

—La gente ya no tiene vergüenza.

Rafael escuchó todo aquello en silencio. Pero algo le llamó la atención. Miguel había encontrado el saco demasiado rápido. Como si supiera dónde estaba.

Aquella noche decidió volver. Subió hasta la loma y se escondió entre los olivos. El frío era intenso. Esperó mucho tiempo. Cuando estaba a punto de marcharse escuchó pasos. Dos hombres aparecieron entre los árboles. Empezaron a varear deprisa. Rafael  no los reconoció. No eran del pueblo. No podía creerlo. Justo cuando iba a salir, una mano se apoyó en su hombro. Era Miguel.

—Tranquilo —susurró—. Llevo varios días esperándolos. Alertarlos ahora no servirá de nada. Avisaremos a la guardia civil para que ellos se encarguen.

Al día siguiente Pedro volvió a cantar. Andrés volvió a hablar del partido del domingo. Y Carmen siguió vareando como siempre. Pero Rafael ya no miraba el olivar de la misma manera, porque no estaba acostumbrado a que le robaran y su pensamiento solo estaba en cómo hacer para que pagaran los ladrones.

—Ellos no son el problema —dijo el capataz.

—¿Entonces quién?

Miguel levantó la vista.

—Tú.

Y por primera vez en muchos años, Rafael sintió que alguien le estaba hablando como antes le hablaba su padre.

En el tajo se seguía hablando del robo de aceitunas.

—Ya estamos otra vez con los robos.

—Todos los años pasa igual —comentó Pura mientras seguía recogiendo aceitunas—. La necesidad hace hacer muchas cosas.

—La necesidad y la poca vergüenza —respondió Andrés.

Carmen levantó la vista.

—No es lo mismo.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Pedro.

—Que hay gente que roba porque no tiene para comer y gente que roba porque no quiere trabajar. Y no es igual.

Miguel escuchó la conversación sin decir nada. Permaneció mirando el olivar unos segundos y después volvió a repartir trabajo.

—Venga, cada uno a lo suyo, que todavía queda mucha mañana.

La cuadrilla volvió a moverse entre los olivos. Pedro empezó otra vez con sus canciones. Andrés siguió hablando del partido del domingo.

—Nos jugamos media liga.

—Eso dices siempre —respondió Cecilio.

—Porque es verdad.

—Si al final vais a quedar los de siempre.

—Este año es distinto.

Antonio se echó a reír.

—Llevo escuchándote tres temporadas y todavía no habéis ganado nada.

—Pues este año sí.

Pedro dejó de cantar un momento.

—Andrés, tú tienes más fe que un cura.

Las risas volvieron a escucharse por el olivar. Rafael observaba la escena desde el Land Rover. Aquella gente llevaba años trabajando junta. Se conocían demasiado. Sabían cuándo uno estaba preocupado y cuándo otro tenía un mal día. Su padre también había conocido a todos aquellos hombres y mujeres. Algunos llevaban allí desde antes de que él heredara las tierras.

Miguel se acercó al coche.

—Esta tarde habrá que llevar dos viajes a la cooperativa.

—De acuerdo —respondió Rafael.

—La aceituna viene buena este año.

—Eso parece.

Miguel se quedó unos segundos en silencio.

—Tu padre estaría contento.

Rafael asintió.

—Siempre decía que estos olivos eran agradecidos.

—Y tenía razón.

Miguel volvió con la cuadrilla. Aquellas palabras dejaron pensativo a Rafael. Su padre hablaba constantemente de los olivos. Desde pequeño lo había escuchado decir que los árboles eran como las personas. Que unos años daban más y otros menos. Que había que saber esperar. Que las prisas nunca habían sido buenas para el campo. Pero Rafael nunca había prestado demasiada atención. Cuando era joven soñaba con otras cosas. Le gustaban los coches y ganar dinero. El campo siempre le había parecido algo viejo. Algo que pertenecía a la generación de su padre.

Sin embargo, allí seguía. Los años habían pasado. Su padre había muerto. Y él había terminado sentado junto al mismo Land Rover, observando las mismas lomas y escuchando las mismas conversaciones.

A lo lejos volvió a sonar la voz de Pedro.

—¡Soy minero y templé mi corazón con pico y barrena!

Andrés levantó la cabeza.

—Pedro, un día te van a denunciar por maltratar las canciones.

—Y a ti por hablar tanto de fútbol.

—Eso no es delito.

—Todavía no.

