375. Contrañada

Luciano Debanne

 

Es año de contrañada, pensó. Cerró los ojos y se dejó llevar.

 

Las manos, cortezas añejas, apoyadas en el viejo olivo de la galería. Se había ido en altura cuando lo dejó de podar, hacía ya unos años.

Produce menos fruto, pero da mejor sombra. Le gustaba así.

 

Lo había plantado de estaca, separado del resto, para que sea el árbol familiar. La casa era nueva y el hijo pequeño. Su mujer los miraba, era el tiempo de la felicidad.

No era grande el olivar, pero la tierra bendijo. Mucho trabajo, algo de dinero. Suficiente para que el hijo pudiera estudiar.

Se fue joven y cada vez volvió menos. Él entendía, echó raíces en otras tierras.

 

Cuando nació el nieto, eligió entre los brotes e hizo un acodo. Ahora crecía, a unos metros, un arbolito nuevo, lleno de flores. Lleno.

Pensó en su mujer, la extrañaba tanto. Tantos recuerdos. Una tristeza enorme le anudó el pecho, se sentó despacio, en el suelo. La espalda apoyada en el árbol familiar.

Los ojos brumosos, le pareció verla, cosechando, sonriendo, le extendía las manos. El niño entre las piernas -el hijo, el nieto-, el arbolito nuevo, de fondo el viejo olivar.

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