379. 0,8º

Israel Box Hernández

 

Estoy convencido de que la culpa es de los cocineros de la televisión. De esos señores que, antes de probar una cucharada de aceite, acercan la nariz a una copa de diseño, cierran los ojos y anuncian muy serios que perciben notas de tomate, almendra verde, alcachofa y hierba recién cortada. Yo no sé qué clase de infancia han tenido para reconocer tantas cosas dentro de un líquido, pero sospecho que debió de ser bastante más emocionante que la mía. A fuerza de repetirlo, han conseguido que medio país crea que un olivo es una forma superior de entender la existencia. Luego llegan los chefs con estrella Michelin y dejan caer una gota sobre un plato blanco, como si fueran Indiana Jones: han cambiado el Ídolo de Oro por un saco de arena y esperan que no los persiga una roca gigante. A su alrededor, todos asienten como si acabaran de comprender el mecanismo oculto del cosmos. El mundo del aceite posee una tendencia preocupante a tomarse demasiado en serio. Es fácil decirlo cuando una botella de virgen extra no decide si tu hijo estrenará al comenzar el curso esas Nike que lleva todo el verano pidiendo o si la transmisión del tractor aguantará otra campaña sin reventar. No me malinterpreten, no me río del aceite. Bastante agradecido le estoy. Gracias a él he comido desde que tuve dientes para masticar un mendrugo, he pagado la hipoteca de una casa que nunca terminará de estar arreglada y he aprendido que en el campo quien manda de verdad es el calendario. Me río de nosotros, de esa facilidad para convertir cualquier nimiedad, un cuadro, una película, una aceituna, en un sacramento tan solemne que pareciera invocar una aparición mariana escoltada por un coro de ángeles. En mi pueblo, los olivos llevan tanto tiempo arraigados que uno termina pensando que fueron ellos quienes permitieron construir después las casas.

 

Las calles suben y bajan sin prisa, las conversaciones dan vueltas sobre los mismos muertos y los mismos agravios y los inviernos se instalan con la confianza de ese cuñado que anuncia después de comer que ya se marcha y media hora más tarde sigue contando por qué el árbitro arruinó la liga del noventa y cuatro. Aquí las podas empiezan cuando el árbol parece dispuesto a aceptarlas y la cosecha llega cuando considera oportuno. Hay lugares donde el tiempo pasa. Aquí madura. Quizá por eso siempre he entendido mejor a los árboles que a las personas. Los árboles avisan. Antes de enfermar, las hojas pierden un brillo que solo aprecia quien lleva años mirándolas y las ramas empiezan a quedarse quietas incluso cuando sopla el viento. La gente, en cambio, procura esconder lo que le ocurre hasta que un día resulta imposible fingir que no pasa nada. Mi hijo tenía trece años cuando murió su madre. Hasta entonces era un muchacho de los que regresan del instituto hablando al mismo tiempo que abren la nevera. Se reía con todo. Le bastaba un perro persiguiendo su propia cola, una aceituna con dos rabitos o que yo confundiera el nombre de uno de esos reguetoneros que tanto le gustaban con el de un herbicida. Entonces se doblaba de risa sobre la mesa de la cocina. Había heredado de su madre esa cualidad rarísima de encontrarle siempre un lado divertido a las cosas. Ella decía que reírse era una manera bastante elegante de llevarle la contraria al mundo. Después del entierro no se volvió malo. Se volvió inaccesible. Empezó a contestar con monosílabos, a llegar tarde sin explicaciones, a suspender asignaturas que antes aprobaba sin esfuerzo y a encerrarse en su habitación como si detrás de aquella puerta existiera un país donde yo ya no tuviera pasaporte para entrar. Los profesores hablaban de la edad; los vecinos, de las malas compañías; otros culpaban al teléfono móvil. Una prima de mi mujer, aficionada a los cursos de crecimiento personal, me explicó que mi hijo estaba transitando un proceso emocional complejo. Yo asentía por educación y regresaba con la misma sensación que cuando el veterinario utilizaba nombres en latín para una cojera que yo resumía diciendo que la mula estaba estreñida.

Ninguna explicación era falsa. Simplemente no era suficiente. Las cosas importantes rara vez empiezan haciendo ruido. Lo hacen como una grieta o una gotera. Al principio uno cree que podrá ignorarlas; después descubre que llevan meses creciendo mientras miraba hacia otro lado. Empecé a fijarme en detalles que hasta entonces me habían parecido insignificantes. La música fue lo primero. Antes no había manera de cruzar el pasillo sin escuchar alguna canción bajo su puerta. Yo protestaba y él respondía subiendo el volumen. Ahora el silencio ocupaba el mismo espacio donde antes estaban los bombos y las rimas facilonas. También dejó el fútbol. Un jueves dijo que no le apetecía entrenar y después dejó de ir. El balón permaneció durante semanas en un rincón del patio, perdiendo aire poco a poco. Lo más extraño era el teléfono. Se pasaba horas sosteniéndolo entre las manos, pero muchas veces la pantalla permanecía apagada. No escribía. No leía. Simplemente lo sujetaba como quien espera que un objeto termine diciéndole algo que lleva demasiado tiempo callando. Fue entonces cuando empecé a observarlo igual que observo los olivos al final del invierno. Desde lejos todos parecen iguales. Solo cuando uno se acerca descubre cuáles siguen preparando la primavera y cuáles llevan demasiado tiempo peleando en silencio contra alguna plaga que nadie más alcanza a ver. Una mañana, mientras revisaba unas herramientas en la nave, recordé una frase de mi padre. La memoria tiene costumbres muy parecidas a las de los gatos: aparece cuando le da la gana y jamás cuando uno la llama. Él solía decir:

—Un olivo bravo no siempre se arranca.

Era un hombre de pocas palabras y muchas conversaciones. Hablaba poco con las personas y muchísimo con los árboles. Caminaba entre las hileras, apoyaba la palma sobre los troncos y permanecía allí con la concentración de un médico escuchando a un jubilado. Recuerdo una primavera en la que todos dábamos por perdido un olivo viejo. Apenas producía fruto y las ramas parecían haberse resignado definitivamente al cielo.

Yo le pregunté si habría que cortarlo. Él negó despacio.

—Todavía no.

Me explicó que no todos los aceites necesitan ser sustituidos. Algunos solo necesitan mezclarse con otro para encontrar el equilibrio. Aquella misma tarde me llevó a la almazara. Había llegado una remesa especialmente amarga, de esas que hacen toser un poco al probarla. Mi padre decía que no era un defecto. Al contrario. Aquel amargor y aquel picor eran señal de que las aceitunas habían llegado verdes y conservaban toda la fuerza que tenían dentro. Pero también sabía que no todo el mundo estaba dispuesto a beber un aceite que parecía querer discutir con la lengua. Sacó una garrafa de arbequina, añadió un poco al depósito y removió despacio.

—No se trata de quitarle lo que tiene. Se trata de darle otra cosa. Los aceites entienden mejor de equilibrio que nosotros —me explicó.

No comprendí entonces lo que quería decir. Muchos años después, mientras observaba a mi hijo sentado en la cocina con el móvil apagado entre las manos, aquella idea volvió a instalarse dentro de mí: mezclar. Había palabras que uno utiliza toda la vida sin pensar demasiado en ellas y, sin previo aviso, deciden cambiar de significado. Una tarde decidí ordenar el armario de mi mujer. Llevaba casi dos años aplazándolo. Abrí la puerta y me recibió ese olor que conservan algunas prendas incluso cuando la persona que las llevó ya no está. No es perfume ni jabón. Se parece más a una mezcla imposible de inviernos, cocinas, abrazos y domingos por la tarde. Empecé a llenar cajas. Encontré fotografías, cartas que nos escribimos cuando yo todavía creía que un hombre enamorado debía expresarse como Góngora y el resultado parecía un recurso contra una multa de aparcamiento. Una receta de buñuelos de viento, una entrada de cine, dibujos de mi hijo y una pulsera de macarrones que me regaló el día del padre con la solemnidad de un joyero de la corte.

Entonces me sorprendí riendo. No por nostalgia. Por una nota. Era uno de esos papeles amarillos que mi mujer dejaba encima de la mesa cuando le tocaba marcharse antes que nosotros.

“La comida está en un tupper en la nevera. No dejéis el pan abierto que se seca. Y, por favor, procurad no meterle fuego a la cocina durante mi ausencia”.

Nunca conseguimos obedecer del todo la última recomendación. Mi hijo tenía nueve años la primera vez que decidió freír un huevo sin supervisión. El huevo sobrevivió bastante menos que la sartén. Ella sostuvo la bronca treinta segundos antes de empezar a reírse. Decía que la vida era demasiado larga para desperdiciarla enfadándose por una sartén. También apareció una bufanda y una figurita de Pokémon, ambas con propiedades mágicas según mi hijo: la primera daba suerte en los exámenes y la segunda concedía un deseo, pero solo los martes. Dentro de una caja de galletas danesas había una cinta de casete con canciones para el coche y una grabación de voz donde mi mujer preguntaba desde el supermercado si quedaba aceite. Viviendo entre olivos, nunca recordábamos si quedaba aceite. Fue entonces cuando apareció la pregunta. Llegó como suelen llegar las ideas más absurdas: sin pedir permiso y disfrazada de tontería:

¿Y si al niño hubiera que mezclarle un recuerdo?

Me eché a reír. Me acuerdo de aquella carcajada porque estaba solo en casa y, durante unos segundos, tuve la incómoda sensación de haber perdido el juicio. ¿Cómo iba a mezclarse un recuerdo? ¿Qué era exactamente un recuerdo? Las personas razonables no se hacen preguntas semejantes. Sin embargo, cuanto más intentaba apartar aquella ocurrencia, con más fuerza regresaba. Así que empecé a reunirlos. No a evocarlos, sino a reunirlos de verdad.

Los fui colocando sobre la mesa de la cocina con el mismo cuidado con que clasificábamos las aceitunas según la variedad. Cada objeto parecía contener una parte de la mujer que habíamos perdido. Entonces ocurrió algo que todavía hoy soy incapaz de explicar. La fotografía fue la primera. Mientras la sostenía vi aparecer una gota diminuta y transparente que resbaló hasta el borde del papel. Después ocurrió con la carta. Y con la bufanda. Y con la cinta. No era agua ni resina. Los recuerdos empezaban a rezumar un aceite claro, apenas unas gotas luminosas que parecían salir del tiempo mismo. Aquella noche busqué un frasco de cristal y empecé a recogerlas. Mi padre sostenía que la primavera nunca empieza en el calendario, sino cuando los árboles toman una decisión que nadie oye. Desde fuera siguen dormidos, pero por dentro ya preparan el camino de la savia. Quizá por eso las mezclas siempre me parecieron un acto de confianza. No se hacen para que una cosa desaparezca dentro de otra. Se hacen para que ambas encuentren una forma distinta de permanecer. Esperé hasta octubre. Los olivos empezaban a despertar y en la almazara entraban las primeras remesas. Recordé aquella mezcla de mi padre y pensé que quizá aún no había entendido algo. La tarde en que reuní las últimas gotas de los recuerdos, el frasco estaba casi lleno. No era mucho. Apenas unas cucharadas de un líquido transparente, ligeramente dorado, que olía vagamente a aceituna recién partida y, al mismo tiempo, a algo que no habría sabido nombrar. Lo sostuve frente a la ventana. Dentro estaban la primera vez que mi mujer sostuvo a nuestro hijo, las tardes de verano, sus bromas, sus enfados y aquella risa que parecía capaz de arreglar cualquier cosa. Pensé en mi hijo y subí. Su cuarto estaba vacío. Había salido a casa de la vecina, la que le daba clases particulares de matemáticas y que cobraba en silencio, con una paciencia de santa y una calculadora sobre la mesa. Sobre el escritorio encontré un vaso de plástico y una lata de bebida energética a medio terminar. La cogí. Era de esas bebidas que él compraba por cajas y que yo decía que tenían suficiente azúcar y taurina para poner en marcha el tractor.

Me quedé mirando la lata. Entonces recordé a mi padre en la almazara.

“No se trata de quitarle lo que tiene. Se trata de darle otra cosa”.

Abrí el frasco. Durante unos segundos dudé. Después vertí el aceite de los recuerdos dentro de la lata. El líquido se enturbió. La bebida tenía un color imposible, entre dorado y ámbar, y pequeñas burbujas subían despacio hacia la superficie. Removí con el dedo la mezcla. Un padre viudo, en la habitación de su hijo, mezclando recuerdos de una mujer muerta con una bebida energética que sabía a chicle y llevaba escrito en la lata que aumentaba el rendimiento. Dejé el vaso sobre el escritorio. Aquella noche lo encontré profundamente dormido boca abajo, con un brazo fuera de la cama y el pelo cayéndole sobre la frente exactamente igual que cuando tenía ocho años y se quedaba rendido después de jugar al fútbol en la era. Entré despacio. Todavía llevaba en los dedos una fina película de aquella mezcla. Me senté a su lado. Aparté con cuidado un mechón de pelo y apoyé la palma de la mano sobre su cabeza. No pronuncié ninguna palabra ni hice ninguna petición. Permanecí así unos segundos, respirando al mismo ritmo que él. No ocurrió nada. Ninguna luz atravesó la habitación ni ninguna voz vino a decirme que todo saldría bien. Y, sin embargo, cuando retiré la mano, tuve la extraña impresión de que algo acababa de encontrar, por fin, el camino de regreso. Quizá fuera el aceite. Quizá el recuerdo. O quizá solo la esperanza, que a veces se parece tanto a las dos cosas que ni siquiera un hombre acostumbrado a mirar árboles toda la vida es capaz de distinguirlas. A la mañana siguiente no ocurrió nada que hubiera llamado la atención de un desconocido. El sol salió por donde llevaba saliendo desde antes de que naciéramos y el café supo igual que el día anterior. Mi hijo apareció en la cocina con el mismo gesto hosco, se sirvió leche y miró por la ventana. Pensé que todo había sido una estupidez. Después levantó la vista:

—Papá… ¿qué pájaros decía mamá que eran tontos? ¿Eran los gorriones o los estorninos?

Tardé unos segundos en responder. No por la pregunta. Por el hecho de que hubiera formulado una. Sonreí.

—Los estorninos. Decía que los gorriones solo eran cotillas. Que eran el “Jorge Javier Vázquez” de los pájaros.

Él soltó una carcajada corta y seca, como quien encuentra una herramienta que llevaba demasiado tiempo buscando, y siguió desayunando. Nada más. Pero aquella mañana comprendí que existen conversaciones capaces de abrir una puerta utilizando una llave diminuta. Los cambios fueron apareciendo con la discreción de las primeras hojas de un olivo. Al cabo de las semanas descubrí que el árbol había cambiado de color. Un domingo, mientras comíamos, recordó una excursión al embalse. Según él, su madre había pescado un pez enorme con un trozo de galleta Oreo como cebo. La historia era falsa: el pez medía poco más que un palmo y quien insistió con la galleta Oreo fue él. Su madre se pasó media tarde diciéndole que ningún pez con un mínimo de dignidad aceptaría semejante menú. Discutimos sobre los detalles y terminé perdiendo la discusión, como ella las perdía cuando ambos decidían mejorar un recuerdo para hacerlo más divertido. Otro día llegué al olivar antes del amanecer y lo encontré allí. No dijo que venía a ayudar. Simplemente cogió un rastrillo y empezó a trabajar como si hubiera estado haciéndolo toda la vida. Las bromas también regresaron. Una mañana señaló un espantapájaros torcido por el viento y aseguró que se parecía sospechosamente a mi cuñada Carmen, la hermana de mi mujer. Me reí tanto que terminé derramando media garrafa de Sequestrene sobre una rueda del tractor. Naturalmente no todo mejoró. Hubo silencios, portazos y tardes en que volvió a encerrarse en su habitación convencido de que el planeta conspiraba para arruinarle la existencia. La adolescencia siguió haciendo su trabajo. Y el duelo también.

Porque hay dolores que no desaparecen nunca. Aprenden a ocupar menos sitio, que es una cosa muy distinta. Una tarde de noviembre regresé al bancal más antiguo. Lo primero que vi fue que el olivo viejo, aquel que todos habíamos dado por perdido, había empezado a llenarse de hojas nuevas. No eran muchas. Apenas unas cuantas manchas verdes entre las ramas desnudas, pero bastaban para saber que el árbol había encontrado su manera de seguir. Después miré un poco más abajo. Había un hoyo reciente. Y dentro del hoyo, un plantón de olivo apenas más alto que mi rodilla. Mi hijo estaba terminando de apretar la tierra con la punta de las Nike que le compré en septiembre. No levantó la cabeza. Yo tampoco pregunté nada. Permanecimos allí unos minutos, cada uno ocupado en mirar el mismo árbol desde un lado distinto. No hacía falta hablar. Hay conversaciones que sólo pueden mantenerse en silencio. Aquella tarde, cuando regresé solo al olivar, me quedé un buen rato contemplando las hileras interminables de troncos retorcidos. Pensé en mi padre, en mi mujer y en las generaciones que habían trabajado aquella tierra antes que nosotros. Entonces comprendí algo que llevaba años creciendo delante de mis ojos sin que yo lo viera. Durante toda mi vida creí que cultivábamos olivas. Ahora sé que cultivábamos continuidad. Quizá las familias funcionen igual. El dolor nunca desaparece. Se mezcla. Antes de marcharme, volví a casa, lavé el vaso que había utilizado aquella noche y guardé el frasco vacío en el mismo cajón donde mi padre había guardado durante tantos años las cosas que utilizaba para hacer una mezcla. Nunca se sabe cuándo un árbol, un hijo o una familia necesitarán que alguien encuentre la paciencia suficiente para mezclar lo que queda de una vida con aquello que todavía está dispuesto a seguir creciendo.

 

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