La cuadrilla volvió a reír. Y durante unos minutos pareció que no había robos, ni problemas, ni preocupaciones. Solo una mañana más de aceituna. Como tantas otras.

Pero Miguel seguía dándole vueltas a algo. Y Rafael, sin saber por qué, empezó a tener la sensación de que aquel asunto todavía no había terminado.

Dos días después, Miguel volvió a subir a la loma con Rafael. El amanecer era frío y todavía quedaban restos de niebla entre los olivos. Caminaron despacio, sin hablar demasiado. Miguel llevaba las manos en los bolsillos de la vieja chaqueta de pana y Rafael seguía pensando en aquella frase que no conseguía quitarse de la cabeza.

—Todavía no me has explicado lo que quisiste decir —acabó diciendo.

Miguel se detuvo junto a uno de los árboles más viejos del olivar.

—No hace falta explicar mucho.

—Pues yo sigo sin entenderlo.

—Claro que lo entiendes.

Rafael esperó.

— Los ladrones han hecho mal —continuó Miguel—. Pero esos dos no te van a arruinar. Ni ellos ni los cuatro sacos que se puedan llevar. El problema eres tú.

—Ya me lo dijiste.

—Y te lo vuelvo a decir.

Miguel señaló los olivos que descendían por la ladera.

—Tu padre se sabía el nombre de cada bancal. Sabía cuándo había que podar y cuándo había que esperar. Hablaba con la gente. Estaba aquí. Tú llevas años viniendo y marchándote. Como si esto fuera una carga.

Rafael no respondió.

—Y cuando uno se desentiende, todo se viene abajo. Los árboles, las casas y las personas. Todo.

El viento movió las ramas más altas.

—La gente necesita trabajar —prosiguió Miguel—. Algunos tienen problemas que tú ni conoces. Antonio tiene un hijo en paro y Cecilio lleva meses manteniendo a su madre porque no le llega la pensión.

Rafael bajó la vista.

—¿Y qué hago ahora?

Miguel sonrió.

—Empezar.

—¿Empezar qué?

—A ser dueño de esto de verdad.

Aquella mañana no volvieron a hablar del asunto. Bajaron con la cuadrilla y el trabajo siguió como siempre. Pedro volvió a cantar. Andrés volvió a discutir sobre fútbol. Carmen siguió vareando mejor que muchos hombres. Y Pura, como de costumbre, escuchaba más de lo que hablaba.

Los meses fueron pasando. Rafael comenzó a subir más al campo. Aprendió a distinguir las ramas que había que cortar. Escuchaba a Miguel. Preguntaba. A veces se equivocaba y otras acertaba. Ya no esperaba dentro del Land Rover mientras trabajaban los demás. Poco a poco, sin que nadie dijera nada, empezó a formar parte de aquello.

Un domingo de primavera, mientras terminaban de limpiar las herramientas, Miguel se sentó a la sombra y permaneció un rato en silencio.

—Ya era hora —dijo finalmente.

—¿De qué?

—De que aparecieras.

Rafael sonrió.

—Llevo aquí toda la vida.

Miguel negó con la cabeza.

—No. Estabas. Pero no habías aparecido.

Los dos se quedaron mirando el olivar. A lo lejos se veían las lomas de Baeza y algunas placas solares que brillaban bajo el sol de la tarde.

—¿Tú crees que esto aguantará muchos años? —preguntó Rafael.

Miguel tardó un momento en responder.

—Los olivos siempre aguantan. Lo que no sé es si aguantaremos nosotros.

Aquellas fueron las últimas palabras importantes que Rafael recordaría de él.

Porque aquel verano Miguel se jubiló.

El día que se marchó, toda la cuadrilla se reunió para comer bajo la nave. Pedro cantó más que nunca. Andrés discutió con media mesa sobre el fichaje de un delantero. Carmen se rio como pocas veces. Y hasta Pura habló más de la cuenta.

Cuando terminó la comida, Miguel se levantó despacio y se acercó a Rafael.

—Ahora te toca a ti.

Y le entregó la gorra vieja que había llevado durante más de treinta años.

Muchos años después, cuando la gente hablaba de Miguel, seguían diciendo que conocía cada olivo como si fuera una persona.

Y algunos empezaron a decir lo mismo de Rafael.

Porque hay cosas que no se heredan con una firma ni con unas escrituras. Hay cosas que solo se reciben cuando uno aprende a quedarse.

Y en Ibros, las mañanas de la aceituna siguieron empezando igual. Con frío, con niebla y con olor a leña. Como habían empezado siempre.

[ssba-buttons]
MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad